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Alex JiménezAlex Jiménez

Juego de Tronos «Juego de Tronos», una adicción inevitable al invierno que (no) llega y a los giros de guion

Crítica de la serie desde un punto de vista personal, de alguien «obligado» a tener que visionarla en cuestión de semanas

Bronn (Jerome Flynn) y Tyrion Lannister (Peter Dinklage) en «Juego de Tronos»
Bronn (Jerome Flynn) y Tyrion Lannister (Peter Dinklage) en «Juego de Tronos» - HBO
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El compañero Fernando Muñoz se vanagloria en su perfil de Twitter de escribir sobre cine «sin haber visto “La Guerra de las Galaxias”». El que firma esto tampoco es un fanático de la saga intergaláctica, como tampoco lo era hasta hace apenas mes y medio de «Juego de Tronos». O no quería serlo todavía, más bien, puesto que viendo el incesante «hype» generado por la serie, anhelaba esperar hasta su final definitivo para poder visionarla del todo, sin «spoilers» indeseados. Y después de leerse los libros, claro.

Piénsenlo, era el plan perfecto. Una estrategia ideada a fuego lento durante siete largos años, desde mis tiempos en la Universidad hasta estar sentado aquí escribiendo estas letras. Esperar un par de meses cuando hubiera terminado del todo la ficción y su imparable fiebre para verla sin intrusos en forma de imágenes en redes sociales o de molestas revelaciones entre cervezas. Porque lo bueno de estar totalmente desconectado de «Juego de Tronos» es que todo es ajeno a ti, y que por tanto si ves un «meme» acerca de la muerte de un personaje o una imagen significativa en alusión a alguien cuya identidad desconoces, es inviable que se quede en tu retina. Salvo que sea Sean Bean, claro. O Ciarán Hinds. O Pedro Pascal.

Pero un día, dándole a la tecla como estoy haciendo ahora, me llegó un correo de Inma Zamora con una buena retahíla de temas que hacer para los lectores de aquí a que empiece la octava temporada. Iluso de mí, por otro lado –que se note que soy del Atleti–, pensar que me iba a «librar» de escribir sobre la que quizá sea la serie más aclamada de la última década cuando dedico mi vida a redactar temas de Cine, Series y Televisión, así con mayúsculas. No me quedaba otra, así las cosas, que ponerme al día con la dichosa ficción de George R. R. Martin. Mi plan de siete años, al garete. Y sin tiempo para los libros.

Aunque a toro pasado, ha sido una de las mejores decisiones que he tenido que tomar en los últimos tiempos. «Serendipia» que dice el vocablo de moda, encontrar algo bonito de manera accidental, un hallazgo afortunado, sin ir a buscarlo y de manera totalmente inesperada. En su día lo fue el momento en que Andrea apareció en mi vida y ahora lo ha sido mi adicción a «Juego de Tronos», totalmente incontenible. Gracias, Inma, por volverme adicto a una serie que, por otro lado, sabía que me iba a enganchar desde el inicio, pues soy un fanático consumado de «Vikingos» desde hace varios años. Que participe uno de mis actores favoritos, Tobias Menzies (aunque con un papel menor), también ayudaba.

Aunque el tiempo no es que jugase precisamente a mi favor. Tenía apenas tres meses para verme los 67 episodios –muchos de los cuales de más de una hora de duración– y siete temporadas de los que consta la serie de HBO. Pero me sobraron dos. Devoré capítulos por encima de mis posibilidades, en ocasiones con la conciencia intranquila por fundirme tan rápido un producto tan cuidado. Y cuando el ángel de mi mente me intentaba detener, el diablo me atormentaba con que el tiempo que tenía por delante no era tanto y de que frenar el ritmo podría ser fatal. Y claro, así pasó. Que varios días terminé obligándome a irme a dormir a las 6.30 de la mañana tras pulirme tres (y cuatro) capítulos de una. Hasta que por fin, llegó el invierno, en un último episodio que disfruté a fuego lento junto a mi gran amigo Josema, ferviente seguidor de la serie, en París.

Alejarse de los «spoilers»

Uno de los cambios que seguí en mi cambio de estrategia –y 100% recomendable para todos aquellos que quieran ver una serie sin esos molestos «spoilers»– fue mantener prácticamente en secreto que me había aficionado a «Juego de tronos». Cualquier comentario podría ser fatal y por hablar de más con alguno de los «privilegiados» que sabían de mi nueva adicción me costó más de un disgusto. Porque creo que pocas cosas hay peores en materia seriéfila (y cinéfila) que estar charlando con alguien acerca de un personaje y que te responda. «Pues a mí me encantaba» –poniendo el foco en ese «aba» del final–. Con ello, y teniendo en cuenta las tareas propias de mi trabajo que tengo que llevar a cabo de manera habitual, no me quedó otra que enterarme de alguna que otra cosa más. Por no entrar mucho en detalle (por respeto), solo daré dos pistas: por un lado «matrimonio fatal». Por otro, «perros con hambre».

Aunque ciñéndonos a la serie en sí, lo cierto es que las tramas no podían estar más logradas. George R. R. Martin, al igual que George Lucas, J. K. Rowling, J. R. R. Tolkien y compañía, es un auténtico genio. Los Siete Reinos, Poniente, Essos, los Caminantes Blancos, el Muro y todas las regiones habidas y por haber en el universo de «Juego de Tronos» solo podían ser obra de una mente prodigiosa y privilegiada. Ese señor es un genio. Sus giros de guion son espectaculares y consiguen sorprender y fascinar en no pocas ocasiones, en algunas incluso alcanzando cotas de excelencia que uno pocas veces ha visto en la ficción. Los escenarios y paisajes, elegidos minuciosamente por HBO, también son exquisitos. La pena en ese sentido, fue haber visitado San Juan de Gaztelugatxe (el islote de Bilbao en el que se graba Rocadragón, uno de los Siete Reinos) poco antes de haber visto la serie. Ahora habrá que volver, claro.

Personajes muy logrados, tramas brillantes

Aunque la calidad de las historias está al mismo nivel que el desarrollo de los personajes, con los que (por suerte o por desgracia) uno no puede evitar encariñarse. Ya no solo los principales –Tyrion Lannister, Arya Stark, Jon Nieve o Daenerys Targaryen– sino que hay secundarios que alcanzan (e incluso superan superan) el nivel de los protagonistas y que consiguen ganarse al espectador capítulo a capítulo, empezando por mi querido Sir Davos Seaworth (aka, «El caballero de la cebolla») y terminando por Samwell Tarly, pero pasando por Jorah Mormont, Gusano Gris, Olenna Tyrell, Edd, Tormund, Missandei, El Perro, Podrick, Shireen, Gendry, el dúo formado por Beric y Thoros, el infame (aunque genial) Bronn y como no, Brienne de Tarth. Y hablando de Brienne, su relación con Jaime Lannister es sencillamente magnífica. Y haciendo lo propio con Jaime, uno recuerda pocas evoluciones tan amplias en una serie como la que experimenta el hijo mayor de Tywin Lannister en «Juego de Tronos». Para bien, claro.

Pero tan genuinamente construidos como «los buenos» lo están «los malos», su ambición y sus ansias de poder. En esas lindes, destaca sobremanera el maquiavélico personaje de Cersei Lannister, villana por excelencia de la serie de HBO y un personaje tan odiado e indigno como necesario. Al fin y al cabo, ¿qué sería de «Juego de Tronos» sin la calculadora, retorcida y despiadada hermana de Jamie y Tyrion? La ficción de los Siete Reinos está plagada de rostros de lo más perversos, aunque ninguno está al nivel de Cersei, llevada a la pequeña pantalla de manera magistral por Lena Headey. Es más, ni siquiera se le acercan.

Como no hay nada mejor para terminar una crítica que una crítica al uso, valga la redundancia, me ha dado por pensar en la hipocresía. Muchos seguidores de «Juego de Tronos», enganchados a la serie hasta la saciedad, no dudaban hace poco en descalificar a fanáticos de sagas de fantasía como «Harry Potter», «El Señor de los Anillos» y «La Guerra de las Galaxias», entre otros títulos, por haberse aficionado a historias «frikis» que no son reales y que están relacionadas con dragones, castillos y naves espaciales. Esos mismos, hoy son fervientes seguidores de la ficción de HBO. Qué malo es eso de escupir hacia arriba. Y el postureo. Eso es aún peor.