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Crítica del final de Juego de Tronos: Liquidación por cierre

[Este artículo contiene spoilers del final de Juego de Tronos]

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[Este artículo contiene spoilers del final de Juego de Tronos]

Pasó de ser una novela océano a un fenómeno audiovisual incomparable. De trascender las letras a las pantallas. Pero a medida que ganaba prestigio con cada nueva temporada, Juego de Tronos perdía más de vista su esencia, y ha acabado vendiendo su producto a precio de saldo.

Sin ningún tipo de pudor, la serie llegó de repente y mató a sus protagonistas, subvirtiendo una de las reglas sagradas de cualquier relato. Ned Stark, Robb, Catelyn, Joffrey Baratheon, Rickon, Tommen, Margaery Tyrell, Loras, Olenna, Ramsay Bolton... todos sus cabezas rodaron: por la espada, por veneno o por una incomparable venganza. Pero a medida que el fenómeno crecía, la ficción se hizo más complaciente y terminó apiadándose de héroes y villanos.

Esa capacidad de impactar, de emocionar por sus giros de guión imprevisibles, por su pulso al matar a los protagonistas sin miramientos, sin importar lo necesarios que fueran para lo que creíamos que era la trama, ha derivado en un final de Juego de Tronos complaciente, sin épica. Donde todo es como se espera, aunque lo que se espere no sea demasiado. Las expectativas eran muy altas, y en lugar de estar a su altura, cediendo el testigo de las decisiones al público –Fantasma, Tormund, la relación Brienne/Jaime– solo han conseguido cargarse la trama.

Por petición popular y huérfana de George R.R. Martin, Juego de Tronos se vio obligada a que ciertos secundarios dieran un paso hacia adelante. El problema es que mientras que en los libros cada personaje sirve a un propósito, en la ficción de HBO han terminado navegando a la deriva en escenarios imposibles, juntos sin nada en común, certificando su ridícula situación con conversaciones vacuas. Los creadores no han entendido el alma de cada personaje, de ahí que el cerebro maestro del Juego de Tronos, Tyrion Lannister, haya terminado convertido en un bufón de la propia trama. «Dignificado» por un final de referencias tan obvias como triviales, en un anfiteatro, sobre las tablas de un escenario. Un desenlace a lo Shakespeare del personaje más shakespiriano. ¿Metaficción barata?

El enano ha cambiado los burdeles por el poder, pero ni su despierto cerebro le ha permitido ver las trampas que él mismo iba poniéndose por el camino. Su (in)evolución es el retrato perfecto de una traición, la de unos guionistas que no han sabido estar a la altura del personaje más inteligente de la serie. Pero no ha sido con el único personaje. Tejiendo relevancia para la red de irrelevantes secundarios, se han olvidado de desarrollar a protagonistas, estancados en un bucle inverosímil sin sentido alguno. Cuesta creer que Arya Stark, después de ocho temporadas rumiando venganza, se limite a perdonar la vida a Cersei con un escueto gracias.

Por no hablar de Daenerys Targaryen y su volátil trastorno. El personaje que liberó pueblos y rompió cadenas, que derribó prejuicios y montó dragones, la que no arde, muerta a cuchillo por su amado mientras se funden en un último beso, perdido ya todo rastro de toda esa humanidad que un día la llevó a ser rompedora de cadenas.

Si en todo buen drama o tragedia, como en la vida, no hay redención posible, aquí sí se salvan, cada uno a su modo, en un culebrón de telenovela que intercala destinos con caras.

Mucho ruido y pocas nueces para un final que venía a ser algo tan obvio como una «Canción de hielo y fuego». Porque desde el principio todo iba de los Stark y los Targaryen. El honor de los del Norte terminó imponiéndose a la locura de fuego y sangre de los Targaryen. Y el Trono de Hierro, el mayor mcguffin del juego de tronos, por encima incluso de la verdadera identidad de Jon Nieve, del Dios Rojo, el Rey de la Noche, el mensaje sociopolítico (mal)disimulado en la trama y hasta de la eterna amenaza: winter is coming.

El invierno importaba tan poco como la historia, las licencias creativas o la velocidad de dragón a la que se desplazan los personajes a lo largo y ancho de los Siete Reinos. Menos incluso que las tramas y los personajes a medias. Ni la botella de agua olvidada, ni el café, ni el capítulo a oscuras parecen tampoco casuales o errores aislados, sino el síntoma de una enfermedad más grave: las prisas por acabar y ponerse con uno de los tropecientos spin-off pendientes en los próximos años. El negocio es el negocio. Y aquí, el final anticipado, además de a tomadura de pelo, huele a liquidación por cierre.