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Crítica de «Big Little Lies»: El grito de Meryl Streep

Decir que la actriz está sobrevalorado es una temeridad, sobre todo porque despliega, en cada plano, en cada escena y cada frase una explosión de registros a otro nivel, un momento digno de todos los premios posibles

El grito de Meryl Streep en «Big Little Lies»
El grito de Meryl Streep en «Big Little Lies»
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Lo difícil de volver es que ya se ha estado. No era fácil el regreso de «Big Little Lies», que bordó una primera temporada espléndida y perdió con su final no solo el referente, que era la novela, sino también la original estructura que vertebraba la trama. Muerto el muerto, se acabó el mcguffin, que se podría decir. Resuelto el misterio, la serie inicia, huérfana, su segunda aventura en televisión, sin eje narrativo más que sus personajes. Unos personajes que, aunque hayan pasado los meses también en la ficción, siguen casi donde estaban, retomando esa veleidosa normalidad con la que apuran la vuelta al colegio. Al contrario que «Juego de tronos», la ficción de HBO decidió contar con la escritora Liana Moriarty para esta nueva temporada, de modo que aunque no haya segunda novela en la que apoyarse ni pase nada relevante en el argumento más que el despliegue de recursos de Meryl Streep, los personajes mantienen su esencia, una coherencia narrativa imprescindible en la serie.

Tanta que cualquiera diría que se había ido. Siguen, al menos, los soberbios diálogos, el tono y el ritmo –puramente cinematográfico–, la banda sonora y, sobre todo, los personajes, un papel que es un caramelo para uno de los mejores repartos que se recuerdan en la ficción. Después del empujón mortal, es Bonnie (Zoë Kravitz) la traumatizada, la que camina perdida por la playa, y no Jane (Shailene Woodley), que ahora baila y canta a todo volumen por la orilla. Los recuerdos de Celeste (Nicole Kidman) se debaten en sus pesadillas, que oscilan entre el amor dependiente y el odio de su tóxica relación con el fallecido Perry (Alexander Skarsgård). Renata, frívola, deja a un lado su rivalidad con Madeleine (Witherspoon) que... bueno, no quiere que su hija sea como ella.

Débiles, caprichosas, traumatizadas y un poco víboras. Soberbias, misteriosas... Imperfectas. Ordinariamente extraordinarias, y a veces una parodia de sí mismas, pero nunca un arquetipo de otros personajes femeninos que se suelen ver en la pequeña pantalla. Vamos, no es la «la típica foto de banquera», como dice una soberbia Dern, digna hija de su padre. Ni personajes típicos ni tópicos en «Big Little Lies», que ha fichado al hombre que convirtió a Ally McBeal en un icono (David E. Kelley) para emular el legado de Jean-Marc Vallée. En la línea de su magnífica primera entrega, la serie mantiene lo más difícil, la calidad.

Aunque con Meryl Streep el salto cualitativo estaba garantizado. La actriz, mimetizada con su personaje Mary Louise (su nombre también en la vida real), parece formar parte de Monterey desde el inicio. Vuelve a HBO dieciséis años después de participar en «Ángeles en América» con una prótesis por sonrisa –genialidad para que se parezca a la dentadura de Alexander Skarsgård– y un grito de guerra. Superada la crisis del final de «Juego de tronos», el mundo se divide ahora entre los que piden un Emmy para Streep por desahogarse ante la mirada de espanto de Nicole Kidman y los que dicen que está sobrevalorada. Una temeridad para quien, en cada plano, en cada escena y cada frase regala una explosión de registros, un momento digno de todos los premios posibles. Su grito, al final, es como la risa de Christine Baranski en «The Good Fight». Puro lujo, un espectáculo.

Streep consuela a Nicole Kidman tras su pesadilla en «Big Little Lies»
Streep consuela a Nicole Kidman tras su pesadilla en «Big Little Lies» -

La presencia de Streep, que ni presentación necesita, se roba la serie y revoluciona a todos los personajes de «Big Little Lies». Incluida la culo inquieto y engreída Madeleine, el papelón de Reese Witherspoon, que ni con tacones evita un choque de reinas con la actriz con más nominaciones a los Oscar de la historia. La madre de Perry, que entre sus muchas facetas está la de calar a la gente con una de esas miradas que solo ella sabe poner, amenaza de forma encubierta, con una sonrisa sutil y mucha mala leche, porque «la gente bajita no es de fiar». La actriz, que ha vivido tantas vidas en una sola filmografía, que ha sido quien ha querido porque sabe hacerlo, vuelve a lucirse pasando, sin apenas pestañear, de dulce suegra a retorcida psicópata: «¿A quién hay que matar?». Que grite todo el mundo, que nadie lo hará como Meryl Streep.