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Juego de Tronos

Cómo no ver «Juego de Tronos» sin convertirse en un esnob

Un fenómeno tan arrollador como «Juego de Tronos» nunca puede existir sin enfrentarse a un virulento rechazo

El «outsider» se vanagloria de no seguir los gustos de las masas
El «outsider» se vanagloria de no seguir los gustos de las masas - PANTOMIMA FULL
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Como no teníamos suficientes motivos de discordia, o porque ya estábamos aburridos de ellos, también «Juego de Tronos» llegó para partir el mundo en dos. El entusiasmo masivo que suscitó la serie ha adquirido tonalidades que cubren todo el espectro de las pasiones humanas. Ha tenido su poco de fervor religioso con saltoral incluido; ha desvelado a la multitud de politólogos que intentaron descifrar en su trama la dinámica del poder; ha creado nuevas rutas turísticas por los enclaves en los que fue rodada y ha concluido con una pataleta de consumidores insatisfechos con el producto. Casi un millón y medio de espectadores han firmado una petición para que les diseñen una historia con el desenlace a medida.

«Juego de Tronos» llegó a ser una metáfora para casi todo, y un fenómeno tan arrollador nunca puede existir sin enfrentarse a un virulento rechazo. La serie de HBO, con sus millones de incondicionales, fue un regalo para una minoría de entre los millones que nunca la hemos visto. Porque «Juego de Tronos» se lo puso muy fácil a quienes les encanta colgarse la medalla de la distinción vanagloriándose de no seguir los gustos de las masas. A estos acérrimos individualistas los retrató muy bien Pantomima Full en uno de esos vídeos que son un catálogo de los arquetipos del siglo XXI. El «outsider», dicen, «impresiona con carencias».

Pero el afán de notoriedad de esos «outsiders» se asemeja al narcisismo de los firmantes mucho más de lo que a nuestros individualistas les gustaría creer. Sabemos desde antiguo que la virtud está en el punto medio, aunque es inevitable que unos estemos más cerca de ser soberbios como los «outsiders» y otros de ser caprichosos como los firmantes. Creo que la mayoría de los que no hemos visto ni un solo episodio de «Juego de Tronos» hemos sobrellevado estos años con una indiferencia serena y tolerante, con un poco de paciencia y sin más aspavientos esnobs que los estrictamente necesarios.

Y por lo que he sabido, puede que esta apatía nos haya ahorrado un disgusto a más de uno. Mi amigo A., que es mi asesor predilecto para todos aquellos asuntos a los que yo no presto atención, me escribió muy contrariado: «Puedes darle caña al artículo, porque es el peor final que vi en mi vida. Una puta verguenza». No sé si soy capaz de empatizar con la impotencia de los defraudados después de ocho años de histeria permanente para evitar los spoilers y de resignada espera hasta el siguiente capítulo. En cualquier caso, y del mismo modo que hay muchas formas de ver «Juego de Tronos», hay también varias de no verlo y no todas exigen convertirse en uno de esos pedantes de meñique levantado que siempre quieren estar un palmo por encima del prójimo.