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Oscar 2019 El dorado de los Oscar se oxida en la gala más tediosa

Hollywood, la meca del espectáculo, no es capaz de organizar una fiesta a la altura durante la noche en la que «Green Book» ensombreció a «Roma»

Lady Gaga llora de emoción tras ganar el Oscar a mejor canción con «Shallow»
Lady Gaga llora de emoción tras ganar el Oscar a mejor canción con «Shallow» - EP
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Al dorado de Hollywood le ha salido una pátina difícil de ignorar. Las grandes estrellas que iluminaban la alfombra roja y daban lustre a la gala parecen brillar cada vez menos para una audiencia que no conecta con los Oscar. Todo suena a repetido, a ya visto. El arranque de la noche con una actuación descafeinada de Queen ya presagiaba un final carente de emoción. Y eso que se anunciaban como unos Oscar cargados de incertidumbre, sin un claro favorito y con la incógnita de saber cómo sería la primera ceremonia en 30 años sin presentador. Pero el público en estos tiempos de Youtube y Twitter prefiere leer la lista de ganadores y ver los vídeos de los mejores momentos que soportar un tedio de tres horas.

Todo tenía aroma de antiguo, de ceremonia del pasado, con las categorías sucediéndose una detrás de otra sin solución de continuidad, como si a una película se le va el director en mitad del montaje y deja los planos sin editar. Había más famosos que espectáculo en el escenario. El mejor resumen lo hizo involuntariamente Spike Lee, que abandonó el patio de butacas nada más conocerse que el Oscar a la mejor película era para «Green Book». El polémico cineasta, tan reivindicativo como maleducado, tuvo un «deja vu» del año 1990, cuando se peleó con media Academia por premiar a «Paseando a Miss Daisy», a la que consideraba racista mientras él se iba de vacío con «Haz lo que debas». Este 2019, la reconciliación le duró media hora: subió al escenario a recoger el Oscar a mejor guion adaptado por «Infiltrado en el KKKlan» para después ver cómo la mejor película del año iba para una reinterpretación de aquel viaje interracial en la que de nuevo el protagonista es el blanco, aunque sea el chófer, y el secundario (Oscar para Mahershala Ali), el pianista negro homosexual que realmente es el centro de la historia.

Difícil entender cómo la gran fiesta de la industria de entretenimiento más poderosa del mundo se marchita con un espectáculo complicado de digerir. Las más de cuarenta «celebrities» que debían cubrir la ausencia del presentador -entre los que había actores, directores, cantantes y famosos de todo tipo y condición, como el chef José Andrés o la tenista Serena Williams- no lograron llenar de personalidad el escenario. Eran figuras intercambiables que leían una frase de guion cada uno: a Javier Bardem le tocó decir que «ningún muro podría frenar la creatividad de los inmigrantes» y José Andrés que «las mujeres y los inmigrantes son los que cambian el mundo».

Historia por hacer

Fueron los dos únicos españoles que subieron al escenario -mala suerte para Rodrigo Sorogoyen y su corto «Madre»-, aunque la lengua de Cervantes fue una de las reivindicaciones de la noche. Pero por mucho que el popular actor mexicano Diego Luna dijera que el español ha llegado a Hollywood para quedarse, lo cierto es que sigue siendo una lengua extranjera en Hollywood. «Roma», que iba camino de hacer historia de convertirse en la primera película en lengua no inglesa que gana el Oscar principal, se quedó en la puerta de la fiesta. Una fiesta en la que tampoco estaba invitada Netflix, que soñaba con ser la primera plataforma en ganar la mejor película y se conformó con el mejor documental por «Free Solo». Aunque los grandes estudios han acogido a Netflix en su «lobby», de momento no han querido darle el premio mayor de la estatuilla.

Y es que los Oscar 2019 fueron tan difusos, tan extraños, que Alfonso Cuarón logró el hito de convertirse en el primer director que gana el Oscar a mejor fotografía, además de mejor dirección y película extranjera, y sin embargo salir con la sensación de derrota ante dos películas radicalmente diferentes a la suya. La Academia podía haber apostado por abrir la puerta a un futuro que ya es inminente, pero decidió seguir mirando a la fórmula de toda la vida. En la diatriba del cine industrial o el personal, saludó al guion clásico, redondo pero previsible de «Green Book», y también al montaje de «Bohemian Rhapsody» y a la imitación de Freddie Mercury de Rami Malek. El biopic del cantante de Queen sale en la foto como uno de los vencedores. No está mal para una película sin (casi) director y con unas críticas destructivas en todo el planeta. Incluso «Black Panther» salió sonriendo al ganar el mejor diseño de vestuario, producción y banda sonora. La Academia y el público (ambas han arrasado en taquilla) contra los críticos elevados. Casi nada.

Estrella de otro planeta

La 91 edición de los Oscar tenía como reto mejorar la audiencia del año anterior, que hundió su mínimo histórico hasta los 26,5 millones. Y aunque esta edición mejoró algo, tampoco superó los 30 millones y se queda como la segunda menos vista. Lo poco que se recordará -o que se recuerda apenas unas horas después- es la actuación de Lady Gaga, que se llevó el Oscar a mejor canción por «Shallow», el tema de «Ha nacido una estrella». Una recién aterrizada en Hollywood se convirtió en la gran estrella de la noche del cine ya incluso en la alfombra roja, donde sorprendió con su homenaje (o imitación) de Audrey Hepburn.

Por lo demás, la gran derrotada fue «La favorita», que perdió en ocho de las nueve categorías en las que peleaba. Solo Olivia Colman como mejor actriz principal salvó la papeleta para la cinta británica. Aunque para lograrlo tuvo que vencer a Glenn Close, que no pudo esconder la cara de decepción al perder por séptima vez un Oscar. La veterana actriz es la única gran intérprete de su generación sin estatuilla, y parece que tiene más fácil recibir el premio honorífico que el de interpretación.

Sea como fuera, Hollywood tiene un problema con su fiesta anual. Si no quiere que la pátina en el dorado de las estatuillas se convierta en óxido, debe buscar el modo de reinventar una fórmula que cada año genera una expectación menor. Aunque nadie se atreve a aventurar si quien se quedó a las puertas del premio, Netflix, es la salvación o el fin de la industria.