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«La sombra larga de Clint», por Rodrigo Cortés

«Clint es la única estrella que no se ha apagado desde los sesenta, una improbabilidad astronómica inexplicable»

Clint Eastwood en «Harry el sucio» (1971)
Clint Eastwood en «Harry el sucio» (1971)
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La sombra de Clint es alargada porque Clint es alargado: ciento noventa y tres centímetros, o así, que ahora serán algunos menos. Se hizo leyenda en España doblado al italiano y al cristiano, y al inglés luego (en aquellos poblados de madera no cabía el sonido directo, todo se doblaba y ya veremos después), con un poncho que se llevaba a casa cada noche porque no había otro, lleno de grecas y de polvo, que se ponía cada vez que Sergio Leone silbaba, tuviera sentido o no. Aquel poncho, como el propio Eastwood, se sostenía solo. Decía de él Leone, que lo dirigió tres veces: «Tiene dos expresiones: con sombrero y sin sombrero». Nadie le dijo al italiano que aquel rubio desganado, guapo como el diablo, que hacía de fruncir el ceño un manifiesto, sería con el tiempo, si no el último director clásico, el penúltimo. El relator calmado, sin ganas de buscarse problemas, que extrae de la narración el hueso y lo pone a secar al sol.

Clint dijo acción por primera vez hace casi cinco décadas, sólo ocho años después de haberse encendido, en Almería, contra la barba de cuero, su primer cigarro, recién caído de un caballo que llevaba varios días sin comer. Cuando se calzó las botas de director, siguió cruzando el desierto, o leyéndoles sus derechos a los malos, o enamorando a amas de casa bajo la lluvia, imaginando, cuando no cruzaba nada, que tocaba la trompeta, o haciéndosela tocar a alguien, ocupando sus películas de jazz, literal y figurado, de golpes de viento, síncopas, silencios y solos de batería.

Clint es la única estrella que no se ha apagado desde los sesenta, una improbabilidad astronómica inexplicable. El alumno aventajado que aprendió de Leone y Don Siegel (que hizo con él «Harry, el sucio») qué tiene que tener un director para acabar el día de una sola pieza. Les dedicó a los dos «Sin perdón», la película que le daría el Oscar que ni Sergio ni Don tuvieron, uno de los cuatro que le han cabido entre los brazos, y que ahora tendrá en el patio trasero de casa, para practicar el tiro, junto a las latas vacías y algunos muebles viejos, pensando en si disparó ya sus seis balas o le queda aún una más en el tambor. Todos queremos que nos dejen tirar una bala más.

Me voy, dicen que dice «Mula», una declaración que olería a crepúsculo si Clint no fuera ese fantasma impasible que entra y sale de los salones sin decir hola ni adiós, si no fuera el único capaz de hacer que su despedida suene a regreso. A sus casi noventa puede, si quiere, estirar las piernas en el porche del rancho, las botas viejas sobre la barandilla, el rifle en el regazo, posar, si le da la gana, el culo en la mecedora, mientras el sol se pone y el coyote aúlla, aún lejos, y la brisa del ocaso acaricia su rosto impenetrable, surcado de marcas y de recuerdos a los que no prestar atención. Puede fruncir, si quiere, una vez más la mirada. Apurar hasta el final el último rayo de sol.

Clint Eastwood con Meryl Streep en Los puentes de Madison
Clint Eastwood con Meryl Streep en Los puentes de Madison