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¿Podrás perdonarme algún día? Lee Israel, el historial delictivo de la falsificadora alcohólica que engañó al FBI

Era una exitosa biógrafa de famosos, pero terminó condenada al ostracismo. Marginada, pobre y alcoholizada, terminó traicionando la memoria de aquellos a quienes admiraba, falsificando con ingenio y talento sus cartas y ocurrencias hasta verse envuelta en una espiral de crímenes, robos y engaños. La película «¿Podrás perdonarme algún día?» cuenta su increíble historia

Melissa McCarthy en «¿Podrás perdonarme algún día?»
Melissa McCarthy en «¿Podrás perdonarme algún día?»
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Algunas personas encuentran la redención en los lugares más inesperados. Un ladrón, entre rejas; un actor, quitándose la máscara. La biógrafa de famosos Lee Israel, que pasó de encabezar las listas de libros más vendidos a ser relegada al final de las librerías, la halló en una frase que le robó a Dorothy Parker para titular unas memorias, las suyas contando su periplo como falsificadora de cartas, que convirtió en un best seller cuya adaptación, «¿Podrás perdonarme algún día», se estrena ahora en la gran pantalla.

Nada hacía presagiar en los sesenta, cuando publicó en la revista Esquire un perfil sobre una Katharine Hepburn devastada tras la muerte de Spencer Tracy, que una superventas como Lee Israel podía caer en bancarrota. Tampoco que la escritora pudiera traicionar la memoria de esas personas sobre las que escribía. Pero su idilio encabezando las listas de los libros más vendidos apenas se extendió a un par de biografías, la de la actriz Tallulah Bankhead o la reportera del mundo del espectáculo Dorothy Kilgallen. Cuando lo intentó con una no autorizada de Estée Lauder, esta boicoteó su lanzamiento condenándola al más amargo ostracismo. Su agente no contestaba a sus llamadas, dejaron de invitarla a las fiestas más elegantes y era incapaz de conseguir un trabajo. Muy pronto, se encontró viviendo en la miseria, rodeada de libros mohosos de una época pasada y de su querido gato Jersey.

De vivir sin preocupaciones, pasó a hacerlo con serias dificultades. Se convirtió en una mujer solitaria con serios problemas con el alcohol. Incapaz de costear una emergencia de su querido gato. Desesperada, vendió una carta que Hepburn había escrito al desaparecido amor de su vida, que más tarde se publicaría en la autobiografía de la actriz con más premios Oscar. Los 200 dólares que le ofrecieron por la misiva avivaron su ingenio, y la llevaron por un terreno hasta entonces inexplorado: el de la tinta, sí, pero también el del crimen. Comenzó entonces su delictiva trayectoria como falsificadora de éxito, como ladrona e imitadora de las cartas y ocurrencias de los famosos a los que admiraba. Vio que podía ganarse la vida vendiendo las falsificaciones a coleccionistas, y se sumergió en una espiral de crímenes, robos y engaños.

Todo empezó con Fanny Brice. Israel estaba documentándose para escribir su biografía cuando, por casualidad, descubrió dos cartas de la pionera del cine y del teatro en una biblioteca pública. Las robó y vendió a un coleccionista y, desde entonces, empezó a inventarse correspondencia falsa de grandes artistas literarios y del entretenimiento, como Dorothy Parker, Ernest Hemingway, Noel Coward, Edna Ferber, Lillian Hellman, Louise Brooks o George S. Kaufman. Depuró su técnica y hasta llegó a comprar diferentes máquinas de escribir para emular las cartas de diferentes épocas. Su estilo era tan meticuloso que ni siquiera los expertos detectaron su estafa. Pero sí el FBI, con los que jugó al «Atrápame si puedes» hasta que fue condenada a seis meses de arresto domiciliario con cinco años de libertad condicional. Aún así, Lee Israel siempre tuvo claro que, por paradójico o reprobable que fuera, su estafa merecía cierto reconocimiento: «Todavía considero que las cartas son mi mejor trabajo», reconoció en su autobiografía sobre las falsificaciones.

«Si fuera un bibliotecario, no dejaría a Lee Israel entrar por la puerta, pero me aseguraría de tener su último libro en las estanterías», llegó a decir Thomas Mallon, crítico del New York Times, del libro «¿Podrás perdonarme algún día?».

Sus imitaciones, a pesar de constituir un delito, fueron también dignas, incluso, de la admiración del agente del FBI que la investigó, Carl Burrell, que en el obituario de la escritora llegó a calificar su trabajo como «brillante» y señaló como su favorita una carta de Hemingway quejándose sobre el papel de Spencer Tracy como protagonista de la adaptación cinematográfica de «El viejo y el mar».

David Yernell, productor de la película sobre su vida, «¿Podrás perdonarme algún día?», fue uno de los confidentes de Lee Israel antes de que las complicaciones del mieloma acabaran con su vida en 2014. «Estaba comiendo con ella y me dijo: “¿Sabes? Hice algo en mi vida de lo que realmente no me siento orgullosa. Ni siquiera quiero hablar de eso”, recuerda Yarnell. «Y le dije: “Pues ahora tienes que contármelo”. Así que le di otro whisky, y eso la ayudó a contar su historia de robos y falsificaciones de cartas de personas muy famosas, sobre todo de miembros de la Mesa redonda del Algonquín [un grupo de destacadas voces literarias que se reunían en el Hotel Algonquín de Nueva York para comer todos los días en la década de 1920]: Lillian Hellman, George S. Kaufman, Louise Brooks y Dorothy Parker. Era una empresa ilegal y peligrosa, pero que también le había brindado una gran satisfacción: estaba encantada de poder falsificar sus escritos».

Instigó a su amiga para que contara su periplo criminal en esa autodestructiva biografía que terminó publicando en 2007. «Lee era luchadora, ingeniosa, agresiva y dura», describe. «Cuando perdió su dignidad y tuvo que ganarse la vida, lo hizo. Todos tenemos esos momentos en la vida en los que nos sentimos rechazados o que vemos que nuestros esfuerzos son en vano. Por lo tanto, creo que todos podemos identificarnos con alguien que se encuentra en un ciclo descendente, que parece que está absolutamente derrotado y que al final lucha para conseguir triunfar».