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Las perversiones de De Palma, el torturado director que casi mata a su padre de una puñalada

El director de «Scarface» escupió sus obsesiones a la cámara, confesando que evitó la Guerra de Vietnam diciendo que era homosexual o que intentó grabar a su progenitor mientras mantenía relaciones sexuales con sus amantes

Brian de Palma y Al Pacino en el rodaje de «Scarface»
Brian de Palma y Al Pacino en el rodaje de «Scarface»
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Abrumado por la atención que sus padres prestaban a sus hermanos mayores, Brian de Palma se escondió desde pequeño tras las máquinas. Montando ordenadores, descubrió su fascinación por las ciencias, y aprendió a camuflar sus fantasmas. Hasta que se topó con Jean-Luc Godard, Orson Welles y «Vértigo», que despertaron su curiosidad como cineasta y liberaron las ansiedades de un joven que solo supo desahogarse con la cámara.

Fue otra película de Alfred Hitchcock, sin embargo, la que predijo una obsesión que el cineasta terminó reproduciendo hasta la saciedad en una filmografía irregular sentenciada por el perpetuo voyeurismo que le ha perseguido desde un traumático incidente durante su infancia. Descubrir las infidelidades de su padre alimentó su interés por grabarlo, desde una ventana, con alguna de sus amantes, casi como el James Stewart de «La ventana indiscreta». Pero sin silla de ruedas ni pierna rota. No sin antes irrumpir en la clínica ortopédica de su progenitor y amenazarle con un cuchillo. Un trauma que, además de repetir en su propia vida al engañar a su mujer, recrea en su famosa «Vestida para matar» (1980), que terminó inaugurando una controvertida tendencia que el cineasta de Nueva Jersey repitió de nuevo en «Carrie». La escena en el vestuario de chicas de la exitosa adaptación de la novela de Stephen King reproduce la sensación de estar donde no deberías que sintió el joven De Palma cuando intentó colar un micrófono en la clase de educación sexual de las niñas para aprender algo.

Alumno improvisado del genio cruel sin ombligo, no solo recurrió a Hitchcock para expiar sus perversiones, sino para aliviar cada fracaso, comercial y de crítica, presente en su pendular carrera. Contó con el maestro de la escena de la ducha de «Psicosis», el compositor Bernard Herrmann, para la música de su película «Fascinación» (1976), pero, impasible al luto, asistió a su muerte sin compasión alguna, limitándose a buscar a otro para sustituirlo tras su óbito.

Una excusa para evitar la guerra

Tampoco renegó de representar en sus películas otras de sus preocupaciones, como la Guerra de Vietnam, de la que se libró haciéndose pasar por homosexual, y que le sirvió de inspiración para rodar «Saludos» (1968), que ganó el Oso de Plata en el Festival de Berlín. Desahogarse en 16 mm no le libró del látigo de la crítica, que, además de azotarle con varios premios Razzies, se mostró incapaz de aplaudir el talento del director por su trabajo en la revisión del clásico «Scarface», que posteriormente se convirtió en un filme de culto, y cuyo fracaso condenó al ostracismo durante dos años a Al Pacino.

Guiado por la Nouvelle Vague, escupió sus traumas a través de la cámara, junto a una generación que pudo recrear sus obsesiones con cierta libertad aprovechando la brecha en el sistema de estudios, por entonces en fuera de juego. De Palma, junto a otros como Martin Scorsese, Steven Spielberg o George Lucas, aprovechó el desconcierto de las majors, e inauguró una camaradería entre contemporáneos que les convertiría en el Nuevo Hollywood, revitalizando una industria siempre reacia a los cambios.

Mientras «Sonrisas y lágrimas» arrasaba en taquilla, Brian de Palma montaba películas en la universidad en la sala contigua a Martin Scorsese. Era 1965, y mientras el resto de sus colegas seguía buscando la tecla con la que sellar su muesca en la historia del cine, el director de Newark ya era toda una leyenda, artífice de cintas independientes como «Saludos» y su secuela «Hola, mamá» (1970), en la que descubrió a un jovencísimo y desconocido Robert De Niro. Cuando le pidieron que rodase para la Warner la película «Beeman, el magnífico», se lanzó de cabeza junto a la nueva corriente que cambiaría el séptimo arte desde Los Ángeles. «Estábamos todos en la playa y yo dije: “Voy a venir a vivir aquí”. Brian dijo: “Yo también. Venga, tomemos esta ciudad por asalto”. Éramos jóvenes y nos creíamos que íbamos a conquistar Hollywood», cuenta la actriz Jennifer Salt, hija del guionista de «Cowboy de medianoche».

Pero antes tenían que lidiar con el decadente sistema de estudios, que todavía se resistía a cortar el cordón umbilical con sus hijos rebeldes. El temperamental De Palma, haciendo oídos sordos a sus doctrinas, pidió una prórroga para terminar «Beeman, el magnífico», pero Warner no se la concedió. «Brian De Palma era un monstruo», refirió John Calley, que le retiró la película; tras un nuevo montaje, «Beeman, el magnífico» se estrenó enseguida, en 1972. «Siempre creí que en Warner imperaba una arrogancia elitista que empezó con Calley y Ashley, unos tipos que estaban en algún lugar del éter. Ellos hablaban con Stanley Kubrick y Mike Nichols, y nosotros, claro, nosotros no éramos importantes», se quejó De Palma. Scorsese, que también estaba en el estudio en ese momento, suscribió las impresiones de su amigo. «Luchábamos por liberar de ataduras el lado formal. Pensábamos que cuanto más ligera la cámara, mejor. Te podías mover más rápido, desmontar más rápido un decorado, bajar las luces del techo más rápido. No estábamos equipados para rodar en estudio, no veníamos de esa tradición», comentó al respecto el director de «Taxi driver».

Los tres mosqueteros

Al pack todavía faltaba por llegar el tercero en discordia, el último mosquetero, el más ingenuo del trío: Steven Spielberg. Fue Margot Kidder, que más tarde sería la Lois Lane del Superman de Christopher Reeve, quien le presentó a Brian de Palma, su pareja por aquel entonces. El responsable de «E.T., el extraterrestre» se pegó a él de inmediato. Escribe Peter Biskind en «Moteros tranquilos, toros salvajes» que «el viejo Brian era un donjuán, y además era muy asequible, dos cosas que Spielberg apreciaba. Spielberg comenzó a usar una chaqueta safari, la prenda característica de De Palma. Al final, también se acercó a Marty Scorsese, a quien escuchaba con la misma fascinada atención con la que absorbía las opiniones de De Palma. El cine de autor era para Spielberg territorio extranjero; la idea de una película como expresión personal era una novedad».

De Palma, Spielberg y Scorsese
De Palma, Spielberg y Scorsese

Imitaba a De Palma, pero no era ni como él ni como Scorsese. Para Kidder, si los directores de «Los intocables de Elliot Ness» y «Malas calles» eran hijos de Godard, el Rey Midas del cine lo era de Sid Sheinberg, un ejecutivo de la Universal que impulsó el éxito de Spielberg con «Tiburón», «La lista de Schindler» o «Jurassic Park». «Era más inocente y menos complicado que Brian o Marty, y eso se refleja claramente en sus películas. Era mucho más normal que nosotros, en el sentido de que nuestra neurosis se interponía en nuestra vida profesional. Él, en caso de que el divorcio de sus padres le hubiera dejado algún trauma, lo llevó bien. Nunca fue adicto a nada, ni excesivo en nada. Con Steven, lo que se veía era exactamente lo que había», le contó al autor la actriz, que protagonizó a dos gemelas, una buena y una mala, en la película «Hermanas», de De Palma, en la que el realizador incorpora por primera vez las pantallas divididas, sello característico en su filmografía a partir de entonces. Su interpretación sorprendió al realizador, que llegó a decir que se convirtió en una actriz de método gracias a su filme. Aunque no era más que otra de las fabulaciones de De Palma. En realidad, Kidder padecía trastorno bipolar, como se descubriría años más tarde.