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Kingsman: El círculo de oro

Nacionalismo «british» al servicio de EE.UU.

Los espías de Kingsman se rodean de cotizados actores para parodiar, entre disparos, las comparaciones con James Bond

Taron Egerton, Colin Firth y Pedro Pascal en «Kingsman: El círculo de oro»
Taron Egerton, Colin Firth y Pedro Pascal en «Kingsman: El círculo de oro»
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El mundo consume nacionalismo de la forma más inocua al sentarse en la sala de un cine, y «Kingsman: El círculo de oro» brinda su dosis de britanización en un intento de preservar la identidad británica.

Desde 1950 no existía un personaje ficticio más representativo del estilo British que James Bond, un papel que encumbra el lugar geopolítico en el mapa internacional del imperio británico. Las historias de Bond supieron dotar a la personalidad del espía protagonista de esos detalles invariablemente ingleses: consistencia y pulcritud en mostrar su colección de objetos asociados al espionaje, vida de lujo y cierta connotación de superioridad que traspasó la consciencia de la audiencia. Los productores de Bond supieron, con gran acierto, traducir a la gran pantalla las novelas de Ian Fleming, un escritor que no pretendía cambiar la visión del público, sino mitificar el carácter de su país. La primera novela de Bond, «Casino Royale», comparte aniversario con la coronación de Isabel II, y no por casualidad, porque en aquel año, 1953, la posguerra empezó a mostrar el declive del Imperio Británico.

Con esta perspectiva, no sorprende encontrar a Kingsman en los cines, mientras con el otro ojo vemos la discusión del Brexit. En definitiva, el héroe de esta nueva saga sigue siendo un espía británico con los mismos ingredientes de Bond; licencia para matar, aunque ahora lo hace con tecnología adaptada al milenio.

Detrás de Kingsman están el creador del cómic Mark Millar, el Stan Lee británico, y el director de la saga, Matthew Vaughn. «Cuando vi la primera película de la franquicia, le dije a mi mujer que acabábamos de ver la mejor película de Bond de todos los tiempos. Hay muchos directores que utilizan efectos especiales en su cine, sin embargo, Matthew lo hace con un talento absolutamente sorprendente», confesó Jeff Bridges a ABC.

En esta segunda entrega de la saga, «Kingman: El círculo de oro», el servicio de inteligencia en cuestión, formado por agentes independientes con nombres que recuerdan a los caballeros de la tabla redonda (Galahad, Lancelot) viajan a Estados Unidos para trabajar mano a mano con sus colegas americanos de la agencia Statesman, con nombres tan exquisitos como Whiskey (Pedro Pascal), Tequila (Channing Tatum), Champagne (Jeff Bridges) o Ginger Ale (Halle Berry). De todo, menos decoro inglés, se espera de este grupo norteamericano.

«Tengo que tener cuidado con lo que digo porque hay una intención política en el mensaje de Matthew. Cada vez que una nueva amenaza global surge en Kingsman, hay, en su exageración, una relevancia real. En la primera película se hablaba de sobrepoblación, y este segundo capítulo abraza la distorsión de las noticias políticas. Temas de actualidad, si no mira la Presidencia de Trump», explica Bridges, a quien no le gusta su nombre en la ficción. «No, no quería que me llamaran Champagne, por eso me lo cambiaron a Champ», admite divertido.

La disciplina tecnológica corre a cargo de Ginger Ale, personaje interpretado por Halle Berry. «Vemos en la narración dos estilos de espías diferentes: por un lado, los americanos, cowboys, y por otro los británicos, tan caballeros», explica la actriz, «chica Bond» en «Muere otro día». «Por supuesto que Kingsman bebe de James Bond, pero puestos a elegir, para mí, el mejor siempre será Pierce Brosnan», asegura guiñando un ojo.

El cineasta Matthew Vaughn entiende a su audiencia y, mientras trata de restaurar la identidad británica, dota sus historias de correosa sátira, de violencia popular, educado como está su público en el mundo de los videojuegos. «Kingsman: El círculo de oro» tiene a su héroe en Eggsy, un joven de clase obrera curtido en peleas callejeras que termina convirtiéndose en un súper espía. Es la versión millennial del héroe británico, tan capaz que consigue los mismos números en taquilla de James Bond o los héroes de Marvel. «Creo que Matthew es un genio, expone problemas sociales en cápsulas de entretenimiento con efectos especiales alucinantes», manifiesta Taron Egerton, protagonista de la película, para quien reclaman sus admiradores el papel de James Bond.

El atractivo de Kingsman combina el golpe salvaje con la elegancia de las formas. Inolvidable fue ver a Colin Firth, el Mr. Darcy de los noventa, disparando a diestro y siniestro en una iglesia. Pero la sorpresa no fue su muerte, sino su regreso en esta secuela. «Me han pedido que no desvele mucho de mi personaje. Creo que Matthew quería acabar conmigo, pero encontró una manera de hacerme revivir. No ha sido fácil», bromea Firth.

Sin duda, vivimos en una época cinematográfica liderada por superhéroes, y en Inglaterra buscan dominar al mundo con las mismas armas de Hollywood: dotando a su espía favorito de una impresionante capacidad para asesinar y defender al mundo de los malvados. Al notable elenco de Vaughn se suma una villana con nombre de mujer: Julianne Moore, malvada que desafía al mundo comiéndose, literalmente, a uno de sus acólitos. En el clima de tensión que vivimos, el canibalismo norteamericano de sus ambiciosos empresarios ya no sorprende.