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Mula Clint Eastwood: «¿Por qué tendría que dejarlo? Diré adiós sin despedirme»

A sus 88 años, el genio de California dirige y protagoniza «Mula», la historia real de un anciano traficante del cartel de Sinaloa

Clint Eastwood, en el set de rodaje de «Mula»
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Clint Eastwood, como en la canción del mexicano José Alfredo Jiménez, amenaza de tanto en tanto con que se va, pero, en realidad, nunca lo hace. Nos dijo que «Gran Torino» sería su última película como actor, han pasado diez años desde entonces y su jubilación, aunque intermitente, no termina de llegar. «Me gusta lo que hago, ¿por qué tendría que dejarlo? Diré adiós sin despedirme, mientras tanto disfruto haciendo algo que me gusta, por eso me hice director hace 50 años. Todavía no he llegado a esa edad en la que necesito tarjetas que me indiquen el diálogo porque mi memoria no me permite acordarme. Cuando llegue ese momento, tomaré la decisión de retirarme». Su reflexión es a la medida de sus circunstancias, como los pasos que han ido dando sus héroes en la ficción.

A efectos, el tema de Jiménez le queda a la medida en «Mula», porque Eastwood, o mejor, Earl, su personaje, se pasea por la frontera entre México y Estados Unidos como si fuera su casa. Es un traficante de droga que se esconde tras la máscara de anciano frágil. Una historia que no se ha inventado Eastwood. En realidad, «Mula» se basa en la historia de Leo Sharp, un hombre que para evitar la bancarrota se pone a las órdenes del Chapo Guzmán y el cartel de Sinaloa. Un narcotraficante de 90 años a quienes los hombres del cartel llaman Tata y que sirve a Eastwood para desentrañar otro héroe taciturno y misterioso. «Trato de interpretar personajes que son peores que yo, o al menos quiero pensar eso», admite el director con ese rostro que en el filme se convierte en una máscara impenetrable.

«Mula» es un giro inesperado en su carrera, aunque ni tanto, porque acostumbra a reinventarse continuamente. Si en los años cuarenta era un extra en el cine, en los sesenta se convirtió en el rey de los «spaghetti westerns», después triunfó como Harry el Sucio para desmarcarse al final de su carrera como uno de los mejores directores que ha conocido Hollywood. Apunten su historial reciente tras las cámaras: «Sin perdón», «Mystic River», «Banderas de nuesros padres», «Cartas desde Iwo Jima», «Million Dollar Baby», «Invictus», «Gran Torino»... todas dirigidas con más de sesenta años.

Amor de actore

Al Eastwood protagonista de «Mula» le acompañan en el reparto Bradley Cooper como Colin Bates, el agente de la DEA a cargo de encontrar al Tata, y Andy García, en el papel de un narcotraficante mexicano cuyo nombre, tal vez deliberadamente, nunca se menciona. «Es un alivio trabajar con un director como Clint Eastwood -explica el actor cubano, que debuta con el cineasta-. Es el mejor, cualquiera que ha trabajado con Clint quiere volver a hacerlo. Hay una forma de dirigir que es muy mala a la hora de rodar una película, cuando el realizador no sabe exactamente lo que quiere y trata de construir la película en la sala de edición. Como actor sabes que va a hacer eso porque te obliga a grabar entre diez y quince tomas de cada escena. Clint rueda una o dos tomas y sigue con la siguiente escena», sentencia Andy García.

Sobriedad de veterano

El estilo de Eastwood tras las cámaras es de vieja escuela: cada plano es una postal. Sus películas son limpias, claras, como este drama donde un hombre blanco de la tercera edad se sale con la suya porque el racismo a la inversa también puede sacar los colores a la sociedad. «Sé la imagen que tengo y me divierte jugar con ella en mis películas. Si has interpretado un tipo de personajes, acabas creando un arquetipo. Luego puede que encajes o no en esa imagen, pero a mí me encanta jugar con ella», asegura el genio californiano. De hecho, la actuación de Eastwood se basa en gran medida en su físico, con los hombros bajos y el andar cansado. Da gusto verle al volante de su camioneta mirando el futuro. Eastwood usa ese tipo de descansos y silencios y los rellena de banda sonora. No es extraño para alguien que quería estudiar música y es un fanático del jazz. «Hacía mucho que no interpretaba a alguien mayor que yo (el anciano traficante tiene dos años más que Eastwood). Lo he disfrutado. El físico es importante, claro. Sin embargo, quiero pensar que transmito emociones. Es importante mostrar respeto, una cualidad por la que voy sintiendo más admiración con la edad».

La apariencia del Eastwood ochentero es ahora icónica: ojos pellizcados, ceño fruncido, sonrisa burlona... su paso cansino queda lejos de Harry el Sucio. Nada de su misterio es improvisado. «Cuando empecé, los actores teníamos una enorme ambición y la gente peleaba por sus personajes. Hoy en día se sientan en casa y escriben de sí mismos en internet para convertirse en famosos. La fama forma parte de este negocio igual que antes, pero el camino es diferente. Ahora hay celebridades profesionales que no son actores, y eso es un misterio para mí».

Bill Watterson escribió que no hay problema tan terrible como aquel al que añades un poco de culpa para empeorarlo. En la nueva cinta de Eastwood, los restos de una vida se esconden tras la culpa. «Creo en la igualdad total de los hombres. Cada uno tiene derecho a hacer lo que quiera con su vida, siempre y cuando no hagas daño a nadie. No me veo como un conservador, pero tampoco soy de izquierdas. Con el tiempo he construido mi propia filosofía: vivo y dejo vivir. Desde niño me molesta la gente que dice a los demás cómo llevar sus vidas», dice el cineasta. Su personaje en «Mula» también actúa pensando en sí mismo. Transporta cocaína para regar de dinero a su hija, con la que apenas tiene relación. Es en ese personaje donde ficción y realidad unen caminos, porque la hija está interpretada por Alison Eastwood. «Es una película sobre relaciones familiares y el conflicto entre un padre y una hija. Por supuesto existen diferencias entre mi forma de pensar y la de mis hijas, ellas son mucho más jóvenes y pertenecen a otro mundo. A veces es difícil para entender por qué no me escuchan».

[Lea: «La sombra larga de Clint», por Rodrigo Cortés]