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Adiós a Gil Parrondo

Muere Gil Parrondo, el genio del arte que trajo «El Cid» a Valladolid y dos Oscar a España

El decorador de arte, que ideó la escenografía de películas como «Doctor Zhivago» o «Lawrence de Arabia», ha fallecido a los 95 años

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Gil Parrondo (Luarca, 1921), el genio de patillas largas que dio color a escenarios de un sinfín de películas, el decorador al que no le gustaba que le llamasen director de arte, ha muerto a los 95 años; su pasión por el cine solo podía sucumbir a la edad.

Si Gil Parrondo no fuera español, su nombre daría la vuelta al mundo. Abundarían en sus vitrinas los premios honoríficos (que los tiene) y, todo es posible, puede que hasta pusiesen su nombre a una estrella. Pero lo es, y al contrario de lo que muchos puedan pensar, eso nunca ha sido una barrera para el asturiano.

[Tercera de ABC de José Luis Garci sobre Gil Parrondo]

Si ni siquiera los tres años de guerra que pasó Gil Parrondo en Madrid evitaron que dejase de ir al cine, tampoco la distancia le impediría ganar dos Oscar. Tenía lo más difícil de conseguir, el arte, y también la admiración por Hollywood que cultivó desde niño.

[Última entrevista de Gil Parrondo en ABC]

«Entonces ir al cine era un misterio, otro planeta. ¡Y Hollywood estaba en otra galaxia!», recordó a este periódico. Una galaxia que ha podido conquistar a base de soñar.

Su profesionalidad en la ornamentación de filmes como «Felices pascuas», de Juan Antonio Bardem o «Fedra», de Manuel Mur Oti, le abrió las puertas del mundillo, consolidándolo como uno de los decoradores de arte más recurridos para las coproducciones estadounidenses rodadas en España.

Fue Gil Parrondo quien consiguió trasladar el rodaje de «El Cid» de Anthony Mann a Torrelobatón, conocedor de los idóneos escenarios naturales de la localidad vallisoletana gracias a sus años de servicio militar. En pleno franquismo, en un ejercicio de estoicismo y férrea determinación, logró colaborar con lo más granado del séptimo arte. Su mano se percibe en la decoración de algunas de las películas que marcaron la segunda mitad del siglo XX. Orson Welles abrió la veda y contó con el veterano decorador para su «Mr. Arkadin». Después, cineastas de renombre quisieron para sí el delicado y preciso talento del asturiano.

Dio vida al escenario del «Alejandro Magno» de Robert Rossen, y también a «La caída del Imperio Romano», de Anthony Mann. No se le resistió el desierto de «Lawrence de Arabia» ni tampoco el invierno ruso de «Doctor Zhivago», ambas de David Lean.

Obtuvo dos premios Oscar por la decoración de «Patton» y «Nicolás y Alejandra», dirigidas por Franklin Schaffner, y una tercera nominación a la estatuilla por «Viajes con mi tía», de George Cukor.

«Estaba en la Costa Brava rodando una película, y me llamó mi mujer a las cuatro de la mañana para decirme que le había llamado una amiga de Nueva York, que acababan de darme el Oscar. Me parecía imposible. Claro, no pude dormir. Me desvelé y recuerdo que me fui paseando hasta la playa de S'Agaró. Estuve allí solo, al amanecer, llorando de emoción», recordó en una entrevista a ABC.

Aunque, como todo artista patrio, siempre se celebran más los éxitos internacionales, de merecido reconocimiento son sus contribuciones en películas nacionales. Logró ocho candidaturas a los premios Goya, y se llevó el «cabezón» hasta en cuatro ocasiones. «Canción de cuna», «You're the one: una historia de entonces», «Tiovivo c. 1950» y «Ninette» fueron las que le aseguraron el máximo reconocimiento del cine español.

Pero la excelencia no viene con los galardones, sino con las ganas. En un ejercicio de músculo, resisitiendo el envite del tiempo y rechazando jubilar su pasión por la decoración, siguió en activo casi hasta su muerte. La cinefilia no se retira con la edad, y tampoco lo hace el sentido del arte.