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Entrevista

José Luis Garci: «No tengo vida interior, tengo vida anterior: queda lo que he rodado»

El ganador del primer Oscar para una producción española regresa a la dirección con «El crack cero», que estrena este viernes, en la que recoge el espíritu de Alfredo Landa en los filmes de los 80

José Luis Garci, en el gimnasio de donde se han rodado escenas de «El crack cero» - Maya Balanyá / Vídeo: José Luis Garci desvela a ABC algunos de los lugares de Madrid donde rodará su nueva película
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Llega José Luis Garci al restaurante con la americana perfectamente ajustada y las Ray Ban aviador clásicas puestas. Antes incluso de sentarse, lo primero que pide es que las preguntas lleguen con los postres, que durante la comida hay que charlar de las cosas realmente importantes: los amigos, el fútbol, el boxeo… Y que bajen el aire acondicionado, que ese comedor parece que está en el Ártico cuando fuera, plena Castellana, el sol cae pesado sobre la acera. El motivo del encuentro es el inminente estreno –el 4 de octubre– de «El crack cero», en la que imagina los orígenes del investigador Germán Areta, ese personaje al que Alfredo Landa llenó de temple y rabia en los ochenta y que ahora hereda Carlos Santos.

Contar los motivos que llevaron a José Luis Garci (Madrid, 1944) a salir de su apacible rutina de jubilado –pasear por el Retiro, no perderse ningún partido de fútbol, algún que otro Dry Martini con una buena conversación...– es un trámite por el que pasa rápido y ligero como una avispa. La viuda de Landa le dijo que a Alfredo le hubiera gustado ver otro «Crack» y, cuando ella murió, la hija se lo recordó. Una idea que germinó en el interior del cineasta y que ahora da sus frutos con «El crack cero».

«Espero que hagas una cosa que no sea un pregunta y respuesta», pide Garci, que cree que «lo de menos es la charla»: «Me gustaría ver una pieza a lo Tom Wolfe, algo sobre lo que hemos comido, el ambiente, un poco de la película... Él diría que me siento incómodo al hablar de mis propias obras, que nunca he sido un crítico fiable de mí mismo, que no estoy entre mis directores preferidos... Eso es lo que haría».

Pero contraviniendo los deseos del director, y como «El arroz del señoret» que se comió tampoco era inolvidable, lo mejor es transcribir sus reflexiones sobre cómo ve el pasado, cómo afronta el presente y qué espera del futuro, aunque para él «el futuro es ahora mismo».

P - ¿Podría Garci empezar a ser director ahora si tuviera veinte años?

R - Es muy difícil. A los jóvenes les cuesta mucho. Antes un chico para hacer una película tenía que ser rico, matar a sus padres y con la herencia hacer una película. Esa era la forma más socorrida. Ahora es esto de las televisiones... Yo he producido todas mis películas más dos, conozco eso de hipotecar tu casa para hacer una película.

P - ¿A quién mató usted?

R - (Risas) Yo no quería ser director, yo quería ser productor y escritor. Cuando empecé a trabajar con José Luis Dibildos se lo dije y me dijo: «Ya, majo, pero el productor soy yo». Pero al tiempo me dio la chance para estar con él en «Los nuevos españoles». En esos tres años aprendí más que si hubiera ido a la escuela de cine, eso te lo digo de verdad. Luego mi amigo Sinde me dijo: «tú eres director», y me ofreció escoger un tema que me gustara para hacer un corto, y como una de las tres cosas que más me gusta es el fútbol, pues hice «¡Al fútbol!», luego «Mi Marilyn» y «Gente acobardada». Luego con Sinde ya hicimos «Asignatura pendiente», con la que recorrimos la Gran Vía de arriba a abajo, que estaba lleno de productoras, y nadie la quería. Ya desesperados, José Luis Tafur dijo de hacerla. Ni Sinde, ni los actores ni yo cobramos. La hicimos en cinco semanas y fue un éxito tremendo. Y ahí empecé mi carrera como cineasta, aunque yo quería haber sido escritor...

P - De ese Garci con 31 años recorriendo la Gran Vía y rodando en cinco semanas a este de 75, que ha recorrido la Gran Vía y ha rodado en cinco semanas «El crack», ¿qué ha cambiado?

R - No había reflexionado yo sobre eso, se ha cerrado el círculo (piensa). Ahora grabamos en la sastrería de Gran Vía, pero en la calle no se pudo hacer. La he recorrido buscando encuadres, pero siempre había gente mirando un móvil, y ahora toda la calle es una manta con bolsos falsos de Loewe.

P - A nivel personal, ¿qué ha cambiado de aquel chaval?

R - Siempre he tenido mucha suerte, y tener suerte y darla a los demás es estupendo, pero dártela a ti mismo está fenómeno. He escrito seis libros, he ganado premios, la radio, he escuchado música, he visto puestas de sol. No necesitaba volver, he vuelto por una cosa sentimental que ya sabes. Pero ahora no me atrevo: «never say never again». No creo que vuelva ya, no lo puedo asegurar, pero no tengo el vigor para hacer una película.

P - De ese pasado recuerda a sus amigos que ya no están; los homenajea en «El crack cero». ¿Cómo ha manejado esa melancolía?

R - Soy nostálgico desde niño, nunca he sabido de dónde me viene esa nostalgia. Creo que de haber visto mucho cine clásico de niño: «Casablanca», «Lo que el viento se llevó»… Salía el «The end» y entraba en una nueva dimensión, la vida real, con una cierta tristeza, arrastraba la melancolía cuando veía los adoquines y veías tu mundo, peor que el que habías dejado dentro del cine, que se quedaba dentro de ti. Esa sensación de vida de repuesto que he tenido con el cine se queda grabada en mí.

P - ¿Qué era el cine para ese niño?

R - No puedo explicarlo, era más que ir a Marte. Lo que veías lo creías, era una religión. Y los cines eran catedrales de mármol.

P - ¿Y ahora?

R - Esto es para Freud. ¿Por qué sigo con más entusiasmo el fútbol que el cine?… Yo sé dónde juegan cada jornada el Madrid, el Atleti, todos. Pero el cine ya no es como yo. Antes te decía todos los cines de Madrid; era, como todos los cinéfilos, trashumante. Ahora soy un videófilo sedentario.

P - La gente se ha hecho atea...

R - El mundo ha cambiado. Y todos los cambios producen melancolía. Yo he vivido uno muy directo: pasé de cartillas de racionamiento a ver a los chicos usar un móvil para hacerse fotos. No sé si veré otro cambio como ese. Me gustaría que antes de salir de campo, como decimos, el cine esté en los museos, porque el séptimo arte ha sido el primer arte del siglo XX. No sé del XXI cuál será, pero del XX ha sido el cine y tiene que estar en el museo.

P - Los cracks eran un homenaje al cine negro, aunque ahora dice que con que «El crack cero» sea gris marengo le vale. ¿A quién o a qué ha querido rendir homenaje con esta película?

R - La verdad, aunque a estas alturas contar la verdad no tiene mérito, es que he puesto todo lo que me gusta: está el fútbol -que no creo que se haya contado nunca un gol durante siete minutos-, el boxeo, los cócteles, el homenaje a Manolo Alcántara, los cuadros de mi padre, que es verdad que Buero Vallejo le decía que era el último cubista; está lo que yo entiendo por amor, amistad… Lo que me gusta.

P - Por esos gustos a veces le han criticado...

R - Yo nunca he sido «progre». Para mí, progre es el que está a lo que se lleva, el que no tiene voz propia, el que lee lo que se ha puesto de moda. Ya lo decía mi madre: este chico es muy independiente. Cuando me decían: ¿tú de dónde eres?, yo nunca decía nada: yo digo: mira mi película, mira mis libros.

P - Pérez-Reverte dice que él no tiene ideología, tiene bibilioteca...

R - Yo no tengo vida interior, tengo vida anterior. Lo que he escrito y rodado es lo que queda. Eso que dicen algunos de «tengo una gran vida interior»... ¡Pero tú que coño vas a tener! Como el que dice que ha querido contar su vida en su película, ¡pero si la vida de cada uno no da ni para un corto!

P - Ahora la vida de los cineastas pasa por Netflix...

R - Tengo todas las plataformas. He visto muchas series. La que más me gusta, por esto del cine negro, es «Ray Donovan». Me ha gustado también «Chernobyl». Hay una invasión de series, pero esto es el cine ahora.

P - ¿No quiere formar parte de esa invasión de series?

R - No es mi generación, sería una impostura. Es como si me pusiera tatuajes y un pendiente, sería ridículo a mi edad. Si me hubiera pillado con veinte años llevaría el pelo como Jesucristo y todo el cuerpo tatuado. Me hubiera tatuado Roselini, o Griffith, pero yo con todas estas cosas ya no tengo nada que ver.

P - Usted retrató una época, y algunas, como «Las verdes praderas», son hoy actuales en su mensaje...

R - Nunca he querido hacer películas con mensaje, ni siquiera con recado. Eso era porque en esa época era así. En esa conté lo que veía en mi entorno. Como tampoco lo pensaba cuando hice una en la que el protagonista, en 1975, cogía el ABC y veía que ponía Franco nosequé. ¿Crees que yo entonces iba a creer que Franco iba a estar de actualidad en 2019? Era lo que yo contaba, otra cosa es si la lectura que alguno le quiere dar de que Franco iba a estar presente después, pero es una interpretación.

P - ¿Qué espera del futuro?

R - El futuro ya ha llegado, esto es el futuro. Me sigue entusiasmando el cine. hacer cine, y estar rodando, que no me cansa. Nunca me siento en el rodaje, nunca verás una fotografía mía sentado, igual que nunca me he tomado el bocadillo. Porque si te sientas no te levantas. Ha sido estupendo volver a rodar, y la gente joven es extraordinaria. Le pedí a un chico que estaba debutando un blanco y negro, viniendo yo de «You are the one», que había ganado todo, le dije que no se preocupara, y lo hizo fantástico. Me he dado cuenta de que la gente disfruta conmigo en el rodaje porque trabajamos pocas horas y soy muy divertido en el rodaje. Me encanta dirigir.