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Buscando la perfección

John McEnroe, el tenista indomable

A partir de una final para la historia, Faraut retrata la psicología que se esconde tras el mito

John McEnroe
John McEnroe
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El cine siempre ha tratado de abrazar la emoción del deporte entre sus lazos de celuloide, pero son escasos los proyectos que han llegado a trasladar a la pantalla lo que el deporte provoca en la piel. «Buscando la perfección» se presenta, de primeras, como un análisis divulgativo del juego del tenis, de sus estudiados movimientos, de sus intrincadas posiciones, de su infinita variabilidad. Pero se rinde enseguida ante lo evidente: el tenis es, más allá de un juego, un arte en acción, y todavía más allá, un puñado de emociones cambiantes, volátiles y construidas punto a punto.

En su incapacidad de aislar la técnica de los sentimientos, el documental de Julien Faraut deconstruye el juego en sus múltiples facetas, recogidas en detalles que escapan si uno atiende al partido en toda su extensión, pero que se subrayan cuando el foco queda fijado en la pura emoción. Y en ese aspecto, nadie más poliédrico, exclamativo, pasional y pulsional que John McEnroe.

La Federación Francesa de Tenis encargó a Gil de Kermadec captar imágenes de los tenistas que participaban en Roland Garros para ofrecer una guía útil de cómo se juega al tenis. Faraut rescata su trabajo y encuentra en esos cientos de metros que nunca se usaron un punto de partida para diseccionar no solo un deporte, sino todo un carácter. Esos descartes de las ruidosas y molestas filmaciones de De Kermadec en los que quedó impregnada la figura del estadounidense. Sus contrastes, sus virtudes, su mentalidad, su tenis, que es como decir su vida entera.

Son imágenes, conversaciones, detalles cazados a la improvisación, a la frescura y la falta de guion de un partido, descompuesto en los puntos de la final de Roland Garros 1984 que jugó contra Ivan Lendl.

McEnroe llegaba a París sin haber perdido un encuentro en todo ese año. Con la confianza de quien sabe hacer su trabajo (casi) a la perfección y se enoja si las circunstancias no siguen su riguroso patrón de esfuerzo. La razón de sus múltiples enfados con los jueces de silla, sus repentinos arranques de furia con las decisiones de los líneas, su rabia desatada cuando el punto no salía como había ideado. Y aquella final desequilibró su visión del mundo y del tenis, todo lo que era.

Las grabaciones de De Kermadec dibujan su juego, la posición de sus pies, la velocidad de su mano, el giro incompleto de sus hombros al impactar la pelota, la ilegibilidad de su servicio, mientras el marcador traza su propia historia. En los descartes, todo lo demás. Un retrato filmado a tres ángulos, los tres ojos que lo observan desde la banda, unos centímetros por encima de las flores, unos milímetros por detrás de su figura, siempre tensa, en la silla, tan cerca del peligroso pronto de su raqueta como de sus pensamientos, a los que uno solo se puede asomar, intuir, con esa atracción de amor-odio que desprenden los mitos.

Técnica y emoción

Imposible ahondar, y mucho menos entender, qué pasó por su cabeza, escondida entre sus manos y casi sus rodillas, cuando aquella volea se marchó al pasillo, cuando aquel juez de línea gritó «¡Fault!», cuando aquel juez de silla sentenció: «Juego, set y partido, Ivan Lendl». Solo quedan sus palabras. McEnroe se marchaba de París sin querer volver, ni recordar aquellas casi cinco horas de su vida. «A veces todavía sigue quitándome el sueño. Siento náuseas solo de venir aquí y recordar aquel partido».

Es esa inmersión sobre el personaje con todas sus aristas -su incapacidad para soportar un fallo propio o ajeno, su obsesión por ser mejor, esa característica única de pasar del desgarro enrabietado a la templanza de un drive a la línea-, lo que acude a la piel y al corazón del espectador, el de la grada y el del cine. Y casi uno espera que, veinticinco años después, el resultado de esa final cambie y el estadounidense abrace esa perfección que se desvaneció en una volea, entre la técnica y la emoción.