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Festival de Cannes

Jaime Rosales hurga con «Petra» en las leyes del neomelodrama

La película española se presentó en la Quincena como mejor apuesta de la jornada, y la egipcia «Yomeddine» y la rusa «Leto» salieron a competir por la Palma de Oro

Bárbara Lennie y
Bárbara Lennie y
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El cine de Jaime Rosales contiene trazos y síntomas que al Festival de Cannes le gusta reconocer como propios, y por ello casi todas sus películas tienen un hermoso hueco en él, bien en la Sección de Un Certain Regard, bien en la Quincena de Realizadores, como esta última, «Petra», convertida ayer por las extravagancias de la programación oficial en la película de la jornada, al menos para la Prensa española. Pero «Petra», además de ese torrente formal, externo, propio del estilo de Rosales, contiene una insospechada novedad: un fondo pulido con los pañitos del melodrama que le dan al argumento, a la historia que cuenta, un sorprendente aspecto de menú «clásico» servido en cuenco remozado, innovador y, si no revolucionario, sí revolucionado. Tanto interés tiene lo que cuenta como el modo de contarlo: los sucesos y desventuras de unos personajes sometidos a ese cristalón tergiversado por las leyes del asfixiante drama.

La historia es clara: una joven busca, a la muerte de su madre, a su oculto padre, y las sospechas la llevan hasta el interior de una familia, y en ese interior encuentra los hilos de varias tramas que se anudan entre secretos, pasado, fatum y la personalidad retorcida, dolida y apasionada de los personajes. Aunque el director toma varias decisiones para que la claridad del argumento esté envuelta del mismo retorcimiento, dolor y pasión: desmigaja el relato de modo capitular, y juega con el tiempo, sus capítulos y el drama interior de un modo no ordenado cronológicamente sino emocionalmente: el ojo del espectador va pisando las huellas de sentimientos que le llegarán después.

El drama de Petra lo recoge la cámara de Rosales como a hurtadillas (esa entrada en la casa de la familia) y la lluvia de elementos que lo provocan, vejaciones, suicidios, crimen, revelaciones inconfesables pero confesas…, están colocados ante la cámara (o fuera de ella, pues Rosales invoca el fuera de campo de forma sibilina, intrigante) para que estallen acompasadamente dentro de esa quebrada estructura narrativa. Y el elemento más provocador, más letal, el supuesto padre de Petra, es el disparo perfecto al corazón de las tramas: un artista tal vez genial y un hombre despiadado, un villano natural, sin impostación, sin conciencia de serlo, y que interpreta con una naturalidad de espanto Joan Botey (un, digamos, no actor). Junto a esa perfecta no interpretación del mal, otra «novedad» de este director, las interpretaciones en magnífico tono melodramático de actrices tan «de escuela» (y entiéndase) como Marisa Paredes o Bárbara Lennie (y también y especialmente Carmen Pla), y la siempre sospechosa naturalidad de Álex Brendemühl, que consiguen amasar los ingredientes del dramón como maestros reposteros.

Rosales se atreve a dar algunos pellizcos a su guion realmente «peligrosos» y no duda en lanzarse hacia terrenos «almodovarianos», aunque sin dejar esa personal obsesión por la escritura, por el lenguaje, capaz de darle un hachazo a la cabeza del culebrón. Una película singular que se hubiera podido defender con buen músculo en la competición. Pero a por la Palma de Oro llegaron otros títulos con armas conmovedoras, el egipcio «Yomeddine», de A. B Shawki, y el ruso «Leto», de Kirill Serebrennikov, el cual, por cierto lleva más de un año en arresto domiciliario y ya ha habido protestas aquí por ello. También por el director iraní Jafar Panahi, que no vendrá con su película a competición.

El filme egipcio es la historia desoladora de un hombre carcomido por la lepra, abandonado de niño por su familia, y que sale, junto a un chaval también abandonado al nacer, a la búsqueda de los suyos. Filmada con ingenuidad y un realismo que sobrecoge, la película es una máquina de producir sentimientos y un perfecto imán para atraerlos hacia sus personajes. Una perfecta vidriera hecha con cristalitos auténticos e hirientes. Y la rusa «Leto» es una muy hermosa reconstrucción de la «movidilla» rockera durante los estertores soviéticos, rodada en blanco y negro y enfocada a la trágica biografía de dos personajes míticos de los albores del rock ruso, Mike Naoumenko y Viktor Stoï. Llena de ingenio visual, de aportaciones manuales al fresco, de buenísima música y de un espíritu «Quadrophenia» y de libertad encapsulada que no es raro que diera de lleno en el corazón del Festival.