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La hora de Vermut en la plaza de Roma

«Quién te cantará» es la esencia de la línea editorial del cine de Carlos Vermut, incluso algo pulida para la ocasión

Carlos Vermut en el Festival de San Sebastián
Carlos Vermut en el Festival de San Sebastián - EFE
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Todos los caminos del festival llevaban a «Roma», la película del mexicano Alfonso Cuarón que ha ganado el León de Oro en la Mostra de Venecia y que vino aquí no a competir sino a dejarse ver, y maravillar. A competir llegaba la última de Carlos Vermut, que ganó la Concha de Oro con la anterior, «Magical Girl», y que con esta, «Quién te cantará», un pletórico melodrama, no trae peores intenciones. Y a competir no vino la japonesa Naomi Kawase, pero sí su película, «Visión», que rezuma toda la sencillez poética y espiritual de su cine.

«Quién te cantará» es la esencia de la línea editorial del cine de Carlos Vermut, incluso algo pulida para la ocasión: una historia inquietante que se va desvendando como una herida, que produce multitud y diferentes estados de ansiedad mientras se abre, entre dolores, desmemoria e identidades despojadas. Se centra en una diva de la canción, Lila Cassen, y en su impotencia para asumir los rasgos de su personalidad, cantar, actuar y ser Lila Cassen. El argumento circula por las peculiares vías del estilo del director, tan diseñado por fuera como turbador y ensortijado por dentro, y sí, hay en el relato un cierto regusto almodovariano, pero Vermut lo estrangula con sus propias manos y con algo así como una píldora de antialmodovarina en algunos personajes y situaciones: las de Eva Llorach, magnífica, y su hija, Natalia de Molina, son escalofriantes. La relación de los tres personajes principales, la diva, su persona de confianza y la antidiva, es de enorme complejidad psicológica, que se acentúa y magnifica con la música y la letra, y por ese «empujarse» (en bien) entre las tres actrices por situarse en el centro del plano, Najwa Nimri, Carme Elias y Eva Llorach.

Lo de Naomi Kawase, «Visión», es tan de ella, tan de su cine, que apenas se nota lo francesa que es Juliette Binoche, una mujer que viaja a ese universo Kawase, donde los árboles susurran, la naturaleza respira y las almas crujen, en busca de una simbólica y mágica planta medicinal que absorbe el dolor de los hombres. La película transcurre con esa lentitud de cutícula y ensimismándose en el sol, las nubes, los árboles, la hierba que se mece… La historia está camuflada en el interior de los personajes, y ahí sigue a fecha de hoy…, pero ver el cine de Kawase, tan zen y contemplativo, produce tanta paz interior como un lingotazo de té verde.

Y llegamos a la «Roma» de Cuarón, que está en México y en su memoria de infancia, pues es de ahí donde se saca esta historia familiar repleta de un maravilloso blanco y negro, y de un retrato social en el que convergen la rotura de aguas emocionales de la sirvienta y de la señora de la casa, madre de cuatro hijos y esposa de un hombre que se sale de la película para meterse en otra que no es la que cuenta Cuarón. La imagen de «Roma» tiene los componentes exactos del recuerdo: es como la vería un niño en el paisaje cotidiano de su infancia, tareas de hogar, amor de los suyos, especialmente de la sirvienta, discusiones que apenas oye, el mundo que pasa con rasuradora mientras él (ellos) juega… Hay mucho cine en «Roma», del sencillo, mínimo e íntimo, y del otro, el gigantesco, el que muestra terremotos y revueltas, sociales y personales. Y penetra en la carne, no con agresividad, pinchazo o corte, sino como si extendiese la historia como una crema hidratante. Y así se sale de ella, hidratado.