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Festival de Venecia Oskar Alegría, el español que se perdió cuatro meses en el bosque

El cineasta compitió en la sección Horizontes de la Mostra de Venecia con su último largometraje, «Zumiriki», una historia muy personal con la que cautivó al público y al jurado

Óskar Alegría, dentro de un barreño en «Zumiriki»
Óskar Alegría, dentro de un barreño en «Zumiriki»
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«Todas las películas tienen algo de enigma, pero creo que esta lo tiene en un grado superior». Es con esa frase con la que el cineasta Oskar Alegría (Pamplona, 1973) comienza a hablar para ABC acerca de «Zumiriki», su última película y que estuvo entre las nominadas en la 76ª edición de la Mostra de Venecia. En concreto, entre las seleccionadas en la sección Horizontes, la facción del festival que pretende premiar las propuestas más arriesgadas. Para llevarla a cabo, el director español decidió aislarse en un bosque durante cuatro meses, para «mimetizarse» con la realidad forestal y recrear, a través de un filme-documental, la historia de un náufrago que ha quedado a la deriva.

Un hecho, por cierto, que también le sirve para intentar describir su largometraje. «Esta es la historia de un náufrago, y ya se sabe que éstos se comunican a través de mensajes en botellas lanzadas al agua que pueden tomar cualquier rumbo. Para mí, que mi mensaje haya llegado hasta Venecia, que como los náufragos también tiene mucha relación con el agua, me parece todo un regalo», afirma el director, que incide en otra metáfora para hablar de la cinta. «La historia se desarrolla en una isla que está sumergida, y estar en un festival que se celebra en una ciudad como Venecia, que está semihundida, es una casualidad geográfica que me agrada».

La película es, además, un viaje de Alegría a su propia infancia, pues en los paisajes de «Zumiriki» fueron en los que el propio cineasta creció y pasó los veranos hace cuatro décadas. «Es una paraje muy ligado a la naturaleza y en el que se pierde el contacto con la civilización. Es como un pequeño Amazonas», comenta el artista, que enlaza el largometraje, rodado en una zona del Río Arga de Pamplona, con sus propias vivencias. «Hay una orilla en la que jugábamos cuando éramos pequeños, aunque en la de en frente nunca estuvimos y allí solo llegaban nuestros ojos. Por tanto, la película también tiene ese componente de rito iniciático, de intentar pasar a esa orilla para ver qué es lo que ahí ocurre».

Homenaje a su infancia

Entre las dos partes del río en el que se desarrolla el filme, se ubica una pequeña isla que hoy «está hundida», pero que es fundamental en la existencia de Alegría. «En medio de las dos orillas, hubo una isla a la que cruzábamos de pequeños y en la que desarrollábamos todo nuestro alarde de libertad, subiéndonos a los árboles y jugando con los pájaros. Pero quedó sumergida cuando hicieron una presa, aunque no del todo. No desapareció, porque los árboles siguen ahí. Y la película es como el retorno a la isla en la que fuimos felices», explica el cineasta, en una frase que tiene más sentido de lo que parece y que sirve para entender el título de la película. «“Zumiriki” es una palabra que quiere decir “la isla en el centro del río”, en el vasco que se hablaba en esa zona y que ya se ha perdido. El largometraje también quiere jugar con eso. La palabra está hundida, como la propia isla, pero con la magia del cine podemos robarle a la muerte su última palabra», relata el cineasta.

Alegría, junto a sus gallinas, en la película
Alegría, junto a sus gallinas, en la película

A lo largo de los cuatro meses en los que llevó a cabo la cinta, el director español no tuvo contacto alguno con el mundo exterior. O casi. «Tenía al lado del río, en el lugar en el que me aislé, una carretera, en la que apenas hay tráfico y por la que pasan más bicis que coches. Desde la mesa en la que comía, a veces la calzada me regalaba alguna frase inconexa e incluso referencias temporales. Por ejemplo, escuchar a los ciclistas hablando y que dijeran: “Hoy juega España contra Rusia”, me dejaba entrever que era sábado», cuenta el director, que explica por qué se decidió por conservar este pequeño contacto con el mundo exterior. «Podría haberme metido dentro del bosque y perder así toda la referencia de la realidad. Pero prefería esto, porque es una manera de recordarme el lugar del que venía».

En ese «baño de libertad», como califica su retiro, Alegría apenas se llevó unos pocos enseres. «Solo tenía dos gallinas, un pequeño huerto, setenta libros y cuatro cámaras», confiesa, antes de desvelar un incidente de lo más sorprendente. «Algo muy curioso es que me quedé sin voz, que también se pierde por no usarla y yo conversaba solo con las gallinas. Aunque también me vino bien dejar de hablar, porque la experiencia del náufrago es la de alguien que va perdiendo poco a poco el lenguaje», enfatiza el director, que asegura que poco a poco se fue fundiendo con el bosque. «He intentado que los animales se hicieran a mí, que colaborasen en mi película. El rodaje con ellos es muy complicado si no estás ahí los cuatro meses. Tienes que perder el “olor” del ser humano para que se acerquen a ti, mimetizarte con ellos», explica, antes de afirmar otro hecho fascinante. «Allí, te das cuenta de que el domingo, es domingo para todos. Incluso los animales lo sienten así. Ese día, es como si el bosque tuviera algo diferente», recalca Alegría.

Una película «indefinible»

Quizá por el «alto componente personal» de su proyecto, que no está pensado para ser estrenado en salas, al director le asombra sobremanera la nominación de «Zumiriki» en la Mostra. «Para mí, estar en Venecia son palabras mayores. Es una grandísima sorpresa. No creía que fueran a recoger mi botella, ni que la abrieran, ni mucho menos que les fuese a gustar», confiesa a ABC. Su largometraje, por cierto, fue bautizado por Alberto Barbera, el director del festival, como «la película más indefinible» de todas las que concurren al certamen. Algo que, para el cineasta, es todo un elogio. «Me parece bonito que se hable así de mi película. Yo mismo tampoco sé definirla. Por intentar hacerlo, diré que es una experiencia en la naturaleza, pero también en la memoria».

A pesar de que se llevó una sonora ovación del público y el jurado cuando exhibió «Zumiriki» en Venecia, el premio de la sección fue para el cineasta ucraniano Valentyn Vasyanovych y su película «Atlantis». Además de con él, el el director navarro compitió con creadores como el tibetano Pema Tseden, que ganó el pasado año el Premio a Mejor Película en la misma sección, así como con el español Rodrigo Sorogoyen, nominado al Oscar y ganador de dos premios Goya y que en Venecia presentará «Madre». «Mi película y la de Sorogoyen guardan una pequeña casualidad, de esas que me gustan a mí. En las dos ha colaborado la artista Ainara LeGardon, que ha puesto su música a ambas. Me parece muy curioso que dos películas españolas vayan a competir en la misma categoría y lo hagan con una música similar», explica el cineasta, que pone de relieve la presencia española en Venecia. «Sorogoyen me merece todos los respetos y fue una maravilla ir acompañado por él. Además, estaba Pedro Almodóvar, que fue el gran homenajeado del Festival. No suele haber muchos españoles que vayan en Venecia, pero este año nos pudimos entender en nuestro idioma».