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Festival de San Sebastián Tragedia, melodrama y comedia, todo desorbitado

Lo mejor para contrarrestar una tragedia aparatosa es una comedia aparatosa, y entre medio de ambas, un aparatoso melodrama

El veterano Steve Carell y el joven Timothée Chalamet, protagonistas de «Beautiful Boy»
El veterano Steve Carell y el joven Timothée Chalamet, protagonistas de «Beautiful Boy» - EFE
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Lo mejor para contrarrestar una tragedia aparatosa es una comedia aparatosa, y entre medio de ambas, un aparatoso melodrama, y todo eso es lo último que ha ofrecido la estantería del Festival: la tragedia familiar de «Beautiful Boy», de Felix Van Groeningen; la descarriada comedia «Tiempo después», de José Luis Cuerda, y la folletinesca «Le cahier noir», de Valeria Sarmiento.

«Beautiful Boy» es una película terrible y basada en las Memorias de sus protagonistas, un joven atrapado en la condena perpetua (y no revisable) de la más profunda drogadicción, a la metanfetamina, y el trayecto angustioso que recorre su padre hasta que decide quitar, ya resignado, de las paredes de la casa familiar las fotos de su hijo. Lo fastuoso de la película reside en la alternancia del irresoluble presente con los lamparazos del pasado, los recuerdos, de un padre junto a su maravilloso hijo pequeño, «flashback» de tiempo feliz que araña aún más los deshechos de vida presente. Tal vez a un espectador le sobre esa aparatosidad, pero nunca, seguro, a un padre. El joven y popular actor Timothée Chalamet y el veterano Steve Carell ponen tanto soporte emocional a sus interpretaciones, que es difícil no advertir una sobredosis de sentimientos y sacudidas, pero se trata sin duda de una película que sabe de lo que habla, y produce miedo escucharla y pánico vivirla.

El melodrama de Valeria Sarmiento tiene su gracia, aunque uno se percate de que el título, adaptación de la novela de Camilo Castelo Branco, se le escape vivo a la directora y el cuaderno negro siga igual de negro al final. Cuenta las vicisitudes, dignas de una serie, de unos cuantos personajes en la Europa de los años previos a la Revolución francesa, y posea dos cualidades infalibles: una voz en «off» monótona que te explica lo que ya ves y una vocación de culebrón a la vieja usanza, con hijos ilegítimos, relaciones perversas, secretos del pasado, confesiones, veneno fácil, idas y vueltas en carroza, amores imposibles… Todo ambientado y redicho, todo apasionado y frágil.

La película de José Luis Cuerda está fuera de la competición y fuera, también de la horma (en la línea dislocada de «Amanece que no es poco»), pues ocurre en el 9.177, mil años arriba o abajo. Futurismo de carretón y ciencia ficción de mentirijillas, pues se supone una alegoría de cualquier tiempo sobre los tópicos de los ricos, los pobres, el poder y la gloria. No hay ni un segundo sin un chiste, lo cual complica reírlos todos, incluso solo algunos, y el tono extravagante y la metáfora fácil y sangrienta son sus armas. Hay más actores célebres aún que chistes, y todos se divierten una enormidad dentro de la pantalla: fuera de ella hay que encontrar la postura cómoda para que pase lo mismo.