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Festival de San Sebastián «Marrowbone», de Sergio G. Sánchez, y otros horrores

Se trata de la primera película que firma como director tras ser guionista y colaborador de Juan Antonio Bayona

El director Sergio G. Sánchez (centro) y los actores durante la presentación hoy de su película «El secreto de Marrowbone"», que compite en la sección oficial de la 65 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián
El director Sergio G. Sánchez (centro) y los actores durante la presentación hoy de su película «El secreto de Marrowbone"», que compite en la sección oficial de la 65 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián - EFE
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La sección competitiva lanza películas como una de esas maquinitas para que peloteen los tenistas, y hay que ser un pulpo con varias raquetas para devolverlas. De la última remesa, concentraremos en «drive» en «El secreto de Marrowbone» por ser española, y por ser la primera que firma como director Sergio G. Sánchez, guionista y colaborador de Juan Antonio Bayona. Es una historia con pegada, con mucho empaque visual y que coquetea con el terror psicológico y con los dramas familiares y psiquiátricos. Se desarrolla en la América rural y los personajes son cuatro hermanos que, junto a su madre, vuelven a la casa familiar en Marrowbone huyendo de un padre violento y que será el coco del cuento… Una serie de golpes de guión, de muertes y «presencias», y de fracturas temporales (se narra entre distorsiones de presente y pasado) animan a seguir el relato dentro de los códigos del «póngase usted en lo peor»… La amenaza no se concreta, pero apesta en cada plano y en cada situación, y el director buen gusto visual y buen tacto narrativo, al menos hasta que ha de encontrarle soluciones a todas las intrigas planteadas y ahí el género, o mejor, el subgénero, le puede y lo que parecía un estilete se convierte en una peonza.

Cualquiera que haya visto la serie «The wire» conocerá los arrabales de Baltimore y por lo tanto la fauna y la flora que aparece en «Sollers Point», film de Matt Porterfield que compite por la Concha de Oro, con un personaje muy esquinado, un joven expresidiario que se mueve compulsivamente por su barriada no tanto para hacer «algo» como para irnos mostrando su catálogo completo de pintas y fulanos. «Sollers Point» es tensa y espinosa, pero uno no acierta a descubrir a dónde va ni qué puede sacar de ella.

Y eso exactamente ocurría también con la rumana «Soldados. Una historia de Ferentari», situada en un andurrial de Bucarest, en ambientes gitanos y romanís y con un personaje absurdo, un antropólogo que escribe su tesis sobre la música de la zona, que se llama «manele» y que es una mezcla de Sabina, Peret y Fofó. La directora Ivana Mladenovic consigue un retrato arisco y sórdido sólo con poner la cámara, y se deja enredar en una historia sucísima y sexual entre el antropólogo y un expresidiario gitano. Aunque no se entiende nada, lo que se ve tiene la suficiente metralla como para irse a apretar un par de botellines de cerveza mientras que a Monica Belluci le dan su premio. O sea, clase.