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Festival de Cannes Desdichas de una familia del aguafiestas Ken Loach

El cineasta se convierte en protagonista del día en Cannes con una película buena, equilibrada, que ofrece tanto desconsuelo como consuelo, y que se pega a la piel del espectador

La otra película en competición era la senegalesa «Atlantique», de la directora Mati Diop

Una escena de «Sorry we missed you»
Una escena de «Sorry we missed you»
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La denuncia social es al cine de Ken Loach y de su guionista de cabecera, Paul Laverty, lo que el Monument Valley era para el cine de John Ford o la liana para las películas de Tarzán. Uno ya sabe que un personaje satisfecho y feliz tiene tantas posibilidades de colarse en sus historias como un codillo de cerdo en un menú vegano, a pesar de lo cual Loach se las arregla para hacerlas «agradables», emocionantes y con sus pequeños momentos de humor. En la última, «Sorry we missed you», presentada en la competición del Festival de Cannes, esos momentos de humor sencillamente no existen: la familia protagonista de la película, padre, madre, un hijo adolescente y airado y una niña encantadora, se ven sometidos a todo tipo de desgracias y ensañamientos laborales, sociales, escolares y familiares, hasta tal punto que unos sospecha que, pase lo que les pase al final, siempre será un «happy end».

Pero lo dosifica todo tan bien Ken Loach, están tan bien armados de corazón los personajes y son tan magníficos sus actores que resulta imposible no implicarse emocionalmente con su colección de injusticias: el padre repartidor de paquetes para una desalmada empresa, la madre cuidadora ejemplar y humanísima de personas mayores e incapacitadas, el hijo tarambana que al fin y al cabo es un grafitero y una excelente persona, o la hija que sufre santamente las discusiones familiares, llenas, por cierto, de gran amor y respeto. Con Ken Loach se dan las dos circunstancias: sabemos que la vida es así, pero también sabemos que la vida no es así, y tanto se ve la cuerda gruesa de su denuncia (el trabajo precario, el abuso laboral, la imposibilidad de conciliación familiar, la incomprensión de la hormonal adolescencia…) como el hilo fino de las relaciones entre ellos. El resultado es bueno, equilibrado, que ofrece tanto desconsuelo como consuelo y que hornea uno de sus «productos» que tan bien se pegan a la piel del espectador. Su trayectoria en Cannes, tan llena de premios, aconseja no descartarlo nunca para ellos.

La otra película ayer en competición era la senegalesa «Atlantique», de la directora Mati Diop, y es una extraña historia costera, cuyo núcleo argumental está en el amor imposible de una joven por un muchacho que se larga junto a otros en una patera. La trama está tan clara como el café senegalés, pues igual atiende al gran problema de esa joven, prometida en matrimonio a alguien al que desprecia, que a un raro virus fantasmal que prende en el pueblo, o una deuda impagada a los trabajadores de una torre futurista en Dakar… Tiene escaso interés más allá de lo exótico. Si que lo tenía, y quedó algo tapada por los muertos vivientes de Jarmusch, «Los miserables», del francés Ladj Ly. Trata con notable fuerza un asunto algo manido, el de la juventud marginada y los problemas sociales y raciales en el «banlieu» de París. La cámara parece recién comprada en la tienda de la esquina de una de esas calles, y el casting es formidable, chicos del barrio y dedicados a las cosas del barrio. Hay abundante nervio y drama, y en su interior lleva un mensaje sobre la fortaleza de la juventud que es lo que la ata a la obra de Victor Hugo.