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Federico Luppi, el viejo sindicalista y romántico

«Fuera de la pantalla, Luppi era algo así como un faro, ahora luz, ahora sombra, pero hay una docena larga de títulos que lo avalan como actor sublime y personaje íntegro»

Federico Luppi, en 2006, durante una entrevista que concedió a ABC
Federico Luppi, en 2006, durante una entrevista que concedió a ABC - IGNACIO GIL
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Pocas cosas tienen tanto mérito como ser un actor sobresaliente en Argentina, un lugar donde toda persona es un personaje y tiene un don natural para transportarse al interior de una pantalla. Federico Luppi es, sin duda, uno de los grandes actores argentinos y desde luego acarreó hasta un sinfín de películas lo mejor de sí mismo, su personaje. Fuera de ellas, Luppi era algo así como un faro, ahora luz, ahora sombra, pero hay una docena larga de títulos que lo avalan como actor sublime y personaje íntegro, llenísimo, impermeable y de texto sagrado. En España se coló hasta la médula del espectador con ese reflejo sublimado de sí mismo que interpretaba en «Un lugar en el mundo», película del argentino Adolfo Aristaráin que también nos descubrió al mejor Sacristán. Aunque con Aristaráin ya había hecho dos obras maestras, «Últimos días de la víctima», donde interpretaba con rara mezcla de calma y conmoción a un asesino, y «Tiempo de revancha», donde interpreta sin su mejor arma (el bamboleo hipnótico de sus palabras) a un sindicalista desencantado y que simula mudez.

Sus fuertes convicciones ideológicas siempre encontraron su mejor matiz como personaje y al trasluz de la cámara, como si al cine no le quedara otra que embellecer a la persona. No es fácil elegirle un título para anteponerle a los demás, pero, quizás, «No habrá más penas ni olvido», de Héctor Olivera (adaptación de la novela de Osvaldo Soriano), una mirada angustiosa a la eterna política Argentina de principios de los ochenta, contenga al Luppi más al completo y contradictorio.

Al cine español llegó con Mario Camus y «La vieja música», y como entrenador de un equipo de baloncesto, lo que no le impedía batallar con la palabra en sus dos terrenos preferidos, la amargura del exilio y el deje de viejo romántico. Cambió su forma pero no su fondo para hacer varias películas con Guillermo del ToroCronos», «El espinazo del diablo», «El laberinto del fauno»). Y no es fácil que alguien haya olvidado aquella tensa relación de padre e hijo, junto a Juan Diego Botto, en «Martin (Hache)», también de Aristaráin. Hace nada lo vimos de refilón en «Nieve negra», de Martín Hodara, y junto a otro que tal baila, Ricardo Darín. Ahora, Luppi se queda para siempre dentro de la pantalla.