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Esnifar sacarina de «forma compulsiva» y otros secretos del autodestructivo Nicolas Cage

Sobrino de Coppola, el excéntrico actor, que define su ténica interpretativa como «kabuki occidental» o «noveau chamánico», también es un personaje fuera de la gran pantalla

Nicolas Cage en «Teniente corrupto»
Nicolas Cage en «Teniente corrupto»
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Para muchos, uno de los mejores actores de su generación, la generación X, esa que incluye a Johnny Depp, Christian Slater o Brad Pitt y con la que Douglas Copland designó a los «desorientados». Para otros, un esperpento andante. Los más condescendientes, sin embargo, prefieren mirar el vaso medio lleno, y lo consideran, pese a todo, un talento desbocado.

Porque aunque cueste creerlo, hace no tanto tiempo Nicolas Cage era considerado buen actor. «A menudo hay una lista de las grandes estrellas de cine: De Niro, Nicholson y Al Pacino... ¿con qué frecuencia se ve el nombre de Nicolas Cage? Él siempre debe estar ahí», dijo el fallecido crítico de cine Rogert Ebert, quien consideraba que el intérprete tenía solo dos velocidades, intensa y más intensa. Nada de grises. Todo lo contrario que Sean Penn, que una vez fue su amigo pero que no se dejó llevar por la nostalgia cuando dijo, en una entrevista a «The New York Times» en 1999, que ya no se le podía considerar un actor.

Y, pese a todo, las críticas y su corrosivo estilo de vida, la Academia de Hollywood hizo oídos sordos a la mala prensa y le entregó su único Oscar, uno que se le resistió a leyendas del séptimo arte como Peter O'Toole o Cary Grant, que solo pudieron conseguir en su modalidad honorífica. Lo hizo, por cierto, por su papel en «Leaving Las Vegas» (1995), y aún tendría la oportunidad de lograr el doblete por su trabajo en «Adaptation», que le valió otra nominación en 2002. De eso hace ya casi dos décadas, y aunque su rutilante trayectoria parecía seguir la buena senda, terminó como su tío Francis Ford Coppola, con muchos títulos pero pocos memorables a partir de entonces. Salvando las diferencias, claro. En su extensa filmografía hay de todo, buenas interpretaciones, como la de «Arizona baby» (1987), títulos dignos de telefilme de sobremesa. La mayoría, olvidables.

Ahora sabemos, gracias a una entrevista concedida a «The Guardian» en plena promoción de «Mandy», por qué tanta producción y tan poco juicio. «Si no tengo un trabajo que hacer, puedo ser muy autodestructivo. Me sentaría en cualquier bar, pediría dos botellas de vino tinto y desaparecería. Y no quiero ser ese tipo de persona, así que tengo que trabajar», ha reconocido Nicolas Cage, que también ha hablado de su sueño frustrado de enfundarse en las mallas de Superman, o de su método, igual de estrambótico que él, para meterse en los diferentes papeles.

En «Leaving Las Vegas», por ejemplo, tuvo un «consultor de alcoholismo» al que se refiere en el medio británico como «ese poeta borracho». Para «Teniente corrupto» (2009), de Werner Herzog, fue un paso más allá. Esnifó «sacarina de forma compulsiva», intentando meterse en la piel de un drogadicto y experimentar, de la forma más realista posible, lo que ellos sentían esnifando cocaína. «Todo lo que me preocupa es la transformación (...) Nunca me detengo a pensar: "¿Resulta esto ridículo?". Aunque en ocasiones lo resulte», ha asegurado Cage, que se refiere a su , signifiquen lo que signifiquen esos términos para el excéntrico actor.

¿Buen actor o malo? Ethan Hawke, también de esa generación X de desorientados, lo tiene claro: «Es el único actor desde Marlon Brando que ha hecho algo nuevo con el arte de interpretar; nos ha alejado con éxito de una obsesión con naturalidad de una especie que me imagino que era popular entre los viejos trovadores».