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Festival de Cine de San Sebastián

Duelo de verbos en la competición, crecer, juzgar y reír

La película vasca «Handia» cautivó a todo el mundo con su relato leyenda de un gigante de caserío

Los actores de «Handia», durante la presentación de su película en la sección oficial de la 65 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián
Los actores de «Handia», durante la presentación de su película en la sección oficial de la 65 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián - EFE
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No es habitual que un Festival de Cine proponga dos películas seguidas que le arranquen la risa al público, que es lo que hicieron cada una a su modo la belga «Ni juge, ni soumise», de Jean Libon e Yves Hinant, y la francesa «Le sens de la fête/C’est la vie», de Olivier Nakache y Éric Toledano. Aunque nadie lo firmaría, se sabe que está escrito en la letra pequeña de los festivales: donde esté un mal drama, que se quite una buena comedia. No era el caso de ayer, pues el drama lo trajo la película vasca «Handia», de Aitor Arregi y Jon Garaño (el de «Loreak»), aunque también entran en el reparto de autoría Andoni de Carlos y José Mari Goenaga, guionistas en esta ocasión. Con atmósfera y tono de leyenda, la película recrea la historia real del gigante de Altzo, un hombre que vivió a mitad del siglo XIX y que no paró de crecer hasta que llegó a los dos metros y medio. La película subraya, además de los caracteres familiares del gigante y de su hermano (el ojo de la historia), dos mundos opuestos, el anquilosamiento y raíz del caserío en la tierra, y la altura y la perspectiva que proporciona el viaje.

Con un grandísimo gusto visual y musical, «Handia» mueve el cuento por la complejidad política de la época (las guerras Carlistas), y también la geográfica y sentimental, con el gigantesco hombre llevado por pueblos y ciudades en una especie de espectáculo entre grotesco y épico. La relación y fusión entre los dos hermanos, con ellos mismos y con el mundo, es lo que le proporciona cuerpo argumental al relato, que está salpicado por anécdotas, algunas de ellas cargadas de leyenda, de realidad y de munición, como el momento de exhibición ante la Reina Isabel II; pero también está salpicado de secuencias e intenciones líricas y de agitaciones íntimas y turbaciones, y aunque dé la impresión de ser una crónica basada en hechos reales y en la existencia de aquel hombre inmenso e ingenuo, uno no puede dejar de apreciar en ella su enorme potencial alegórico, ese rosario de metáforas y alusiones que cuesta acomodar a la lógica humana, desde esa tragedia de no dejar de crecer, subir, progresar, a ese cruce de miradas bizcas entre la aldea y el mundo.

En fin, que «Handia» no es un mal drama, sino todo lo contrario, y los otros dos títulos en la competición no eran unas buenas comedias, por distintos motivos. La belga «Ni juge, ni soumise» sí tiene mucho de buena, pero nada de comedia, aunque no puedan evitarse las constantes risas que producen los modos y maneras con las que la jueza Anne Gruwez lleva sus investigaciones criminales, sus encuestas a maltratadores, sus conclusiones y veredictos mientras los acusados flipan, los espectadores se frotan los ojos ante la «frescura» de su pensamiento y voz incorrectísima, y mientras los directores consiguen una propuesta que hace equilibrios y saltos mortales entre el documental y la puestísima en escena. Alguien debería ya colocar esta película en la estantería de los inclasificables. Y la jueza, si realmente no actúa, es una actriz sobresaliente.

En cuanto a la película francesa de Nakache y Toledano, no es una buena comedia por la sencilla razón de que el público se ríe mucho, ruidosa y constantemente (y tal cosa está contraindicado por los doctores de la gran comedia), tal y como ocurría en otra anterior suya, «Intocable». Aquí se trata de la organización de un catering y espectáculo para una boda, un enorme caos y una ametralladora de problemas que veremos desde el lugar del responsable de la organización. ¿y dónde está la gracia…?, pues en la variedad y construcción de personajes, en el subrayado de las escasa luces de todos ellos (hay casos espectaculares, como el fotógrafo, el cuñado, el «crooner», el novio…). En realidad, no importa gran cosa lo que ocurra ni a quién, lo único importante en la película es no parar ni un momento de reírse, y eso no puede ser bueno.