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Philip K. Dick's Electric Dreams

Drogas, apariciones y conspiraciones gubernamentales: Así era Philip K. Dick

Los textos del escritor, que ya inspiraron películas como «Blade Runner» o «Desafío Total», se mudan a la pequeña pantalla en la ficción de Amazon «Philip K. Dick's Electric Dreams»

Philip K. Dick (derecha) junto a Ridley Scott en una imagen de 1982,
Philip K. Dick (derecha) junto a Ridley Scott en una imagen de 1982,
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Puede que no haya leído ni un solo renglón de Philip K. Dick. Sin embargo, le aseguro que conoce (al menos parte) de su obra gracias a las adaptaciones cinematográficas (tanto las consentidas como las involuntarias). La relación entre el cine y sus textos comenzó, formalmente, en 1982 con el estreno de «Blade Runner». «Llevo escribiendo y vendiendo obras de ciencia ficción desde hace 30 años, y este es por tanto un tema de cierta importancia para mí. Con toda franqueza debo decir que nuestro campo se ha ido lenta y gradualmente deteriorando durante los últimos años. No hemos hecho nada, individual o colectivamente, que pueda igualar a ‘Blade Runner’. Esto no es escapismo; es súper realismo, por lo crudo, detallado, auténtico y convincente que es, tras el fragmento que vi ahora encuentro que mi realidad palidece en comparación. A lo que me refiero es a que todos vosotros podéis haber creado, de forma colectiva, una nueva forma de expresión gráfica y artística, nunca vista hasta ahora. Y creo que ‘Blade Runner’ va a revolucionar nuestro concepto de lo que es la ciencia ficción, y aún más, de lo que puede ser». Así describía el escritor a la película que adaptaba su novela «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?», una película dirigida por una persona que aseguraba no haber sido capaz de leer el texto original.

La película de Ridley Scott le dio más de un quebradero de cabeza. No solo porque al director le importase más bien poco la novela en la que se basaba («¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?»), también porque habían intentado en repetidas ocasiones hacer desaparecer el libro. El guion se había ido alejando progresivamente de la novela. Así que la productora le hizo una oferta: escribir una novelización de la película, más orientada al público adolescente que gastaba dinero en cualquier producto que tuviera que ver con «Star Wars», y prohibir la publicación de la obra original, que se había escrito 15 años antes. A cambio, ganaría lo mismo que había ganado en sus casi treinta años previos de carrera, unos 400.000 dólares (332.400 euros).

Menos mal que no fue así ya que «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?» se valora hoy en día como uno de los principales libros de uno de los principales escritores de la segunda mitad del siglo XX. Y eso que en las do primeras décadas de su carrera estaba considerado muy por debajo de escritores como Isaac Asimov o Robert Heinlein; incluso por detrás de Fritz Leiber o Theodore Sturgeon. Son muchos los que aseguran que ese cambio se debe al ritmo continuo al que se producen las versiones para el cine de sus textos, incentivadas a partir del culto en torno a «Blade Runner».

La película de Ridley Scott es solo uno de una larga lista de títulos reconocidos, una tira más larga aún si enumerados a las copias no declaradas. Eso sí, rara vez se mantenían fieles a la original. «Desafío Total» (1990) fue una transformación superficial a la par que entretenida del relato breve «Usted lo recordará perfectamente» –y contaba con Arnold Schwarzenegger como protagonista–. Esta adaptación cinematográfica tuvo mejor fortuna que el remake que Len Wiseman haría en 2012 con Colin Farrell como cara visible. «Asesinos cibernéticos» (1995) tuvo como base otro relato corto: «La segunda variedad». «Minority Report» (2002), basada en una novela con el mismo título, corrió algo más de fortuna en cuanto a cartelera gracias a que Spielberg prefirió convertirla en una oportunidad para que el entonces taquillero Tom Cruise se luciera. «Paycheck» (2003), con John Woo como director, siguió sus pasos, pero optó por otra cara conocida de Hollywood: Ben Affleck, quien tuvo que soportar que la calificaran como su peor actuación. El filme que más fiel ha sido al texto podemos decir que ha sido «Una mirada a la oscuridad» (2006), protagonizada por Keanu Reeves. Y eso que ahora Amazon asegura que ese puesto se lo debe llevar su ficción «Philip K. Dick's Electric Dreams» o, si me apuran, «The Man in the High Castle», también de la plataforma.

[La esencia de Philip K. Dick que no se deja arrastrar por la acción o los efectos especiales]

Para entender el universo de Philip K. Dick primero hay que conocer su historia. Peculiar desde el nacimiento. Él y su hermana melliza nacieron el 16 de diciembre de 1928, pero ella murió a los cuarenta días tras sucumbir a los cuidados de su madre. Este hecho persiguió al escritor de por vida. De hecho, aseguraría en más de una ocasión que mantenía el contacto con ella, que le había dicho que era lesbiana. Su propia madre le diría en más de una ocasión que era él quien debería haber muerto. No es de extrañar que Dick dijese tras el fallecimiento de su propia madre que había sido «una presencia maligna» en su vida, dolido porque se casara con el hermano de su padre. Con su progenitor no tendría más contacto que el esporádico. Le retiró la palabra en 1945 tras defender el uso de armas nucleares contra Japón.

Desde pequeño mostró una inteligencia por encima de la media. Una que le permitió apreciar el género con apenas doce años. Fue entonces cuando se compró su primera revista y cuando quedó enganchado, especialmente a las «delicias prohibidas de A. E. Van Vogt», según Brian Aldiss, otro de los grandes escritores del género. Esa inteligencia vino ligada a la agorafobia, patología por la que comenzó a consumir fármacos desde su adolescencia. Esa patología le obligó a cursar el último año de instituto en casa e hizo que apenas soportara dos meses en la universidad. Fue entonces cuando comenzó a trabajar en una tienda de discos antes de empezar la larga lista de pequeños trabajos como escritor con los que haría lo imposible para ganarse la vida. El cambio hacia la escritura lo dio gracias a Anthony Boucher, un escritor de ciencia ficción y novela policiaca que dirigía, entonces, la revista «The Magazine of Fantasy and Science Fiction».

Su nivel de producción era envidiable. Llegó a publicar sesenta relatos en apenas dos años (1952-1954). Sin embargo, la retribución económica no le permitía pagar las facturas. Ni siquiera cuando comenzó a escribir novelas podía hacer frente a los gastos del hogar que compartía con su segunda mujer. Sí, segunda. Philip K. Dick llegó a casarse hasta en cinco ocasiones. A cada cual, con un final más retorcido. Pero fue con ella cuando comenzó a consumir anfetaminas, recetadas por su suegro para calmar su ansiedad causada por la necesidad de cumplir los plazos. Escribía con prisas, y pocas veces corregía como debería. «Mis relatos... cuando los releo, me horrorizan. Son realmente malos. Y no solo malos, sino increíblemente convencionales», dijo el propio escritor tal y como recoge «Philip K. Dick: In His Own Words».

Aquel enloquecido sistema de trabajo, a base de sustancias químicas entre las que también estaban el LSD y el speed, hizo de sus novelas y relatos algo desordenado, retorcido y difíciles de entender. Pero no fue la única consecuencia. También le produjo una esquizofrenia paranoide que se manifestó en sus últimos años de vida. El primero de los ataques (que terminarían con su vida ocho años después) llegó en forma de un episodio místico, según el propio Dick. Ocurrió un 22 de febrero cuando, tras ir al dentista para que le quitaran una muela del juicio, le llevaron a casa pentotal sódico contra el dolor. Fue una chica con un colgante con el símbolo de pez de los cristianos primitivos. Fue al ver el accesorio cuando el escritor asegura que experimentó una anamnesis. Según Platón, era la capacidad de recuperar los recuerdos olvidados tras entrar en un nuevo cuerpo. Dick sintió que su entorno desaparecía para encontrarse en Roma en el siglo I; exactamente en el cuerpo de Tomás, un discípulo de Jesús. Pero esto no fue todo. El colgante tenía un mensaje para él: el Imperio romano no había terminado, solo se había encarnado de distintas formas hasta llegar a la Unión Soviética o al propio Richard Nixon.