ES NOTICIA EN ABC
80 aniversario

«La diligencia», donde Dios puso el Oeste

Máximo exponente de la relación amor-odio entre John Ford y John Wayne, «más torpe que un hipopótamo», el clásico del wéstern cumple 80 años

Fotograma de «La diligencia», de John Ford
Fotograma de «La diligencia», de John Ford
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

Visto sin perspectiva, John Ford puede parecer una persona de baja estatura, sentado siempre en la silla de director, con su pipa, un gorro y el parche en el ojo. Mirando a todo el mundo desde abajo, como el contrapicado que Orson Welles llevaría a su máxima expresión en «Ciudadano Kane», que solo pudo dirigir después de ver treinta veces «La diligencia», cuyo estreno cumple ocho décadas este 2019. Pero Ford no era bajito, como evidenciaron en el rodaje de la obra maestra del Oeste los indios navajos –que hacían de sus rivales apaches por un precio inferior al que cobraba cualquier extra de Hollywood– al bautizar al director como «Natani Nez», algo así como líder alto. Y también imponente, con un carácter acorde a un genio de su talla, capaz de hacer brillar el sol de un género cuyo horizonte ya prendía desvaído.

El director de Maine convirtió una película sin pretensiones en una magistral lección de cine, y aumentó el caché del wéstern. En la diligencia de Ford sonaban los disparos pero no había diferencia entre la tez de Claire Trevor y la de los pieles rojas. Pudo darle sonido al filme pero no color, porque el productor Walter Wagner le acortó el presupuesto, pero le bastó fijarse en un cuento de la revista Colliers («Stage to Lordsburg») que leía su hijo adolescente para recobrar, hace ahora ochenta años, el esplendor de ese género de vocación popular que no tocaba desde hacía más de una década.

La censura en el Oeste

La diligencia de Ford viajaba de un pueblo de Arizona a Nuevo México, y en ella cabían todo tipo de individuos, una microsociedad que reflejaba los males de los «buenos» y la bondad de los «malos». Para la historia queda ese don del cineasta para trastocar las normas genéricas del wéstern y su modélica presentación de personajes: desde el conductor al alguacil, un reverendo falso, un médico borracho, la embarazada esposa de un capitán de la caballería, un jugador, un desagradable banquero y una prostituta que no era tal, pues la censura impidió pronunciar cualquier «referencia específica» al hecho de que lo fuera.

La diligencia no colgó el cartel de completo hasta que sonó un disparo de rifle y Buck exclamó: –«Ey, mira, es Ringo». Travelling avanti mediante, se sube en la primera parada de esa diligencia que atraviesa el peligroso territorio apache el prófugo Ringo Kid, ese por entonces venido a menos John Wayne que, antes de convertirse en el máximo exponente del género, las pasó canutas a las órdenes de Ford, con el que terminó haciendo 24 películas. Aunque tenía claro que ese actor curtido en wésterns de serie B era su protagonista, hizo que cobrara 3.700 dólares, la mitad que Claire Trevor (la protagonista femenina), y cuando podía, le atizaba. Durante una prueba de cámara con Trevor, Ford agarró a Wayne por la barbilla y le sacudió. «¿Qué estás haciendo con tu boca?», le gritó. «¿Por qué mueves tanto la boca? ¿No sabes que en el cine no se actúa con la boca? ¡Se actúa con los ojos!».

John Ford, en el rodaje de «La diligencia»
John Ford, en el rodaje de «La diligencia» -

No fueron las únicas calamidades que el actor de más de 1,90 metros tuvo que soportar del genio del parche durante el rodaje de «La diligencia»: «¿No sabes caminar? Eres tan torpe como un hipopótamo. Deja de arrastrar tu diálogo y muestra alguna expresión. Pareces un huevo escalfado» o «Estúpido bastardo, debería haber conseguido a Gary Cooper. ¿No puedes caminar como un hombre?». El también director de «El fugitivo» se entretuvo durante el rodaje corrigiendo cada mínimo detalle del intérprete, a veces con malas formas, pero no consiguió nunca una respuesta similar del actor, que mantuvo su entereza. «Estaba tan jodidamente enfadado que quería matarlo», se desahogó Wayne tiempo después.

«Ford, en su mejor momento, era como un padre, y en su peor era un monstruo». John Carradine

El resto del equipo, que conocía el temperamento de un cineasta que se rodeó para la ocasión de rostros familiares, esquivaba sus arrebatos. «Ford, en su mejor momento, era como un padre, y en su peor era un monstruo. Sentía que sus actores y equipo eran su familia, o más bien que le pertenecían», aseguró años después John Carradine, Hatfield en el filme. Ya lo advirtió Peter Bogdanovich en esas conversaciones con el genio del cine que convirtió en libro («John Ford», de la editorial Hatari Books): «Cuando el señor Ford te insultaba o atacaba, sabías que le gustabas». De hecho, el cineasta reconoció ante Louise Platt (Mrs. Lucy Mallory en la cinta) que Wayne sería «la estrella más grande de la historia porque es el perfecto hombre de calle». «Las simpatías de Ford han estado siempre con el forastero, con el desposeído», explica Bogdanovich. Andy Devine (Buck), por su parte, se rindió a la evidencia: «En algún momento querías matarlo. Pero, Dios, cómo le quería. Era un gran hombre».

En la primera gran conversación del filme, «Ford echa por tierra la teoría académica del salto de eje», cuenta Gerardo Sánchez en el libro que la editorial Notorious le dedica a este clásico del Oeste por su 80 aniversario. Y lo hace «con total naturalidad, y no una vez, sino muchas, como por otro lado han hecho siempre los grandes directores no academicistas». Un clásico irreverente. De este modo, el director consigue que el espectador preste atención a la acción y los diálogos, conformando lo que ya es marca de la casa Ford, hacer la cámara invisible.

Con la diligencia, John Ford revitalizó el wéstern, un género que empezaba a oler a viejo, a producto de saldo

Puestos a innovar, «La diligencia» de Ford no solo revitalizó un género que estaba de capa caída, al que Michael Curtiz, Cecil B. DeMille o Henry King intentaban insuflar algo de respeto y prestigio. Un género que empezaba a oler a viejo, a producto de saldo. Rompió, «incluyendo una historia de amor entre dos parias de la sociedad del Salvaje Oeste, con algunos de los defectos estereotipados que hasta ese momento habían llevado al wéstern a ser considerado en su esencia básica y primitiva un mero producto de entretenimiento al servicio de la acción y de unos personajes esquemáticos», escribe Marco da Costa, otro de los autores de libro homenaje «La diligencia» (Notorious Ediciones).

Pese al éxito de taquilla que supuso el primer wéstern sonoro de Ford, algunos críticos se quejaron de la duración del ataque/persecución (unos siete minutos y medio) y otros sobre por qué los apaches no disparaban a los caballos de la diligencia para detenerla. Como recuerda Vicente Díaz, «la respuesta de Ford, siempre pragmático, era que entonces se habría acabado la película».

John Ford mató más indios que «Custer, Beecher y Chivington juntos», pero en el fondo los adoraba. «Hay cosas peores que los apaches», la frase de la prostituta a la que interpreta Trevor parece más una reflexión del propio director sobre los navajos que parte de un diálogo imprescindible de la película. En Monument Valley, corazón de la nueve películas del Oeste del director, Ford se había sentido abrumado: «Allí me siento en paz. He recorrido todo el mundo, pero creo que ese el el lugar más completo, bello y tranquilo que hay en la Tierra». Ese valle de los navajos (Tse’Bii’Ndzisgaii en su lengua) era el único sitio capaz de apaciguar al genio del parche y la pipa, que miraba a todos y gritaba órdenes desde abajo, sentado en su silla con el rojo de Monument Valley de fondo. «Es donde Dios puso el Oeste», dijo Wayne. Al menos, en el caso de «La diligencia» fue cierto.