ES NOTICIA EN ABC
Festival de San Sebastián

«Diecisiete», de Sánchez Arévalo, puso lo que faltaba: emoción, diversión y buenos sentimientos

Penélope Cruz y su Premio Donostia trajeron la intriga cubana «La red avispa», de Olivier Ossayas

Daniel Sánchez Arévalo y el equipo de «Diecisiete» en el Festival de San Sebastián
Daniel Sánchez Arévalo y el equipo de «Diecisiete» en el Festival de San Sebastián - Reuters
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

Fuera de la competición, ¡qué lugar tan bueno para poner películas bonitas y saludables! Por las razones que sean, y es tradición, las secciones competitivas de cualquier festival prefieren armarse con películas raritas, feotas y que muestran (o denuncian, que es un verbo con doble sentido, bueno y malo) los peores y más desagradables aspectos del ser humano. Obviamente, una película como «Diecisiete», que no está llena, sino que rebosa, de los mejores sentimientos, pensamientos y actos de sus personajes no podía tener su hueco en la Sección competitiva de este año, y se proyectó fuera de ella. Sea porque pertenece a la cuadra de Netflix, sea porque ya había demasiada representación española a por la Concha, sea porque todo lo que contiene es positivo, admirable, divertido (aun en su interior dramático) y tiene la misión de agradar…, sea por lo que sea, el caso es que fue una total bendición dentro del Festival.

El director y guionista (junto a Araceli Sánchez) es Daniel Sánchez Arévalo, un tipo que les saca a sus personajes todo lo que llevan dentro mediante unos diálogos sencillamente insuperables y un tratamiento que invita a quererlos. Los dos protagonistas son unos hermanos, el pequeño, el de diecisiete, tiene algún tipo de trastorno o de síndrome (de Asperger, de Heller, no especificado en todo caso) que se manifiesta con un cierto desorden social pero también con una lucidez impresionante, y el mayor, de veintitantos, es al tiempo su perro pastor y su perrillo faldero. La relación entre ellos es tan rica, graciosa y profunda, tan llena de nutrientes emocionales y de momentos de sinceridad extrema y de dependencias de ida y vuelta, que hacen de su peripecia, de su «road movie», un manual de conducta, de vida y de esos terrenos difusos de lo moral, lo legítimo y lo legal. Persiguen unos cuantos sueños, entre ellos el de ahormarle el final más digno posible a su abuela, tan ida y en las últimas que solo dice una palabra misteriosa «parabara»… Como es película fuera de concurso, a la abuela la llenan de besos y de compañía; de haber estado dentro de la competición, la tendrían que haber desenchufado o darle un alegre venenillo.

«Diecisiete» es memorable por lo que cuenta, cercanía, rebeldía, fraternidad, amor del bueno a las personas y a los animales, fe en los propios recursos y progreso en las propias limitaciones, pero también por cómo lo cuenta, sin vanas presunciones, con una sencillez desarmante y con un frescor más de botijo que de «frigidaire». Las interpretaciones de Biel Montoro y de Nacho Sánchez son tan buenas y llegan tan al fondo que igual te llenan de oxígeno que te empañan las gafas.

Pero era el día de Penélope Cruz y se proyectó la película «La red avispa», del prestigioso director francés Olivier Assayas, donde ella interpreta con notable desparpajo y acento a una mujer cubana, cuyo marido, piloto, se larga a Miami y la deja descompuesta y revolucionaria en La Habana. Es una trama basada en hechos reales sobre una red de espionaje montada por los cubanos, la Red Avispa, para controlar los movimientos y las acciones de los anticastristas desde Florida. Está muy bien ambientada y narrada (a pesar del jaleo de espionaje y contraespionaje), y se debate entre la intriga, el drama familiar y el discurso político, y mezcla «el rollito Fidel» (incluso sale él a dar una homilía) con la realidad cubana y la prédica democrática. Un paisaje lleno de figuras, además de Penélope Cruz, como Gael García Bernal, Leonardo Sbaraglia o Ana de Armas, que también saben poner acento cubano.