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«Yuli»

El descendiente de esclavos que triunfó en el Royal Ballet

Icíar Bollaín filma la vida el cubano Carlos Acosta y traza un paralelismo entre él y la isla

Edison Manuel Olvera encarna la infancia de Carlos Acosta, Yuli, en La Habana
Edison Manuel Olvera encarna la infancia de Carlos Acosta, Yuli, en La Habana - ABC
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A Icíar Bollaín le impresionaron muchas cosas de la vida de Carlos Acosta. Pero la primera no fue descubrir que ese apellido naciera entre los esclavos de la plantación Acosta. Tampoco que su apodo, Yuli, haya pasado a la historia como el primer negro en triunfar en el Royal Ballet. El bisnieto de un esclavo brillando en la meca del baile, casi nada. «Ese viaje ya te deslumbra», reconoce. Pero lo que llevó a Icíar Bollaín a fijarse en Carlos Acosta fue que la carrera de Yuli y la de Cuba han transcurrido en paralelo durante los últimos cuarenta años. Demasiadas imágenes, demasiados puntos de interés como para dejar pasar la historia.

Así se lanzó a filmar, en tres tiempos, niñez, adolescencia y madurez, la vida de Carlos Acosta. «El hecho de que un niño que no quiere saber nada del baile acabe siendo uno de los mejores de su generación me impresionó». Y en ese relato brillan, como no podía ser de otra manera, las escenas de baile que explican con sutileza los puntos más oscuros y duros de la vida de Yuli. Los luminosos, aunque tampoco fueron fáciles, los encarna el joven actor Edison Manuel Olvera por las calles embarradas de La Habana. Allí baila y juega este terremoto que prefiere hacer de todo menos bailar en mallas. Es su padre el que le obliga a hacerlo, justo al contrario que «Billy Elliot», y empiezan a hilar una relación de amor y odio, de cariño y rencor, que les mantiene atados hasta el presente.

El padre quiere que su hijo salga de la isla y viva la vida que él no pudo tener. Y el hilo se alarga y acorta en cada ida y venida del bailarín a su casa, que cada año que pasa está más vacía, triste y ruinosa. «En esos 40 años hay una enorme diáspora de cubanos que se marchan para no volver, porque no les dejaban, y Carlos hacía todo lo posible por volver», cuenta Icíar Bollaín. «No se olvida nunca de su familia y ahora ha fundado su propia compañía en La Habana. Tampoco creo que sea una película de denuncia: cuenta una realidad que está ahí. Lo que no hace es evitarla porque sería absurdo.

No puedes contar esta historia sin reflejar la crisis de los balseros o la corrupción. La película hubiera sido muy mala si no tiene la parte de lo que ha ocurrido en la isla», relata la directora, que se sumó al proyecto después de que le ofrecieran hacer el guion a su marido, Paul Laverty, que puso como condición la mirada de Icíar detrás de las cámaras.

Danza hipnótica

Las escenas de baile, tanto del niño como del adolescente y las del propio Acosta, son deslumbrantes: «La apuesta era estar en el escenario y bailar con ellos, sin trucos: colocar al espectador en un lugar en el que nunca ha estado, a una distancia donde los oyes respirar, cómo rozan sus zapatos, el sudor, y al tiempo tienes suficiente distancia para ver sus rostros, el decorado, los forillos… Ver lo que normalmente no puedes ver», presume la directora.