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Daniel Day Lewis, la «jubilación» prematura del actor más laureado

A sus 60 años, es el actor con más premios Oscar

El actor, en «En el nombre del padre»
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Se prodiga muy poco. Dejó el teatro en 1989 y tan solo ha estrenado cinco películas en los últimos 19 años. Pero, para muchos, Sir Daniel Michael Blake Day-Lewis es el mejor actor del mundo. Inesperadamente, Day-Lewis, de 60 años y afincado con su familia en Irlanda, emitió ayer un comunicado en el que asegura que no volverá a actuar: «Daniel Day-Lewis no trabajará más como actor. Está inmensamente agradecido a sus colaboradores y público por todos estos años. Es una decisión privada y ni él ni su representante harán comentarios al respecto». La última oportunidad de ver al artista anglo-irlandés en la gran pantalla será la próxima Navidad, con el estreno de «Hilo fantasma», una película de Paul Thomas Anderson ambientada en el mundo de la moda.

Con tres Oscar al mejor actor principal, es el intérprete que más estatuillas ha ganado en toda la historia: «Mi pie izquierdo» (1989), su conmovedora interpretación de un escritor y pintor irlandés con parálisis cerebral; «Pozos de ambición» (2007), donde encarnaba a un magnate petrolero; y el «Lincoln» de Spielberg (2012), un trabajo pasmoso con el que casi devolvió a la vida al político.

Alto, anguloso y de profunda mirada clara, Day-Lewis posee una evidente llama interior, un fuego contenido que lo convierte en una presencia escénica muy sugestiva. Se trata, también, de un obseso del método. Hay dos tipos de actores: el modelo Marcello Mastroianni, que en el fondo siempre venía a ser él mismo; o la vía De Niro, que se sumerge en sus personajes incluso físicamente, engordando, adelgazando, afeitándose la cabeza… Day-Lewis es de los segundos, uno de esos intérpretes que se mimetiza con sus personajes de manera casi enfermiza.

Durante los rodajes, obligaba a todo el equipo a que lo llamara por el nombre de su papel. Encarnando al paralítico Christy Brown, se pasaba días en silla de ruedas y exigía que le dieran de comer con una cuchara. Cuando se metió en la piel de un joven acusado de ser terrorista del IRA con «En el nombre del padre», se encerró tres días en una celda helada comiendo el rancho carcelario. Esos alardes llegaron a pasar factura a su salud, y más tratándose de una persona de psique un tanto peculiar.

Una visión paterna

El joven Day-Lewis dejó los escenarios por una visión. En 1989 encarnaba a Hamlet en las tablas del Teatro Nacional de Londres y asegura que se le apareció el espectro de su padre, el laureado poeta irlandés Cecil Day-Lewis. Su madre era la actriz de ancestros judíos Jill Balcon y nació en el elegante barrio londinense de Kensington. Cuando era niño sus padres se mudaron a Greenwich, donde fue acosado por chavales de barrio, que lo tachaban de niño bien y judío. Daniel pronto a aprendió a imitar el acento local para integrarse. Fue su primer esfuerzo actoral. El siguiente, convertirse en un pillo suburbial, lo que llevó a sus padres a enviarlo a un internado.

Al margen de sus tres Oscar y sus dos Globos de Oro, en 2014 fue nombrado caballero en Buckingham, a manos del Príncipe Guillermo. Pero Sir Daniel es un personaje más bien alérgico al precio de la fama y que tiende a la reclusión. Sus grandes pasiones son tallar madera y la pesca. En los últimos años se ha interesado por el oficio de zapatero y en su día se rumoreó que había trabajado como aprendiz en un taller de Florencia.

El actor que ahora se retira es padre de tres hijos. El mayor, Gabriel (22), es fruto de su relación de más de un lustro con la actriz francesa Isabelle Adjani (61). En 1996 se casó con la actriz, guionista y dramaturga Rebecca Miller (54), con la que tiene dos hijos, nacidos en 1998 y 2002. Su matrimonio es una reunión de dinastías ilustres de la escena. El abuelo materno del actor fue el impulsor de los clásicos estudios británicos Ealing y los padres de su mujer son el dramaturgo Arthur Miller (ex de Marilyn Monroe) y la fotógrafa Inge Morath, ganadora del Pulitzer.

A comienzos de los 90, Daniel Day-Lewis se compró una propiedad en Irlanda, donde sigue viviendo. Posteriormente adquirió 17,4 hectáreas más de tierras circundantes para ganar todavía más intimidad. Sus vecinos han contado que se deja ver poco y que le gusta que lo dejen en paz. Se cree que pasa allá los días dedicado a sus hijos y a su taller de zapatería.