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El cruel secreto que oculta la verdadera Mary Poppins

La escritora, madre de la niñera que volaba en paraguas, separó sin remordimientos a dos gemelos en la cuna, ocultándole al niño que crió sus verdaderos orígenes y prohibiéndole, cuando los descubrió, relacionarse con su hermano

Julie Andrews como Mary Poppins - VMary Poppins Supercalifragilisticoespiralidoso
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«La niñera que buscamos la queremos sin verrugas, sin gruñir jamás, sabrá cantar. Con las mejillas sonrosadas, muy alegre y confiada. Que sepa hacer un buen pastel, silbar... también. Que a pasear nos lleve, que ricino nunca nos dé, ha de darnos golosinas, no debe oler a naftalina. Si no nos riñe ni castiga, siempre hemos de hacer lo que nos diga. Sus lentes jamás tendremos que romper, ni le hemos de echar pimienta en su té».

Cuesta ver en la niñera que pidieron Jane y Michael Banks a la escritora Helen Lyndon Goff, autora de la exitosa serie literaria que se terminó convirtiendo, para su disgusto, también en un clásico del séptimo arte. Sin embargo, bajo el rostro adusto y el carácter inflexible de esa mujer huraña pero cariñosa en ocasiones había una creatividad desbordante, capaz de imaginar un sinfín de cuentos para huir de la cruel realidad. Solo había que ver... muy al fondo. Una moralina que predicó la autora australiana a través de su hija pródiga, esa niñera británica que enseñaba cantando que la verdad a veces escapa a la vista.

Bajo el seudónimo de P. L. Travers, la australiana selló en ocho tomos las aventuras de una institutriz que volaba en paraguas, un canto a la imaginación que no rehuía los dramas igual que su vida, inspiración para la popular Mary Poppins, no escatimaba tampoco en tragedias. El primer impacto que recibió fue durante su infancia, cuando su padre, un irlandés que como el señor Banks trabajaba en un banco, murió prematuramente en 1907, cuando la novelista tenía siete años. La desaparición de su padre desoló a la familia, sobre todo a su madre, que incluso intentó suicidarse. Travers, por entonces todavía Helen, fue testigo de sus amenazas cuando intentó lanzarse a un río en plena noche de tormenta. Para evitarles la terrible escena a sus hermanos pequeños, se inventó una historia, transportándoles a una utopía en la que los caballos volaban y podían cabalgar sobre el agua.

Una historia que, supuestamente, fue el germen de Mary Poppins, y en cuyo reflejo no cuesta ver a la niñera mágica y sus peripecias junto a Bert y los niños Banks en ese mundo de tiza animado desde el parque. Una institutriz, «prácticamente perfecta», siempre pegada a su paraguas con astil de pájaro que, lejos de proceder de su inventiva, le «robó» a su tía Ellie, igual que la raída bolsa de viaje sin fondo en la que todo cabía. El cargo de niñera de esta heroína lo tomó prestado de su otra tía, la adinerada Helen Morehead, que acudió al rescate de la familia tras el fallido intento de suicidio de su madre. «Mary Poppins puede tener alguna influencia de mi vida, pero no está basado en mi infancia», dijo la autora. Aunque nadie la creyó, y hasta su hijo reconoció que la niñera inglesa era ella misma.Pporque, a pesar de negar cualquier vínculo con la institutriz, la dotó con algunas de las cualidades que también ella poseía, convirtiéndola en una «personalidad tan fascinante como inquietante».

Tras una vida sin hijos, la escritora decidió adoptar. El paraguas mágico de la niñera de Paloma Lyndom Travers, que le permite volar cuando «el viento del Este y la niebla gris anuncian que viene lo que ha de venir», sirvió también como metáfora de la afición de la escritora por la astrología, llegando a consultarle a una experta en este campo sobre una decisión trascendental: cuál de los hermanos Hone le iba a dar menos problemas. Y en una total falta de empatía, la mujer que imaginó a la mejor niñera que unos críos podrían desear, «sin verrugas y sin gruñir jamás», separó a dos gemelos de la cuna ignorando las súplicas de los abuelos. De manera que mientras uno crecía protegido de los problemas con palabras mágicas como «supercalifragilísticoespialidoso», esa palabra que sirve para todo, el otro se hundía en las inmundicias de un Dublín que los deshollinadores, sin la gracia de Bert, eran incapaces de expurgar.

Camillus, el hijo que se crió con Travers, no supo hasta pasado el tiempo que tenía un hermano y que la autora era su madre adoptiva. Con 17 años, localizó a su gemelo Anthony y lo invitó a casa. Cuando la madre de Mary Poppins abrió la puerta de casa y los vio juntos, iguales, se desmayó. Al despertar, les prohibió verse de nuevo. La escritora no supo encontrar el lado positivo del encuentro, como si era capaz de hacerle ver a la niñera mágica, y abocó a su hijo a una vida de penurias, ahogado en alcohol porque el alter ego de Poppins, en lugar de ayudarle a olvidar los problemas, los hostigaba. Eso, al menos, relató Joseph Hone, el hermano mayor de los gemelos, al Daily Mail, donde recreó sus crueldades, asegurando que «Pamela Travers se vio a sí misma como Mary Poppins y pensó que podría interpretar ese papel con el pequeño Camillus. Pero sin duda no estaba preparada para educar niños».

Ni para las relaciones sociales. Motivado por la petición de su hija, que quería una película con las aventuras de esa niñera cuyos libros se había leído en un suspiro, Walt Disney terció con el intransigente carácter de Travers, intentando convencerla para conseguir los derechos de Mary Poppins. Una ardua tarea que le llevó casi dos décadas, y que solo logró cuando las ventas de los libros empezaron a menguar y la necesidad acució para la autora. «Era como ver dos fuerzas de la naturaleza rugiendo a lo largo de una vía de ferrocarril y avanzando hacia la inevitable colisión frontal», dijo en su día el escritor Brian Sibley, amigo también de Travers.

La insoportable relación entre ambos terminó degenerando, agravada por las exigencias de la escritoria, que no veía con buenos ojos el trabajo de Disney y exigía cambios constantes. «¿Qué ha sido de mi Mary Poppins?», llegó a decir sobre un filme que, además del más taquillero de 1964, consiguió cinco premios Oscar. Y caló en el imaginario colectivo, que nunca olvidó las lecciones de esa niñera que sí era capaz de obrar correctamente. Tanto que sus lecciones, como sus canciones, siguen vigentes casi seis décadas después. Tanto que Mary Poppins regresa, en esta ocasión con Emily Blunt y no con Julie Andrews, cuando la vuelven a necesitar.

Y, pese a la promesa que se hizo P. L. Travers al final de sus días, descontenta con el trabajo final de Walt Disney, la niñera ha vuelto a volar a los cines con «El regreso de Mary Poppins». Incapaz de ser como quería, la escritora imaginó su propia vida, y se la entregó a la niñera mágica para que la viviese por ella. Y eso hace, 84 años después de haber nacido, más viva que nunca.