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Crítica de «Ad Astra»: La guerra interior, íntima, de las galaxias

Brad Pitt está serio, reflexivo, bien, y uno espera que se encontrará con Marlon Brando, pero es Tommy Lee Jones o, en fin, otro personaje. No tendría por qué decepcionar, pero ahí lo dejo

Brad Pitt protagoniza «Ad Astra»
Brad Pitt protagoniza «Ad Astra»
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Películas como «La noche es nuestra» o «Two lovers» delatan que detrás de ellas está la mano de un director meticuloso y que condimenta con sabiduría y paciencia las pasiones y las ideas de sus relatos, siempre muy bien hervidos y servidos. James Gray tiene una filmografía corta, pero especial y compacta. Y ahora la amplía con este título, «Ad Astra», o hacia las estrellas, con más ambición, más vuelo, pero también más pretensión y, digamos, riesgo intelectual que emocional. La película tiene echadas dos anclas a las que se aferra, por un lado a las dos o tres ideas esenciales de «El corazón de las tinieblas», la obra de Joseph Conrad sobre el viaje hasta el alma del coronel Kurtz, y la insondable paradoja de Christopher Nolan en «Interestellar».

Los personajes son conradianos, un hombre viaja hasta los límites de lo conocido para desentrañar un misterio en el que está relacionado su padre, un astronauta desaparecido veinte años atrás y con el que se perdió contacto y referencia, pero existen indicios de que vive y de que puede tener la solución para la amenaza que acecha a la Tierra y a su supervivencia. Y el interior de la trama y su fructificación en la pantalla tienen ese aire a lo Nolan en el que la imagen y la reflexión cruzan espadas por sobreponerse una a la otra. Y en ambos casos, «Ad Astra» conjuga el verbo adolecer, pues ni la aventura ni el «personaje de Kurtz» tienen el colorido de su referencia, ni en los interiores se alcanza la espiritualidad o la precisión del cálculo, emoción o fórmula matemática que en los soliloquios de Nolan.

El empaquetado visual es magnífico, contemplativo, y tanto se aprecia en ese futuro cercano la cotidianidad de los viajes a la Luna o a Marte, como en la membrana que nos señalan los límites. Se hace demasiado evidente (y pesa lo suyo en la balanza del «entretenimiento») que James Gray busca con más ahínco la odisea interior que la aventura exterior: sólo hay dos o tres momentos en los que la intriga o la acción se ponen de puntillas dentro de la historia, y que además los resuelve entre rápido y de cualquier manera, como el apunte de la piratería en la Luna conquistada. La voz en «off», más que un recurso, es la esencia del texto y sentido de la obra, y se hace tan redundante como la música de Max Richter. Brad Pitt está serio, reflexivo, bien, y uno espera que se encontrará con Marlon Brando, pero es Tommy Lee Jones o, en fin, otro personaje. No tendría por qué decepcionar, pero ahí lo dejo.