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Psicosis

Autopsia del asesinato más cruel de Hitchcock

Sirope en lugar de sangre, una chica Playboy haciendo de doble del cuerpo de Janet Leight y una escena perfecta que en realidad no lo era tanto. El documental «78/52. La escena que cambió el cine» disecciona el clásico de culto que es «Psicosis» y muestra todos los trucos con los que Hitchcock escapó, y se burló, de la censura

Janet Leight en «Psicosis», de Alfred Hitchcock
Janet Leight en «Psicosis», de Alfred Hitchcock
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Hay reglas no escritas que hacen que las cosas perduren en el tiempo. Pero también genios capaces de pervertirlas y salirse con la suya. Aunque una persona no tarda más de un día en morir en Hollywood, Janet Leigh exhaló su último aliento durante una semana. Lo hizo en una ducha, en el Motel Bates. En lugar de correr la sangre, se derramó sirope de la marca Hershey y el sonido de las macabras puñaladas no es un sádico director británico desgarrando el abdomen de una estrella americana, sino el de un cuchillo hundiéndose en un melón mexicano llamado Casaba.

Pero no fue el cuchillo de Norman el que mató a una de las grandes actrices de los sesenta, sino la precisión milimétrica de ese genio cruel que era Alfred Hitchcock, que tenía cada detalle, expresión, sonido y movimiento de cámara pensado de antemano para «Psicosis». Durante el preestreno, nadie podría salir de la sala, el shock debía superarse desde la butaca, de puertas para adentro. El evento era algo revolucionario, la primera escena explícita de violencia contra el cuerpo de una mujer en pantalla y, para pavor de los espectadores, la película se quedaba huérfana de protagonista a los cuarenta minutos de metraje. Por si fuera poco, el cineasta británico, después de imitar una secuencia de «Los siete mandamientos» de Cecil B. DeMille cuando la mano se aferra a la cortina, se recrea de manera casi fetichista en ese momento post mortem.

Con un impacto similar al del tren de los Hermanos Lumiére, la escena les hizo sentir vulnerables. Si la protagonista podía desaparecer, era posible que lo hiciese cualquiera. Se maximiza la amenaza con un plano contrapicado, a pesar de no ser el punto de vista de la víctima. Hitchcock cambió el lenguaje de la historia del cine: los cortes del montador Tomasini, la música de Bernard Herrmann, que es el pulso acelerado de Leight y empieza justo cuando se abre la cortina, sin pistas previas... «Si quitas uno de esos elementos, la escena deja de ser lo mismo. Pierde su poder e impacto, que es la conjunción de todos esos ingredientes, incluido el extraordinario storyboard de Saul Bass», explica a ABC Alexandre O. Philippe, director del documental «78/52. La escena que cambió el cine». El nombre de esta pieza cinéfila sobre las entrañas de «Psicosis» descuartiza esos tres minutos que ya forman parte de la cultura popular. El título, otro homenaje más, se refiere a las 78 posiciones de cámara y a los 52 cortes que se precisaron para rodarla -o como a Hitchcock le gustaba decir con su sequedad de mayordomo macabro: «52 piezas de película pegadas»-.

El monstruo somos nosotros

Salpicado de anécdotas, el documental cuenta con testimonios de académicos e historiadores del cine, además de profundos admiradores del arte de Hitchcock como Guillermo del Toro, Danny Elfman, Walter Murch o Jamie Lee Curtis, la hija de Janet Leight, que hasta que llegó Ryan Murphy se negó a representar la escena: «Era de mi madre». «Quería incluir a maestros del cine como Peter Bogdanovich, pero también contar con las nuevas generaciones, como Elijah Wood, y así demostrar que la importancia de la escena no cambia con el tiempo, que todavía sigue vigente. Además, quise reivindicar a los héroes olvidados del cine, esos compositores, montadores… no los vemos, no van por ahí ni conceden muchas entrevistas, pero siempre están, en la parte de detrás», asegura el cineasta suizo.

Janet Leight en su última escena en «Psicosis»
Janet Leight en su última escena en «Psicosis» -

Antes de «Psicosis», el miedo era algo etéreo. La gran broma de Hitchcock es que en la película jugó con todas las imágenes de terror del siglo XIX (la casa victoriana en la colina, el demonio...), solo que el monstruo ahora éramos nosotros, estaba en nuestras cabezas. La muerte podía llegar en cualquier momento, pervirtiendo incluso la pureza del baño, con la sangre derramándose en el agua como gotas de lluvia y la vida escapándose en espiral por el desagüe. Aunque, por muy medida que estuviese esa secuencia, a punto estuvo de quedarse en un simple recuerdo. Cuando la mujer del director vio el filme, dijo que no se podía estrenar: se veía a Janet Leight respirar cuando debía permanecer inmóvil. La escena más perfecta de la historia del cine no lo era tanto. Los recursos ya escaseaban, y era imposible volver a rodar con la cotizada estrella. Al final, Hitchcock salvó la secuencia girando la cámara, grabando la ducha en lugar de la mirada sin vida de Marion Crane.

«Sentí que me habían violado», dice Bogdanovich en el documental. Y como él tantos otros, cuando vieron el cuchillo hundirse en la piel de Leight. Aunque, en realidad, ni siquiera es el cuerpo de la actriz, sino el de su doble Marli Renfro, una conejita Playboy cuya importancia fue decisiva para la trama. Y el cuchillo, empuñado por Hitchcock y no por Anthony Perkins, no llega a tocar nunca su barriga, tan solo es un efecto del montaje, una ilusión óptica, la enésima broma de un cineasta que disfrutaba quedándose con el público.

«Se llama truco en el corte: crees que has visto el cuchillo hundiéndose en la carne, pero no lo has hecho»

«La teoría es que tenemos que descubrir el sexo de una mujer, pero sin necesidad de ponerle etiquetas por todas partes, de tal manera que no quede nada más por descubrir», contó Hitchcock en una entrevista. Maestro del arte de no enseñar nada, burló a los censores cuando intentaron evitar el estreno de la película. Les hizo sentir lascivos por pensar cosas que, en realidad, nunca se vieron en la pantalla. «No había manera alguna de hacer esta escena más gráfica, los informes de los censores tras la lectura del guión eran muy claros: no iba a ser capaz de salirse con la suya. Pero la rodó de la forma exacta que pretendía hacerlo y cuando dijeron que la violencia era muy gráfica, les dijo que estaba todo en sus mentes, en su imaginación, y realmente era cierto. Es lo que llamamos un truco en el corte, es tu mente porque todo pasa muy rápido y conectas los puntos ciegos. Tú crees que has visto el cuchillo hundiéndose en la carne, pero no lo has hecho. Dudo que ningún otro cineasta en los sesenta hubiese sido capaz de conseguirlo. Es uno de esos momentos que permanecen en el tiempo», aclara el Alexandre O. Philippe.

Como su filmografía, a la que se puede regresar una y otra vez y siempre se descubrirá algo. «Sus películas tienen un diálogo entre ellas, hay una forma de conectarlas y los motivos se repiten. Nos enseñan cómo pensaba Hitchcock. Cuando las ves parece que no hay nada más, pero si vuelves te das cuenta de que parece advertir de que las cosas malas vienen sin avisos, que en realidad pueden suceder en cualquier momento, a cualquier persona. En sus películas se aprende que no hay un dios, y eso puede molestar a los que creen que existe un orden en el universo; Hitchcock pretende agitarnos, sacarnos de esa complacencia y hacernos sobre el funcionamiento de la vida», concluye el director de «78/52. La escena que cambió el cine».