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Colin Firth: «Me siento malcriado por el cine»

El actor británico estrena esta semana «El editor de libros», la historia de la relación entre el escritor Thomas Wolfe y su editor, Max Perkins

El «gentleman» del cine actual
El «gentleman» del cine actual - REUTERS
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Si el Centro de Investigaciones Sociológicas, junto con la que regularmente nos sirve sobre las preocupaciones de los españoles, publicase una encuesta sobre la palabra que mejor define a Colin Firth, probablemente arrojaría un claro resultado: «caballero». O «gentleman», si escogemos la palabra inglesa. Como recién salido de un club londinense actualizado al siglo XXI, con gafas oscuras de pasta y un jersey de cuello vuelto, el intérprete recibía a la prensa en el pasado Festival de Berlín con el acento y las maneras de un lord. Con esa calidez distante de quien siempre tiene una buena respuesta preparada. Aunque acabe eludiendo la pregunta. Firth presentaba en la Berlinale la película que ahora se estrena en España, «El editor de libros», la historia de la tormentosa y apasionada relación entre el escritor Thomas Wolfe (interpretado por un gesticulante Jude Law) y Max Perkins, su editor, al que da vida nuestro entrevistado.

«La palabra escrita es la forma de arte que más me fascina», dice Firth encadenando su papel en «El editor de libros» y su vida como intérprete, que ya se extiende durante varias décadas. «La palabra escrita me fascina como lector. Y como no soy un buen escritor... he decidido formar parte del proceso creativo interpretando esa palabra». Colin Andrew Firth nació en 1960 cerca de Hampshire. Tiene, por tanto, 56 años. Nació en una familia de alto nivel intelectual, sus padres eran académicos y grandes viajeros, y muy pronto se decantó por la actuación. En alguna entrevista ha dicho que la escuela le aburría, que solo encontraba interesante el teatro, y por eso no tardó en viajar a Londres para ingresar en el National Youth Theatre, primero, y en el Drama Centre London, después.

La influencia teatral

El teatro lo fue todo para Firth. En los años ochenta formó parte del llamado «Brit Pack», un grupo de jóvenes actores británicos que despuntó en la escena londinense (allí estaban también Tim Roth o Gary Oldman), y quizá por eso habla ahora con mucho afecto de Michael Grandage, el director de «El editor de libros». Es su debut en la gran pantalla tras una exitosa carrera en la escena, donde ha dirigido a Law en «Henry V» o a Nicole Kidman en «Photograph 51». «Michael se ha adaptado muy fácilmente al cine. Con él solíamos ensayar mucho más que con otros directores con los que he trabajado. ¡De hecho la mayoría no suele ensayar!», reconocía Firth. «Y eso me encanta. Un período de profunda investigación. Además, Michael nos hacía preguntas... pero sabiendo exactamente lo que quería. La buena dirección se basa en la comunicación».

Con tan amplia experiencia en cine y en teatro, le preguntamos en qué se diferencian unos directores de otros. «Es una pregunta interesante», dice Firth antes de dedicar unos segundos a reflexionar. «Creo que en los asuntos más importantes... los directores que proceden del teatro y los que no... son más o menos iguales. Si les interesan los textos, los personajes, los seres humanos, el drama, esas cosas invisibles que hacen que las obras funcionen, no debería haber ninguna diferencia. ¡La diferencia es meramente técnica!», apuntaba con vehemencia el actor. «Si lo que les interesa son los aspectos técnicos del medio, la forma de rodar... entonces probablemente se encuentren con un shock, porque eso sí es diferente», concluía.

Rauda proyección

Aunque la carrera de Firth en la pantalla comenzó de la mano de Sir Laurence Olivier, el público internacional no reparó en su presencia hasta 1995, cuando dio vida al Mr. Darcy de «Orgullo y prejuicio», que emitió la BBC. Después llegaría otro Darcy, el de «El diario de Bridget Jones», un secundario en «El paciente inglés» y la confirmación de su carácter de galán romántico en «Love actually», la comedia navideña de Richard Curtis. Le hemos visto cantar en «Mamma Mia!» (2008) y alcanzar la cima de su popularidad con «El discurso del rey», la cinta que le reportó el Oscar al Mejor Actor por su papel del tartamudo rey Jorge VI. «Tinker Taylor Soldier Spy», basada en la novela de John Le Carré, y «Magia a la luz de la luna», a las órdenes de Woody Allen, son sus grandes títulos recientes.

«No sabría definir qué significa ser actor», decía durante su encuentro con ABC en Berlín. «Podríamos organizar un seminario o escribir un libro... y todo el mundo discutiría sobre la definición. ¡Somos parte del proceso de contar historias! Es un mundo amplísimo, es lo que hacen los políticos, los sacerdotes, los periodistas, los profesores. Y tenemos que hacerlo. Somos una especie que se define parcialmente por eso. Por el lenguaje. Por esa herramienta que nos permite contarnos historias unos a otros. Es lo que hace la gente cuando llega a casa del trabajo. Creo que un actor es una pieza más de ese puzle», explica el intérprete con lucidez. La misma que derrocha su personaje, el editor que intenta encauzar los excesos creativos –y vitales– de Wolfe.

«Alguna vez he pensado en dirigir, sí. Pero verá, me siento terriblemente malcriado por el cine. Si eres actor, tener la suficiente suerte como para trabajar de una forma continuada... ¡es algo muy raro! Soy muy afortunado. Pero el cine te puede malcriar. Cuando hago un papel, ese papel significa todo para mí. Durante tres meses secuestra mi mundo. No me preocupo de otra cosa, es como una historia de amor. Y cuando se acaba me pongo muy triste. Digamos durante un par de semanas. Y entonces me dan otro papel. ¡Y es todo lo que me preocupa! Es algo así como una “promiscuidad creativa”. Si te planteas dirigir una película... tienes que ser más bien un monógamo. Así que me siento malcriado por el cambio continuo de papeles. Tendría que encontrar algo que me obligara a quedarme solo con una historia», concluye el caballero Firth.