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El cine llegó a la Luna mucho antes

Las películas espaciales han ido mucho más lejos que cualquier cohete de la NASA

ÇImagen de Viaje a la Luna, de Georges Méliès
ÇImagen de Viaje a la Luna, de Georges Méliès
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Mucho antes de que la NASA llegara a la Luna, había llegado el cine con aquella película pionera de George Méliès, «Viaje a la Luna» (1902), que le estampó el cohete en su ojo derecho y su cara lastimera. Pero mucho antes que el cine, había llegado la literatura con el impulso de la imaginación de Julio Verne y su obra «De la Tierra a la Luna», una anticipación sorprendente a lo que ocurriría un siglo después. Unos años más tarde, en 1929, Fritz Lang elabora una incipiente técnica aeronáutica para hacer «La mujer en la Luna», con guion de su mujer, Thea von Harbou, con quien ya había hecho «Metropolis».

El viaje por el espacio ha pasado durante el siglo XX, y no con sigilo, de la imaginación de la humanidad a un suceso real y presente, y de impulsor y fuente de su fantasía, a impulsor y fuente de increíbles avances tecnológicos y, parados en el séptimo arte, a principal surtidor de un género cinematográfico que ha llegado muchísimo más lejos que la cohetería de la NASA.

Justo ahora, y probablemente como celebración de los cincuenta años de la llegada del hombre a la Luna, se ha estrenado «Apolo 11», un documental dirigido por Todd Miller en el que se detalla con meticulosidad y con imágenes fascinantes, la misión de la nave y de sus tres tripulantes, Armstrong, Aldrin y Collins, la pisada humana en el Mar de la Tranquilidad y su posterior vuelta a la Tierra. Un documental atiborrado de intriga, a pesar de que uno se sabe el final, y de materiales y grabaciones de archivo, incluso desde el interior de la nave, que lo convierten en fascinante.

Hace poco más de un año, Hollywood ya abordó esta misma historia desde una perspectiva muy distinta: Damien Chazelle contaba en «First Man» la aventura del Apolo 11 centrándose en el personaje de Neil Armstrong, papel que interpretó Ryan Gosling, y con el foco puesto en su intimidad familiar, su crisis existencial tras la muerte de su hija, y con el relleno argumental del duelo en la carrera espacial durante la década de los sesenta entre soviéticos y estadounidenses.

Y curiosamente, en 2016, Hollywood encontró para esta misma historia otro foco diametralmente opuesto, una película, «Figuras ocultas», de Theodore Melfi, que narraba los pormenores de la carrera espacial de la NASA a través de tres personajes, tres científicas afroamericanas que participaron en la aventura y que naturalmente nunca se acercaron al primer plano del éxito.

Dos de los títulos preferidos por el público por la cantidad de emociones que ponían en el viaje son «Elegidos para la gloria», de Philip Kaufman, y adaptación de la novela de Tom Wolf, y «Apolo XIII», de Ron Howard, que, aunque narra la historia de un fracaso, la épica del cine lo convierte en éxito y grandeza.

En todas estas películas citadas se trata el viaje espacial no desde dentro del género de ciencia ficción (su motor principal), pues se refieren a hechos reales más o menos tamizados por la «creatividad» de Hollywood, pero es el cine de ciencia ficción el que mejor y más apasionadamente nos ha hablado del espacio, antes y después de aquella mágica elipsis del hueso y de la nave espacial de Kubrick en «2001, una odisea del espacio», y no solo desde Hollywood, pues el ruso Andrei Tarkovski en 1972 hizo «Solaris», que era exactamente la contraportada de la aventura espacial en el cine. O hasta llegar al extremo de «Alien», la obra maestra de Ridley Scott, que combina viaje por el espacio y terror como nunca se había hecho antes, ni tampoco después.

Pero, entre estas obras cumbres de ese género y de cualquier género, hay varias películas sobre viajes al espacio que, aunque sea pequeño, también se lo merecen aquí. Como «Interestellar» (2014), de Christopher Nolan, pura ciencia ficción, espiritualidad y explosión sentimental. O «Passengers» (2016), de Morten Tyldum, tan romántica como apocalíptica. O la magnífica «Gravity» (2013), de Alfonso Cuarón, que situada en ese concurrido lugar de satélites entre la Tierra y la Luna consigue crear una galaxia de emociones. El cine ruso también tiene su propia versión «Gravity», con la magnífica «Salyut 7, héroes del espacio», de Klimp Shipenko, pura épica basada en el suceso real de desastre en la estación espacial durante los años de la Guerra Fría.

El cine británico puede presumir de «Moon» (2009), de Duncan Jones, que ya situaba a un astronauta en su rutinaria vida de soledad en la Luna; pero sobre todo puede presumir de «La gran sorpresa», una película de 1964 en la que Nathan Juran, basándose en la novela de H.G. Wells, ya prepara a un equipo de astronautas para ir a la Luna, con la sospecha de que está «habitada»… Y también puede incluirse aquí la aportación de Clint Eastwood al hecho espacial en «Space cowboys» (2000), aunque habla más de la vejez, la amistad y el sacrificio personal.

En la actualidad, igual que hace un siglo, el cine va muy por delante de la ciencia espacial, y ha hecho numerosos viajes a Marte (y lo que es más preocupante, de Marte a la Tierra, con marcianos agresivos como los de «Mars attacks!», de Tim Burton) y la película de Ridley Scott «Marte», con Matt Damon de Robinson Crusoe, es quizá la más espectacular y reveladora. Y mucho más allá de Marte y nuestra galaxia. Se ha introducido un concepto «moderno» y de siglo XXI al viaje interestelar, el de búsqueda de otros planetas que nos sirvan de consuelo para cuando el nuestro explote. Todavía ciencia ficción.