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Chicho Ibáñez Serrador, genio del cine e inventor de la tele

El creador del «Un, dos, tres», renovador de TVE y director de dos títulos capitales del cine de terror, falleció ayer en Madrid a los 83 años

Chicho Ibáñez Serrador, en una imagen reciente
Chicho Ibáñez Serrador, en una imagen reciente
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Chicho Ibáñez Serrador fue un niño inseguro, «con un terrible complejo de inferioridad». «Narcisín» sufría una enfermedad que le impedía jugar con los otros chicos. Aquel comienzo se tradujo en un carácter irreductible y en una afición febril por la lectura. Hijo de actores (el español Narciso Ibáñez Menta y la argentina Pepita Serrador), la sangre de artista terminó de guiarlo por el camino del espectáculo, donde triunfó en cada terreno que pisó. Chicho, de hecho, nació casi al borde del escenario, en Montevideo, durante una gira teatral de sus padres, y estuvo casi más tiempo entre bambalinas que en las aulas. A los ocho años debutó como doblador del conejo Tambor en «Bambi». Ayer hizo su último mutis, a los 83 años, después de ser ingresado de urgencia en Madrid por una infección de orina.

Actor en la compañía de su madre, guionista, autor teatral y radiofónico –a menudo bajo el pseudónimo de Luis Pañafiel–, Ibáñez Serrador estudió en Salamanca, pero conoció la televisión junto con su padre en Argentina, donde dio rienda suelta a su afición por el terror y la ciencia ficción. Regresó a España con menos de veinte años y se encontró «una tele muy rara», que a base de tesón modernizó. Después de adaptar clásicos de la literatura y de crear el programa «Mañana puede ser verdad», a los veinte se anotó su primer gran éxito, «Historias para no dormir», cuyos episodios presentaba a lo Alfred Hitchcock, con unas introducciones cargadas de humor negro, tan apreciadas como los capítulos.

Primeros premios para TVE

Uno de aquellos episodios, «El asfalto», supuso en 1967 el primer premio internacional para TVE, la Ninfa de Oro al mejor guion en Montecarlo. Un año después escribió y dirigió con Jaime de Armiñán «Historia de la frivolidad», en un despiste de la censura, a la que criticaba. No hubo represalias porque le dio a nuestra única cadena una nueva Ninfa de Oro.

Creador infatigable, Ibáñez Serrador probó entonces fortuna en el cine, donde triunfó al primer intento. «La residencia» (1969) ocupó durante muchos años el primer puesto entre las películas más taquilleras de nuestro cine. También fue la primera cinta española rodada en inglés. En 1976 demostró que su suerte no era la del principiante. «¿Quién puede matar a un niño?» no cosechó un éxito tan inmenso, pero es una obra de culto que ha influido en varias generaciones de cineastas. Con varios de ellos (Mateo Gil, Jaume Balagueró, Paco Plaza, Enrique Urbizu y Álex de la Iglesia) rodó incluso una nueva versión de las «Historias para no dormir» en 2005. Él mismo dirigió uno de los telefilmes, pero Telecinco dudó de su éxito y los difundió antes en DVD que en los canales del grupo.

Rebobinemos a 1972, porque en ese año capital se estrenó «Un, dos, tres... responda otra vez», presentado por Kiko Ledgard. De entrada, contenía una novedad diabólica, el don Cicuta al que daba vida Valentín Tornos, un personaje que deseaba el mal de los participantes. El título no era casual. Chicho sostenía que solo había tres tipos de concursos: de preguntas y respuestas, de dificultades físicas y de intercambios. En lugar de elegir una única fórmula, combinó las tres y dio el «rupertazo». El programa, gracias también a la falta de competencia, superaba los 20 millones de espectadores. Familias enteras se reunían en un rito semanal sagrado. Supuso también un nuevo impulso para TVE, que nunca hasta entonces había visto adaptaciones de sus espacios en otros países. Chicho, por cierto, llegó a ser director de Programas de la cadena, pero dimitió a los tres meses. Nadie se pregunta por qué

Con esa audiencia avasalladora, «Un, dos, tres» se convirtió en el escaparate perfecto. Aparecer un minuto suponía la fama instantánea. El ojo clínico del maestro para detectar el talento era legendario. Marta del Pino, una de las azafatas pioneras (e hija de la primera redactora que tuvo ABC), cuenta que en su debut le dijo: «Te voy a poner con una que va a ser actriz». «Una» resultó ser Victoria Abril.

Perfeccionista hasta el agotamiento, como acostumbran los genios, Chicho también podía ser cruel. Luisa Martín desvela que «decía cosas perversamente ingeniosas, humillantes». «Luego te pedía perdón y te daba más confianza que antes», pero podía ser demoledor. A ella misma le dijo: «Como no eres guapa, cultiva el intelecto».

Su familia sufrió otra «tara», la incapacidad para desconectar. TVE repuso anoche (y repite mañana) el documental que le dedicó «Imprescindibles». Su hijo Alejandro cuenta ahí que ni en vacaciones dejaba de trastear con la cámara. Sus peticiones eran menos de padre que de director, del tipo: «Alejandro, cuenta hasta diez y luego sales por la puerta».

Chicho Ibáñez Serrador se adelantó a su tiempo y no fracasó casi nunca, ni cuando creó el primer programa sobre sexo. Incontables son los premios y reconocimientos. La guinda fue el Goya de Honor en enero. Todavía es posible despedirse de él en la capilla ardiente instalada en el tanatorio de la M-30, en Madrid, que permanerá hoy abierta. Mañana será enterrado en el cementerio de San José de Granada, al lado de su madre.