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Manifesto

Cate Blanchett pone cara a los ismos del siglo XX

La camaleónica actriz interpreta a doce personajes sobre textos de 60 pensadores en «Manifesto», que llega a los cines el 5 y 6 de mayo

Cate Blanchett en una escena de «Manifesto»
Cate Blanchett en una escena de «Manifesto» - ABC
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«El arte requiere verdad, no sinceridad». El célebre aforismo de Kazimir Malevich, el pintor de «Cuadrado negro», sirve al artista alemán Julian Rosefeldt para lanzar «Manifesto», un videoensayo donde selecciona pensamientos de más de 60 intelectuales sobre el arte, el progreso y hasta el sentido de la trascendencia. Ideas transversales que termina por condensar en doce historias que se encarnan en doce personas a las que presta su rostro Cate Blanchett. Así, esta pieza concebida para el museo termina por llegar a los cines a través de la mirada, la voz y la gestualidad de la doble ganadora del Oscar, que recita y representa ideas de nombres tan diferentes como Karl Marx, Tristan Tzara, Phipippe Soupault, André Breton, Wassily Kandinsky, John Cage, Jim Jarmusch, Lars von Trier o Werner Herzog, entre tantos otros, mientras se mete en la piel de un ama de casa, un hombre sin hogar, un alto ejecutivo, una reportera, una profesora…

En total, «Manifesto» está formado por 12 piezas de 10 minutos y medio más un epílogo. Trabajos de videoarte que Rosefeldt defiende que pueden ser consumidos individualmente en una galería o en el compendio de 90 minutos que los días 5 y 6 de mayo llegará a unos pocos cines de España.

Cate Blanchett en una escena de «Manifesto»
Cate Blanchett en una escena de «Manifesto»-ABC

«Todo el arte es fake»

En cada pieza, Blanchett recita textos entremezclados de diversos manifiestos, mientras encarna un personaje que, en visión de Rosefeldt, mejor representa ese movimiento. Queda así un juego de aforismos («Todo el arte es fake», «Escribo un manifiesto porque no tengo nada que decir») y de escenas que resumen la filosofía de movimientos como el dadaísmo, el surrealismo, el situacionismo o el constructivismo. Un ejemplo: la actriz es una bróker que gesticula en una gran sala de la Bolsa. El videoartista juega con la cámara lenta en el mundo hipersónico de las operaciones bursátiles mientras se escuchan en off extractos del manifiesto fundacional del futurismo de Filippo Tommaso Marinetti y de «La antitradición futurista» de Guillaume Apollinaire. La gigantesca habitación se mueve hacia delante y la perspectiva deja al fondo otra habitación igual y, al fondo, otra; así hasta un infinito bursátil.

Ismos, ismos, ismos. De todas esas vanguardias a las que el alemán extrae la esencia de su pensamiento, la elección del futurismo como arranque no es casual. El manifiesto de Marinetti fue en realidad el primero de todos los ligados al arte. Hasta ese momento, solo los movimientos políticos plasmaban blanco sobre negro sus pensamientos. El arte pasó a la acción. La vanguardia ya no estaba solo en el frente del ejército en la batalla, era la batalla misma contra el convencionalismo.

Cate Blanchett en una escena de «Manifesto»
Cate Blanchett en una escena de «Manifesto»-ABC

Cuando arranca el filme, Rosefeldt proyecta en la pantalla: «Escribo un manifesto porque no tengo nada que decir». Y ahí, este manifiesto de manifiestos se convierte en un collage, una especie de cadáver exquisito a una sola mano. «Fue emocionante descubrir que las mismas ideas aparecían una y otra vez, todas expresadas con energía y un entusiasmo utópico. Todos los manifiestos que leí eran una especie de testimonio sobre la búsqueda de la propia identidad gritada al mundo de forma insegura», escribe el artista sobre los motivos que le llevaron a desarrollar este trabajo que acabó en película.

Como las ideas que Rosefeldt veía una y otra vez, los manifiestos artísticos acabaron por convertirse en una obra de arte más dentro del movimiento. En muchos casos, además, cayendo en lo que denunciaban, ya que las publicaciones acabaron adoptando un formato que repetía fórmula una y otra vez replicándose por todos los rincones, cambiando la denuncia según el movimiento y el país en el que se desarrollaba.

Del museo al cine

«Manifesto» no es una película. No al menos en la idea convencional, ni para todos los públicos. Quien vaya al cine atraído por la estrella del cartel podrá salir espantado ante la lectura mántrica de estos pensamientos destilados. Esta pieza estaba y está destinada a los museos. De hecho, se proyectó por primera vez como una instalación en el Australian Centre of the Moving Image, el Museum Für Gegenwart en Berlín y en el Park Avenue Armory antes de estrenarse como película de 90 minutos en el Festival de Sundance, donde llegó gracias a la presencia de Cate Blanchett, que durante 12 días frenéticos de rodaje se olvidó de su caché de estrella para formar parte de una obra de arte.

Además de Blanchett, la unión con el cine está en los textos de Jim Jarmusch, Lars von Trier y Thomas Vinterberg (creadores del célebre Dogma 95) y de Werner Herzog que la actriz recita en pantalla. Antes, los futuristas habían acuñado el término séptimo arte, elevando el celuloide a la altura del resto de las bellas artes. Y ahí, los futuristas preconizaron lo que estaba por venir. El cine en el museo, el videoarte en el cine. Hollywood en una galería y las galerías (como demostró «Exit Through the Gift Shop», el filme sobre Banksy) a la búsqueda del cineasta.