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Fiesta del cine Diez películas para ver en el décimo aniversario de la Fiesta del cine

Aladdin, John Wick, Rocketman, Casi imposible... Propuestas para comer palomitas este lunes, martes y miércoles con entradas a 2,90 euros por la fiesta del cine

Aladdin, con Will Smith, es una de las propuestas para la fiesta del cine 2019
Aladdin, con Will Smith, es una de las propuestas para la fiesta del cine 2019
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La 16 edición de la Fiesta del Cine regresará los días 3, 4 y 5 de junio con entradas a 2,90 euros en su décimo aniversario, que regresa con el objetivo de fomentar la asistencia a salas de cine como un hábito social y cultural, y mostrar el agradecimiento de la industria a todos los espectadores que cada año disfrutan de las películas en la pantalla grande.

Como es habitual, los espectadores deberán conseguir su acreditación en la web oficial (www.fiestadelcine.com), aunque los mayores de 60 y menores de 14 años no necesitarán acreditarse para disfrutar del evento.

La venta anticipada de las entradas de la Fiesta del Cine para los tres días que dura el evento ha comenzado este domingo 2 de junio, exclusivamente por Internet, tanto en las webs de los cines como en las webs tradicionales de venta de entradas. Este lunes 3 de junio, primer día de la Fiesta del Cine, las entradas también se podrán adquirir en taquilla y en los quioscos situados en los halls de los cines.

Te proponemos 10 películas, de las que te dejamos su crítica, para todos los gustos y criterios que seguro que disfrutas en la Fiesta del cine.

Rocketman

Rocketman, propuesta para ver en la Fiesta del cine 2019
Rocketman, propuesta para ver en la Fiesta del cine 2019

En el caso de esta película, las comparaciones no son odiosas, sino necesarias, pues tras el éxito de «Bohemian Rhapsody», el biopic sobre Freddie Mercury y el grupo Queen, se estrena ahora este musical sobre la vida y figura de Elton John, que ha participado activamente en él y figura como productor.

Lo primero que hay que saber es que, aunque en los títulos de crédito de «Bohemian Rhapsody» figure como director Bryan Singer, quien cogió las riendas de aquella película tras su despido fue precisamente Dexter Fletcher, que es quien firma íntegramente «Rocketman». Y lo segundo, que el planteamiento en esta ocasión es completamente distinto: es un musical más puro, más oscuro, también más colorido, que recoge al personaje en su niñez, lo acompaña con su propia música (interpretada por el actor que lo encarna, Taron Egerton), y que recorre su vida con una estructura y voluntad redentora, pero sin dejar de enfocarlo en sus fases más sórdidas, antipáticas y conflictivas.

De hecho, la historia arranca con un Elton John vestido de demonio emplumado y en busca de su rescate personal en una sesión de terapia de grupo: ahí, desde la confesión y el «arrepentimiento», comienza el relato, con un niño de cualidades mozartianas al piano y con una relación tortuosa con su padre frío, ausente y acusador (la sensación de no sentirse nunca abrazado por él se convierte en un síndrome de abstinencia para su evolución como persona y como artista). Muy bien ilustrada esta época y bien celebrada su carrera hacia el éxito y lo que eso conlleva de verdades y de clichés: la incapacidad para contenerlo, dominarlo, la soledad, la caída en tromba en todo tipo de dependencias, drogas y caprichos, la descomposición personal y la composición de un personaje excesivo, caricaturesco, pero también de una música magistral.

Con precaución, sin romper nada, la película entra en dos de las relaciones cruciales del personaje, una frívola y enloquecida con el sexo, y otra más profunda y «auténtica» con Bernie Taupin, su gran amigo y eterno compositor de sus letras, que interpreta con mucho sentimiento y sentido Jamie Bell. Sin ser complaciente con Elton John, su película lo encuentra con toda su distorsión y lo cuenta con sus vicios, su virtud y su moraleja. Crítica de Oti Rodríguez Marchante.

Aladdin

Aladdin, propuesta para ver en la Fiesta del cine
Aladdin, propuesta para ver en la Fiesta del cine

Dijo Jon Landau al oir al boss Bruce Springsteen su famosa frase, «He visto el futuro del rock». Se podría parafrasear diciendo que con películas como esta estamos viendo el futuro de Hollywood (no, gracias a Dios, del cine en general): y eso da miedo, o pone de mal genio, según se tenga el día. Si hace poco lamentábamos la tendencia «chez» Zemeckis de convertir a los actores en muñecos, la nueva tendencia «chez» Disney es convertir sus entrañables dibujos en remakes de acción real con actores que malamente pueden replicar la plástica de su anterior encarnación en dos dimensiones.

Pobre Will Smith: hay que hacer un verdadero esfuerzo, o ser un amargado, para que te caiga mal o no te haga gracia. Pero aquí, en el papel de Genio bueno (no el mal genio que se nos puede poner al ver la peli) forcejea no solo con el recuerdo de Robin Williams, que podía caer peor pero era un genio poniendo voces, sino con la premisa misma de no tener cuerpo sino ser solo una emanación azul sin patas que flota sin remedio. Toda la imaginación, visual y narrativa, de la función parece agotarse en el ectoplasma amigable del amigo Will, si bien hay una alfombra voladora que, como buen dibujo disneyano que es, es otra fuente de creatividad que recuerdo haber disfrutado.

Por lo demás, las mil y una noches del olvido pueden caer sobre Aladino, el soso protagonista; la menos sosa princesa Jazmina que poco tiene que rascar como personaje hasta que al final (Disney está en todo) canta una canción en la que se empodera como mujer; o el villano descolorido que quiere ser califa en lugar del califa (ay, aquel tebeo de Iznogud sí que habla al niño que sigo teniendo por aquí dentro).

Las canciones oscilan entre Eurovision y Bollywood, cuya estética se copia con descaro en el único número musical reseñable: esta posible virtud multicultural no redime a la película de su leso y alevoso orientalismo. No le vamos a pedir a Disney que lea a Edward Said, claro, pero quizá sí que dejen de explotar su repertorio de «clásicos», como les encanta decir, a la hora de planificar la producción de las próximas décadas. Por favor… Por Antonio Weinrichter.

John Wick 3

John Wick 3, en la Fiesta del cine
John Wick 3, en la Fiesta del cine

Keanu Reeves se sumó a John Wick en 2014 con esa cara mezcla de apatía y concentración que no se quita ni para dormir y, cinco años después, ha dado forma a un antihéroe que triunfa en la taquilla con su violencia explícita y su ritmo frenético.

En el Capítulo 3: Parabellum, que se estrena este viernes, el equipo formado por el actor y el director se dispuso a ampliar ese mundo de mafia y bajos fondos sin perder la estética que le ha hecho popular. Cuando John Wick se ve obligado a adoptar medidas desesperadas para eludir el precio puesto a su cabeza en todo el mundo, permite descubrir más detalles de lo densa y oscura que es la red que la Alta Mesa es capaz de tejer: Hoteles secretos, bajos fondos ocultos y hombres y mujeres que poseen unas habilidades descabelladas y que dominan el poder mundial.

Porque «John Wick: Capítulo 3 Parabellum» arroja más luz sobre la Alta Mesa, que no solo vende asesinatos por todo el mundo, sino que también es una especie de sistema de justicia de los bajos fondos. Como un giro moderno de la Tabla Redonda del rey Arturo, los brutales sicarios de los reinos criminales del mundo se rigen por un estricto e inflexible código de honor y una poderosa élite que se encarga de imponer castigos. El nuevo capítulo también permite descubrir más detalles de cómo John Wick se convirtió en «Baba Yaga».

Clara y Claire

Clara y Claire, propuesta para ver en la Fiesta del cine
Clara y Claire, propuesta para ver en la Fiesta del cine

Ya se han hecho unas cuantas películas sobre las formas de relacionarse en el nuevo universo de las redes sociales, y el nuevo desorden amoroso que conllevan. Esta no es de las más radicales, quiero decir, no es de las que se quieren sustituir la vieja puesta en escena por pantallazos y mensajitos que van apareciendo en pantalla. Pero a cambio cuenta con la presencia real, no virtual, de Juliette Binoche y eso llevamos ganado.

Binoche está aquí, como casi siempre, en perfecto estado de gracia y el director Safy Nebbou lo sabe aprovechar: con plena aquiescencia de la actriz, trata su rostro como un paisaje que llena, iba a decir ilumina pero suena demasiado panegírico, nuestro campo de visión. Es el valle monumental (en inglés suena fordiano) de un western íntimo de emociones y sentimientos. El problema está en el cariz de esos sentimientos. Porque la protagonista, Claire, se inventa un avatar al que llama Clara, le pone un rostro (el cuerpo se presupone) tres décadas más joven (pero para nada comparable al de la cincuentona que suplanta) y lo utiliza para seducir a un chico joven.

La relación se establece entonces sin contacto directo, que desvelaría el engaño, entre un joven a cara descubierta y una madura en pleno juego de rol. Es, sugiere el autor, como la versión 2.0 de aquella novela epistolar, «Las amistades peligrosas»; también porque la manipuladora, cuya motivación es de todos modos menos perversa, cae en la propia red que ha tejido. Pero la película, francesa al fin, también teje una tupida red textual: mezcla la acción real con la confesión a una terapeuta, los «chats» escritos y hablados de la pareja, y hasta una novela que la madura escribe a modo de exorcismo. Esto es menos complicado de ver que de explicar y la película al final cuenta una historia no demasiado compleja o novedosa: es sobre todo el rostro de Juliette Binoche lo que justifica verla. Por Antonio Weinrichter.

La corresponsal

La corresponsal, propuesta para ver en la Fiesta del cine
La corresponsal, propuesta para ver en la Fiesta del cine

Hay dos frases de Sean Ryan, antiguo editor del diario «The Sunday Times» –Tom Hollander en la película–, que resumen lo que supuso Marie Colvin, reportera de mil batallas legendaria, no solo porque el oficio le costó un ojo de la cara en uno de los primeros pagos. A Ryan su empleada le daba «más miedo que la guerra», aunque esto no lo dice en la película. Lo que sí le suelta «ante las cámaras» es algo así: «Tienes que estar fuera de tu sano juicio para hacer lo que haces, pero si tú pierdes tus convicciones, ¿qué nos queda a los demás?».

Testigo de lo peor del ser humano, la cámara se aproxima a Colvin con pasión y conocimiento, y con una interpretación fantástica de Rosamund Pike, pero no llega a profundizar de verdad en su pensamiento, no consigue quitarle el chaleco. Vemos a la corresponsal jugarse la vida y ahogar sus fantasmas, incluso se atisba una justificación a su temeridad ante el riesgo.

Faltan sus palabras, por completar el retrato, sobre todo si tenemos en cuenta que se ganaba la vida con ellas. Esa ausencia, combinada con una estructura incompleta, impide que el espectador salga saciado del todo. Por Federico Marín Bellón.

La ceniza es el blanco más puro

La ceniza es el blanco más puro, propuesta para ver en la Fiesta del cine
La ceniza es el blanco más puro, propuesta para ver en la Fiesta del cine

La mirada del director chino Jia Zhang Ke y la capacidad de sugerencia de su cine han hipnotizado durante estas dos últimas décadas a directores y críticos de esta parte del mundo, desde que ganara el León de Oro en Venecia con «Naturaleza muerta».

En su última película recopila todo el peso metafórico de sus primeros filmes, en los que la composición del paisaje y la descomposición de la sociedad china conseguían una rima perfecta, junto al viraje a los tonos del melodrama con incrustaciones de tragedia de sus últimas obras, como «Más allá de las montañas» o «Un toque de violencia», y lo satura todo de un romanticismo difícil de clasificar.

Aquí narra una pasional historia entre los cambios sociológicos de una China en tromba, la de una mujer entregada por completo a un hombre, un mafiosillo local, por el que hace los sacrificios más grandes. Con una estructura capitular, en la que cambia el estilo y temblor de la cámara, sigue muy de cerca la relación entre ellos y la atmósfera cambiante de sus emociones e intereses, que funcionan en perfecta sintonía con las mudanzas éticas, económicas y sociales de su gigantesco país. La película es hermosa, violenta, tormentosa, aunque no hunde sus uñas en su carne melodramática. Y ofrece una interpretación sublime de su actriz y esposa, Zhao Tao, impresionante en todos los sentidos, y que clava a un personaje amargo aunque trufado de dulce ironía y brotes de sentido del humor. Crítica de Oti Rodríguez Marchante.

Blaze

Blaze,
Blaze,

Blaze Foley fue un cantante más bien ignoto de la denominada Texas Outlaw Music. Pero no es necesario conocer esa tendencia de música «forajida», ni siquiera consumir habitualmente música country, para disfrutar de la recreación que hace de su figura Ethan Hawke, aquí guionista y realizador en vez de actor (aunque pone su cogote en pantalla). No sé si es un fiel retrato de artista, aunque el guión lo co-firme la que fuera su esposa: la familia de Foley ha puesto alguna objeción aunque ha dejado, y es un gesto decisivo, que utilicen sus canciones.

Lo que sí me parece «Blaze» es un retrato más que veraz de ese mundo de músicos que no entran («outlaws» son, pues) en la maquinaria de la industria; talentos en principio menores solo porque les falta el estrellato, no porque no se entreguen a su musa, y a todo de tipo de excesos, con el mismo celo que los más célebres juguetes rotos del firmamento pop.

El «arco» que describe Foley (excelente Ben Dickey, pero el resto del reparto es también magnífico) tiene un final previsible. No lo es tanto la forma no lineal de narrar de Hawke, un movimiento de flujo libre por su vida que recala en dos o tres escenas fuertes: como biopic, y no cabe mejor elogio, es digno de un Todd Haynes. Las canciones de Foley nos acompañan por el camino y hay que escucharlas. Nunca están de adorno y acaban convenciéndonos de su talento: podía haber sido como mis admirados Tony Joe White o J. J. Cale, un músico con raíces (ligeramente) más popular. Crítica de Antonio Weinrichter.

La última lección

La última lección,
La última lección,

El romance del cine francés con la enseñanza, asunto que se toman muy en serio ahí arriba, puede llevar a equívocos. «La última lección» dista de ser la típica película escolar, por lo general un retrato del sistema o de alguno de sus héroes. Aquí la originalidad se siente desde la primera escena y se dispara cuando descubrimos que estamos ante un grupo de alumnos con altas capacidades. Los chicos, inteligentes y terroríficos, reciben de uñas al nuevo maestro. En ese sentido, es imposible no recordar películas de otros géneros.

El misterio está sobre la mesa, o en la pizarra, y el espectador se embarca en la búsqueda de la verdad, presumiblemente inquietante, de la mano del voluntarioso profesor novato. Después de la sorpresa inicial, los guionistas Sébastien Marnier y Elise Griffon, que adaptan la novela de Christophe Dufossé, saben incrementar la tensión con calculada calma, nada lenta. La cabeza del espectador sigue disparada mientras se amontonan las sospechas en múltiples direcciones, casi ninguna buena.

La sucesión de imágenes perturbadoras, a menudo incómodas, a lo Haneke, dejan aflorar una violencia no siempre soterrada. Los pequeños genios resultan cada vez más insoportables, encaminados hacia un desenlace que parece imposible adivinar. El ejercicio de estilo resulta impecable hasta el final, lo que compensa el mal cuerpo que puede dejar, no solo por el pesimista mensaje. Ahora bien, un poco de calor tampoco habría estado de más. Por Federico Marín Bellón.

Hellboy

Hellboy, en la Fiesta del cine
Hellboy, en la Fiesta del cine

Es curiosa la hostilidad con la que han recibido crítica y público esta historia de origen del chico del infierno sin cuernos, Hellboy. Lo primero debe ser por lo bien que nos cae a todos Guillermo del Toro, el padre de la criatura, que aquí no figura en los créditos por parte alguna. Lo segundo se entiende menos porque este Hellboy, que tanto se parece al «taurino» original (aunque debajo de su máscara ya no esté Ron Perlman) sigue la moda actual de imbuir de humor los relatos de superhéroes y villanos.

Según esa escala, las réplicas de Hellboy tienen más gracia que las de Aquaman y el último Deadpool, y están al nivel de las de Ant-Man (vean a lo que se ha reducido la crítica de cine: el Critic-Man afectado por los sargazos del tebeo). Pero donde esta película sobrepasa los límites del humor para rebozarse en la autoparodia es en los complementos. La acción transcurre en la pérfida Albión, en vez de en «Gotham», y antes de que uno pueda preguntarse por qué, ya nos endilga un prólogo artúrico con brujas y reyes milenarios. Sin ruborizarse, añade también a Merlín y lo de la espada que cuesta sacar más de la roca que los antiguos cds de su funda plástica.

En fin, un desmadre ante el que más vale aplicar eso de, Relájate y disfruta (yo lo hice y funcionó). Añadir que también aparecen los siempre estimulantes Ian MacShane y Milla Jovovich no es sino un plus para coleccionistas. Por Antonio Weinrichter.

Vengadores: Endgame

Los vengadores siguen arrasando en taquilla, y en la Fiesta del cine se les podrá volver a ver
Los vengadores siguen arrasando en taquilla, y en la Fiesta del cine se les podrá volver a ver

Hay que ponerse en «modo Vengadores», que es distinto, obviamente, al «modo Bergman», por poner un caso, aunque conviene relajarse lo justo y estar preparado para toda la profundidad, complejidad de sentimientos y manejo y comprensión de las interioridades del individuo y del mundo que subyacen en esta última entrega cuya espectacularidad y grandeza de epidermis no oculta la riqueza de su contenido, la elaborada matización de las relaciones personales, sociales y morales que sugieren un universo tan grande y variado como pequeño e íntimo. Continuación y final de la anterior, «Vengadores: Infinity War», que acababa mal, con Thanos, el villano con mentón de escroto, con el poder absoluto y la Galaxia medio muerta.

Sobre todo lo que va a ocurrir durante las tres horas largas y brevísimas que dura, correremos un tupido velo aunque se deja el hueco de una esquinita para ver lo imprescindible, o lo presumible: una trama compleja que requiere devolver de la dispersión y la depresión, o incluso de la muerte, a los superhéroes para apretar el botón de la moviola y ver la repetición de la jugada. Los directores, de nuevo Anthony y Joe Russo, construyen el relato con el material del estado de ánimo de las despedidas, con el polvillo de nostalgia entre los que están y los que no están, lo cual produce en el relato (o en la percepción del relato) esos efluvios melancólicos del encuentro, la comprensión, la culpa y ese concepto tan hawksiano de un trabajo por hacer.

Las grandes sorpresas no están en las escenas de acción, tan espectaculares, llamativas y divertidas como se puede prever, sino en la dramática reconstrucción de los personajes tras el naufragio. Es asombroso el reajuste de personalidad y físico de superhéroes como Hulk o Thor, en los que los brotes de humor tragicómico redondean la aventura; o el alcance sentimental que adquieren Tony Stark, el Capitán América, la Viuda Negra, Ojo de Halcón o Nébula… Los diálogos, las bromas y los guiños son en algunos momentos tan brillantes que relucen más que los fogonazos de la acción, también los puntos de conexión con nuestro mundo (¡las mujeres!) que trascienden el universo Marvel. Hay tanto que ver en ella, que definitivamente sabe a poco, como supongo que le pasa a este comentario.

Por Oti Rodríguez Marchante.