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Carlos Acosta: la increíble historia del futbolista bailarín que no quería bailar

La directora Icíar Bollaín estrena este viernes «Yuli», un biopic sobre el primer negro que interpretó un «Romeo» con el Royal Ballet londinense

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Bailando break dance callejero y soñando con ser futbolista en un barrio marginal de La Habana, Cuba, llamado Los Pinos: así pasó su infancia Carlos Acosta, el primer bailarín negro en interpretar a un Romeo y cuya historia cuenta Icíar Bollaín en «Yuli». Pero su padre –un camionero de origen esclavo– tenía otros planes para él. Para que huyera de la violencia y los trapicheos, le obligó a ir a la escuela elemental de ballet con apenas nueve años. Dos autobuses y un madrugón parecían ser la única consecuencia que le traería este nuevo «hobbie»; sin embargo, Acosta comenzó a meterse en peleas con aquellos que lo llamaban «maricón» y dejó de ir a clase. Las continuas faltas y alguna que otra indisciplina hicieron que el cubano fuese expulsado del colegio, algo que a su padre no le sentó bien. La expulsión desencadeno una fuerte pelea padre-hijo que terminó con una paliza a un Carlos Acosta que fue internado en una escuela de artes en la provincia de Pinar del Río.

Carlos Acosta ya sabía lo que era sufrir la división racial en su propia familia, y lo seguiría viendo en las diferentes compañías en las que trabajaría. La parte materna era blanca; es decir, podían ir a la playa de Varadero y tenían pasaporte. Sin embargo, ni él ni su hermana Marilín tenían acceso a esos privilegios por ser hijos de Pedro Acosta, un hombre de carácter difícil y orgulloso de su origen esclavo que les inculcó que por su condición de negros y pobres tendrían que esforzarse y luchar el triple que los demás. Y así fue. Por «suerte» para Acosta, el estar alejado de su familia le dio la rabia y la pasión que necesitó para entregarse en cuerpo y alma a la danza. Cada miércoles, los alumnos de la academia recibían la visita de sus familiares. Le traían comida y materiales para las clases; sin embargo, Acosta siempre pasaba el día solo. A él no iba a verle nadie.

Este bailarín cubano fue el encargado de romper con la idea de que los bailarines de ballet tienen que ser «príncipes blancos y rubios»; es decir, que lo que importa es la capacidad y el esfuerzo, no la raza. Con apenas 16 años, ganó la medalla de oro en el Grand Prix de Lausanne. Dos años después pasó a formar parte del English National Ballet, contando con el apoyo del gobierno cubano. «Nunca tuvo demasiado problema para salir del país», comentó Icíar Bollaín durante el rodaje en el Teatro del Canal. También estuvo en el Ballet Nacional de Cuba, pero, al no sentirse valorado, decidió cambiar de compañía y estuvo en el Houston Ballet como figura principal o en el American Ballet Theatre. Hasta 1998, cuando recibió una prometedora llamada de Anthony Dowell, entonces director artístico del Royal Ballet.

El exbailarín quería que se incorporase a su equipo y lo hizo. Allí desarrolló la parte más destacada de su carrera, y fue en el Royal Ballet donde consiguió protagonizar «Romeo y Julieta», un papel que había sido reservado hasta entonces para bailarines blancos y con el que conquistó al público. Trabajó con ellos como miembro permanente hasta 2003, año en el que pasó a ser actor principal invitado. Esta posición, además de reducir su comportamiento con el Royal Ballet, le permitió aumentar sus apariciones internacionales. Aun así, Acosta continuó su relación con la compañía hasta noviembre 2015. Fue entonces cuando se despidió de esta etapa con una coreografía propia de Carmen, que bailó con la española Tamara Rojo, en el escenario del Royal Opera House.

Carlos Acosta, en el papel de Romeo
Carlos Acosta, en el papel de Romeo-ABC

Ahora, Acosta vive con su esposa y sus tres hijas en una hermosa casa de Siboney. No muy lejos, en La Habana, tiene su propia academia de danza, donde forma a los futuros miembros de su agrupación. Lo hace tras haberse «reconciliado» con su pasado al escribir «No way home» (2006), el libro en el que reveló las idas y venidas de su increíble carrera. Una novela difícil de escribir, que inspiró al guionista Paul Laverty para escribir el guion de «Yuli», la película que dirige Icíar Bollaín.

La directora define esta película, producida por Morena Films y BBC, como un filme «opuesto a Billy Elliot», ya que las historias que se muestran en la gran pantalla suelen contar la vida de un niño que quiere bailar y al que su familia no le deja, pero aquí es al revés. «Su biografía recorre los últimos 30 años de la isla, cómo parte de su familia se fue a Miami y la otra se quedó, o cómo volvió con el 'periodo especial'», recuerda. Pero no es un biopic al uso. «La historia está rota, dividida en dos mundos. En uno está Carlos Acosta en el presente en La Habana ensayando con su compañía un espectáculo –que comparte nombre con la película– en el que recorre su vida coreografiada por María Rovira y que ha sido inventada para la película. Pero es en ese teatro en el que él está bailando esos momentos de su vida, cuando se va al pasado y nos vamos a la ficción», cuenta.

Cuba tiene un papel importante en «Yuli». Sin embargo, se trata de una historia personal de alguien que tuvo una relación buena con su país. «Se benefició de las oportunidades que se les daba a los artistas de crecer, aun viniendo de barrios humildes. Y él le devolvió el favor al retornar a La Habana primero con el Royal Ballet y luego creando su propia compañía», matiza.

Con acento español

Bollaín rodó «Yuli» en La Habana, Londres y Madrid. La directora se muestra meticulosa en el rodaje. Busca la perfección en cada plano así que no duda en repetir la escena una y otra vez, exigiendo un esfuerzo titánico a Kevin Martínez, el encargado de interpretar a Carlos Acosta en su juventud.

Para esta película, Icíar Bollaín se ha rodeado de profesionales españoles para asegurarse de que hasta el más mínimo detalle de esta historia esté cuidado. Álex Catalán, que dio luz a la desolación de los últimos españoles en «1898: Los últimos de Filipinas» o que puso color a la transición española en «La isla mínima», se asegura de que reluzcan los saltos de las tres versiones de Carlos Acosta que veremos en el filme de la madrileña. Mientras que Alberto Iglesias, compositor de las bandas sonoras de películas como «Hable con ella» o «Julieta», ha hecho lo propio con la música.

Rompiendo barreras

Al igual que Carlos Acosta ha cambiado los prejuicios que existían en el ballet, Bollaín también ha hecho lo propio en el cine. La madrileña es una de las tres únicas mujeres que han ganado el Goya a la mejor dirección. Aún así, la representación femenina en el mundo cinematográfico no es el que le gustaría. «Cuándo yo estrené ‘Hola, ¿estás sola?’ hace 20 años, entramos en el cine más de 30 mujeres y pensamos que ya estaba solucionado, pero ha pasado el tiempo y no llegamos a ser más del 10%, entonces, ¿qué hacemos?», reflexionaba Bollaín sentaba en una butaca del Teatro Canal.