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Festival de Cannes

«Cafarnaüm» y «Ayka» le ponen un final trágico a la amarga competición

Este sábado se resuelve la Palma de Oro a la que aspiran varias historias infelices y la película grande del Festival, «Cold War»

La actriz y directora libanesa Nadine Labaki, junto con el joven protagonista de «Cafarnaüm» y el productor
La actriz y directora libanesa Nadine Labaki, junto con el joven protagonista de «Cafarnaüm» y el productor - AFP
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Las últimas películas en salir a competición antes de que den los premios eran la libanesa «Cafarnaüm», una de Kazajistán titulada «Ayka», la francesa «Un cuchillo en el corazón» y la turca «El peral salvaje». La turca, del prestigiosísimo Nuri Bilge Ceylan, que dura algo más de tres horas, se proyectó tan descoordinadamente tarde que habrá que dejar su crónica para la inauguración del Cannes del próximo año. La francesa, de Yann Gonzalez, era como un chiste malo también del festival, una historia pornogay, o algo así, que hubieran rechazado incluso en el Festival de Cine Cutre de Merdolin sur Mer. Aquí estaba, pero también se queda fuera de la crónica.

La libanesa la dirige Nadine Labaki, muy reconocida por «Caramel», y la kazaja la firma Sergey Dvortsevoy, que obtuvo premio aquí con «Tulpan», y ambas competían por presentar a la persona más desgraciada del mundo, que ha sido un poco la tónica general de la programación… A ver, ¿algún personaje feliz en el cine visto a competición? Pues ninguno, salvo el Lázaro de la película de Alice Rohrwacher que se titulaba precisamente «Lázaro feliz».

De desgracia en desgracia

La de Nadine Labaki, «Cafarnaüm», lleva dentro la lista completa de merecimientos para situarse entre las favoritas para los premios, pues la dirige una mujer, pone su mirada en un asunto de injusticia infinita, tiene a un niño de protagonista y describe unos ambientes reales y paupérrimos. Transcurre en Beirut y en una sola línea de su argumento se apreciará lo lejos que llega: un niño lleva a sus padres a juicio por haberlo hecho nacer. Raro y duro, pero la descripción de Labaki de su vida hacinada entre la torta de hermanos en un lugar insano, la desidia paterna, su lucha diaria contra el hambre, el abuso y la degradación, la venta de su hermana de once años por cuatro gallinas a un tipo ignorante y bestia…, en fin, que se entiende la aversión a la vida de ese pequeño, que intenta convencer al juez de que tiene que obligar a su madre, otra vez embarazada, a no echar más hijos a ese mundo.

A pesar de todo, Labaki «suaviza» dentro de lo posible el infierno que presenta, especialmente gracias a su protagonista infantil, tan expresivo, resuelto y solidario que le cambia el humor a su propia tragedia. Se rebela, se enfrenta a la intemperie y a la indigencia, y en su recorrido infernal encuentra el modo de humanizarse junto a un bebé al que ayuda a sobrevivir. Si es bueno el actorcito, el bebé es el mismísimo Lawrence Olivier, y entre ambos tienen una de esas relaciones con la cámara que hipnotizan por completo.

Humor en la tragedia

La titulada «Ayka», nombre de la mujer protagonista, no tenía la menor agarradera: una tragedia continuada sin más argumento que el sufrir constante de ella, a la que conocemos justo después de dar a luz, de huir del hospital abandonando a su hijo, de pasar todo tipo de calamidades y enfermedades en un lugar helado y salvaje, sin trabajo, sin papeles, sin lugar de cobijo y con la amenaza constante de unas deudas contraídas con las mafias de la inmigración. Hala, disfrútala.

Hoy los premios tienen que dar fe de las grandes desgracias del cine visto en «Yomedinne», en «Dogman», «Burning», «Leto», «Cafanaüm» y hasta en la cochambre de Godard, y raro sería que ganara la gran película del Festival, «Cold War», o esa desgraciada jovialidad de Kore Eda en «Une affaire de famille». Lo que diga Cate Blanchett.