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«Buenos vecinos»

Buenos vecinos, malas artes

La película, candidata a los Premios Oscar por Islandia, narra la disputa vecinal entre dos matrimonios a causa de un árbol

Edda Björgvinsdóttir es una de las protagonistas de «Buenos vecinos»
Edda Björgvinsdóttir es una de las protagonistas de «Buenos vecinos» - ABC
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En 1952 el animador y director de cine Norman McLaren estrenó una pieza audiovisual de ocho minutos llamada «Neighbours», que acabó ganando un Oscar como mejor cortometraje documental. La historia, apoyada en una especie de animación «stop-motion» con actores de carne y hueso, gira en torno al enfrentamiento entre dos vecinos varones. El motivo es una flor que aparece repentinamente en su jardín comunitario. Aunque en un principio optan por la custodia compartida, las disputas por el brote no tardan en aflorar mientras levantan una valla que delimita sus propiedades.

La solución es prescrita a golpes como si de animales se tratasen; una violencia que acaba incluso con la vida de ellos y sus familiares, recogidos en sus casas. McLaren confesó décadas más tarde en una entrevista a «Times» que si tuviera que salvar una única película de su filmografía, esa sería «Neighbours» debido a su «mensaje permanente sobre la naturaleza humana».

Parece que el islandés Hafsteinn Gunnar Sigurðsson –cuyo primer filme, «Either Way», se ganó un «remake» estadounidense–, se haya inspirado en la declaración de McLaren. Su tercer y última película, «Buenos vecinos», que se estrena este viernes en cines, comparte trama y dilema con dicho cortometraje. En esta ocasión, no es una flor sino un árbol (y la sombra que da) el motivo inicial del enfrentamiento entre dos matrimonios, residentes en un idílico barrio de «chalets».

Uno de los vecinos acude a un coro de hombres
Uno de los vecinos acude a un coro de hombres - ABC

Dramedia islandesa

Aunque Islandia seleccionó «Buenos vecinos» como candidata a los Premios Oscar en la categoría de película extranjera, no pasó el corte. Su título original, «Bajo el árbol», es más críptico pero encapsula la esencia de una historia deshojada en menos de 90 minutos. Paralelamente al rifirrafe, uno de los matrimonios acoge a su único hijo adulto –casado y con hija–, que regresa al hogar paterno tras «engañar» a su mujer viendo pornografía. El otro matrimonio, en segundas nupcias para él, encarna la modernidad frente a la tradicionalidad de al lado.

Cada pareja tiene sus «platos rotos» (un suicidio sin cadáver, un retoño que nunca llega) y los acaban pagando mutuamente en una vecindaria guerra fría que alcanza cuotas de verdadera crudeza (lo llaman «humor negro» en el norte de Europa) y, en ocasiones, de ridículo. En realidad el árbol es lo de menos, aunque acabe siendo el «deus ex machina» que dé la estocada final: que si las llantas del coche, que si el gato, que si las figuras decorativas del jardín, que si el perro, que si cortar el césped en horarios intempestivos... «¿Qué pasa, que todo el mundo se ha vuelto loco?», grita uno de los personajes.

Pero «Buenos vecinos» es también una radiografía de las masculinidades de sus protagonistas varones. El adulto más joven es incapaz de reconocer su sufrimiento por un revés familiar; de hecho, su madre critica su sensibilidad: «¡Siempre has sido un flojeras! Siempre lloriqueando». Otro de sus personajes masculinos, para evadirse del terror hogareño-vecinal, recurre a un coro de hombres.

Pero todos ellos emplean la violencia física como carpetazo a los problemas. Ellas optan por formas más sutiles. Sin embargo, uno de los «peros» de la película son sus desaprovechados personajes femeninos, siempre a la gresca entre ellos de manera machista (una de ellas insulta repetidamente a la otra con el término «zorra») y cuyos conflictos proceden únicamente de su faceta maternal. Pero también hay espacio para el humor; de hecho, la escena más graciosa se produce durante una reunión de vecinos, que acaba abrazando el surrealismo de «Aquí no hay quien viva».