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«El árbol de la sangre»: Retrato de España en un bosque sin ideología

Julio Medem regresa con una historia de pasión e identidades a través de dos jóvenes enamorados

Escena de «El árbol de la sangre», con Joaquín Furriel y Úrsula Corberó
Escena de «El árbol de la sangre», con Joaquín Furriel y Úrsula Corberó
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«Sin política, sin ideología», dice la pareja protagonista de «El árbol de la sangre» al comienzo del filme, cuando se arrancan a escribir la novela sobre las familias de ambos con la que esperan encontrar el motivo que les ha empujado a estar juntos. Una idea, la de dejar a un lado la política, que recorrió el espinazo del director Julio Medem al terminar el rodaje de «Ma ma», en 2013. En realidad, el guion de «El árbol de la sangre» era muy anterior, de 2007, pero lo dejó guardado en un cajón hasta que aprendió cómo «podarlo y limpiarlo» con el paso de los años. El paso definitivo, ya por 2014, fue quitar hasta la última rama ideológica.

«Quería hablar de la raíz de España pero sin contar lo político, de las diferentes culturas que hay pero sin hablar desde la ideología», explica el cineasta durante una entrevista en la que le acompaña Úrsula Corberó. «Decir que no hablas de política ya es una decisión política, es complicado, pero imagínate lo que podría haber quedado si con todas las ramas que hay en la película no elimino esa parte», defiende Julio Medem.

Buena parte de esas ramas de las que habla vienen del contraste de sus protagonistas -casi una decena- y de sus potentes y traumáticas experiencias vitales -innumerables- que hacen que «El árbol de la sangre» se convierta en un bosque de nombres, flashbacks y cruces de caminos. Hay una familia vasca, una andaluza, una catalana, una mansión en Denia... Y hasta la mafia georgiana. Todo con esa dialéctica y narrativa habitual de Medem, solo que aquí elevada a unas cuantas potencias más. «Perseguía el proyecto más complejo y exigente de mi vida. Siempre he hecho películas intimistas y con pocos personajes, pero aquí hay mucho de todo», se sincera el cineasta, que sí ha mantenido otras señas de su cine, como la carnalidad, el sexo, la pompa...

Una película que comenzó como una imagen en su cabeza, la de una manada de toros y otra de vacas corriendo una frente a otra. «La idea de las vacas que bajan del norte y los toros que suben del sur... Me pareció muy potente», cuenta, sin querer profundizar en las connotaciones, un poco cansado, dice, de que todo se vea bajo prismas identitarios. Hasta que Úrsula Corberó tiende el capote: «A veces uno se satura hasta de las cosas importantes. Es bonito también ir al cine y desconectar», torea la actriz sobre el exceso de política que nos rodea.