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«Abracadabra», viaje cómico hacia el subconsciente

Pablo Berger pasa con maestría del melodrama mudo en blanco y negro de «Blancanieves»a la comedia ruidosa y de colores brillantes

Maribel Verdú, junto a Antonio de la Torre en una escena del filme de Pablo Berger
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Si hay algún valiente que se atreva a definir a Pablo Berger, que lo intente. Etiquetado por muchos como «director de culto», el cineasta bilbaíno rechaza las categorías. «Me considero un director de cine comercial». Y lo dice sin apenas darle importancia, conocedor de que lo que lanza es una boutade en un autor que hace de sus películas una herencia personalísima. Tanto que sus obras parecen hermanas enfrentadas, hijas de un mismo padre que las creó a su imagen y semejanza para que fueran lo más antitéticas posible entre ellas. Del melodrama mudo en blanco y negro de «Blancanieves» a la comedia ruidosa y de colores brillantes que es «Abracadabra». Así, sin etiquetas pero con adjetivos, Pablo Berger, padre de las criaturas, define la cinta que le hizo ganar diez premios Goya en 2013 y su última creación, que estrena con Maribel Verdú, Antonio de la Torre y José Mota, y con la que confía en entrar en la categoría autoimpuesta de autor comercial: «No me gusta excluir al espectador, quiero hacer un cine abierto y que vayan a ver mis películas el cinéfilo y sus padres, y que todos pasen un buen rato».

[Lee aquí la crítica de «Abracadabra»]

Enumerar las líneas del argumento del filme es sencillo: el patriarca de una familia de barrio pierde la cabeza, o se la hacen perder, tras un espectáculo de hipnosis. Explicar la definición vacía del cartel de la película -comedia hipnótica- no tanto. Sin embargo, es en la parte sencilla donde se esconde la dificultad. «Abracadabra» tiene tantos recovecos que es imposible describirlos. Lo mejor es que la película vaya desplegando sus rincones ante la mirada más virginal posible del espectador. Así lo quiere Pablo Berger, que asegura que sus historias surgen del mundo de los sueños, de sus sueños, y que por eso el cajón de sastre que es hoy el adjetivo «surrealista» se adecúa tan bien a la campaña publicitaria. «Cuando me pongo a escribir un guión, el teclado es como la ouija. Empiezo de una manera como automática, desde el inconsciente… Me gusta partir del caos y luego poner orden. Por esa razón se puede decir que mis historias siempre rozan el surrealismo y que tienen cosas muy oníricas, porque el punto de origen es el mundo de los sueños».

En ese mundo onírico se presenta Maribel Verdú como una sufrida ama de casa que tiene que ver cómo su marido, Antonio de la Torre, vive más preocupado por los goles del Real Madrid que por los exámenes de su hija adolescente. Claro, que la hija adolescente está más preocupada del Whatsapp que de las matemáticas. Un retrato de una familia cualquiera que Pablo Berger sitúa en un barrio de la periferia de Madrid para convertir a Maribel Verdú en la caricatura de una Belén Esteban cualquiera. «Es mi primera película de época, eso sí, de época actual. La película es sobre el siglo veintiuno, hay móviles, pantalla planas... Pero no queríamos hacer una radiografía del ahora», defiende el director. Maribel Verdú encuentra en la boda de su sobrino el único aliciente para pasar de ser como la tertuliana de Telecinco a sentirse como Madonna. Objetivo que para su marido no es más trámite que un partido de primera fase de la Copa del Rey, una oportunidad para reírse del primo (enamorado) de su mujer, un contenido José Mota cuyo sueño es ser mentalista en Las Vegas, con todo lo que eso implica. Y ahí, en esa hipnosis, todo se dispara.

Desde que Pablo Berger se estrenara en el largo con «Torremolinos 73», allá por 2003, se ha rodeado de grandes nombres del cine español. Debutó dirigiendo a Javier Cámara y Juan Diego. En «Blancanieves» hizo lo propio con Macarena García y Maribel Verdú, con la que ahora repite junto a Antonio de la Torre. «Pablo es un cineasta con universo propio. Te podrá gustar más o no, pero yo cuando ví el guión dije “si Pablo se va a meter en un viaje, yo me quiero meter en él”, explica a ABC el protagonista de «Abracadabra” sobre el viaje realizado por el mundo del subconsciente y de los sueños. «A los actores les apetece entrar en mi mundo, en mis historias», presume el director.