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ABC Play recomienda: Diez películas para combatir el frío de la Navidad en el cine

Te proponemos títulos en cartelera para que disfrutes del mejor cine. Comedia, desamor, thriller, autor... Todos los géneros para los amantes del séptimo arte

Woody Allen da instrucciones a Kate Winslet en el rodaje de «Wonder Wheel», que se estrenó este viernes
Woody Allen da instrucciones a Kate Winslet en el rodaje de «Wonder Wheel», que se estrenó este viernes
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Wonder Wheel: Un Woody Allen más grave que agudo

Juno Temple, frente a la noria de Coney Island que da título al filme de Woody Allen
Juno Temple, frente a la noria de Coney Island que da título al filme de Woody Allen

Se puede no tener un color o un plato favoritos, pero es imposible no tener un «woodyallen» preferido, y tras esta excelente película, «Wonder Wheel», confieso ya que no está el mío. La puesta en escena es formidable y está bañada por el talento fotográfico de Vittorio Storaro y por una atmósfera escénica a lo Tennessee Williams, incluso lo están también algunos de sus personajes centrales, como esa pareja que componen Humpty y Ginny, un Jim Belushi con trazas decadentes de Kowalski y una inconmensurable Kate Winslet más atravesada aún de amargura que Blanche Dubois. El drama humano que plantea tiene calado existencial, desgarro y emociones que le dan vueltas a su mundo, arriba y abajo, como la noria de Coney Island que asiste a los hechos, enrevesados, tortuosos y que le plantean al espectador dudas sobre si ha de mirarlos a través de una lente de comedia, de tragedia o de melodrama…

En fin, es una película redonda, amarga y que husmea en las cocinillas del corazón humano donde hierven los deseos, las decepciones, lo que se hace o lo que se deja de hacer cuando alguien pierde el control sobre lo que quiere, lo que sueña y lo que tiene, pero no es una de esas películas en las que el talento de Woody Allen explosione en frases que duran años en tu cabeza, o en giros argumentales que provocan un vuelco en la baldosa en la que pisas con lógica, ni consigue ese toque milagroso con el que diluye la amargura entre la dulce y jocosa ligereza de una idea que cualquiera ha estado a punto de pensar alguna vez, pero que ha sido el ingenio de Allen el que nos da la oportunidad de ver entre risas. Sí, es una gran película, un magnífico y yugular Woody Allen, lástima que yo prefiera el otro que titubea.

La perfección dramática y el clima nos llega a través de un narrador, el personaje que interpreta con encanto naif Justin Timberlake, un vigilante de playa, poeta de bragueta y semilla de una discordia que invoca a los demonios de los que quiere hablar Woody Allen, ese grumo doloroso y áspero de ocaso, ilusión, sexo y decepción, que aquí no combate con su eficaz píldora del humor ácido, sino con una subtrama de mafia descolorida y desaprovechada, y con el único objetivo de proporcionarle la coartada moral a su relato, y un desenlace más desconcertante que genial. Por Oti R. Marchante.

Una vida a lo grande: Cariño, el tamaño sí importa

Ser pequeño tiene sus ventajas
Ser pequeño tiene sus ventajas

De Alexander Payne es difícil no hablar con admiración. En «Una vida a lo grande» hace un desconcertante cambio de ritmo, que se apreciaría en todo su esplendor si el público llegara virgen a la butaca. Por supuesto, a estas alturas es imposible desconocer que la cosa va de tamaños y de un avance científico sin precedentes, pero con enormes consecuencias. El guion las desgrana con un humor exhaustivo, como rebañando cualquier atisbo de chicha. El invento permite reducir a los humanos a un punto que ni los jíbaros habrían soñado, aunque sí Jonathan Swift, como prueba su Lilliput. La nueva especie, de ingreso voluntario, es más fácil de acomodar -una mansión cabe en una caja de zapatos- y además es menos agresiva para el medio ambiente (que quizá debería pasar a llamarse gran ambiente).

Esta utopía de ciencia ficción, sin cachivaches, permite al director de «Entre copas» destilar socarronería y mala leche, por fortuna desnatada. La fábula funciona como su propio nombre indica, aunque la historia camina en diversas direcciones, a veces casi opuestas, y los saltos entre géneros desconcertarán a más de uno. De forma gradual, la comedia va cediendo el paso a otras formas narrativas, más reflexivas, a veces casi amargas. Quizá por ello la película no tendrá todo el éxito que merece, pero tiene pinta de ser uno de esos títulos que aprenderemos a comprender mejor, lo que hará que crezca con el tiempo.

Y con el reparto ocurre lo mismo que con el director. Es casi imposible no apreciar su talento. Entre las estrellas, Matt Damon prueba que definitivamente vale para todo, Christoph Waltz logra el milagro de sorprender, como si no esperáramos ya cualquier pirueta, y a Kristen Wiig le bastan cuatro planos para lograr las mejores risas con un papel por lo general dramático. Por Federico Marín Bellón.

Muchos hijos, un mono y un castillo. La sorpresa del año

Julita Salmerón redefine el concepto de heroína
Julita Salmerón redefine el concepto de heroína

Podría ya considerarse como un género cinematográfico que no inauguró, pero sí le puso nombre, Pedro Almodóvar: el género «todo sobre mi madre». Y para abordarlo sólo se necesita talento, paciencia, una mirada pasional, divertida y sin pudor hacia sí mismo y los suyos, y por supuesto no una madre especial (todas lo son), pero sí capaz de comunicarse con la cámara con esa naturalidad y frescor que para sí hubiera querido Lawrence Olivier. Gustavo Salmerón, actor, comenzó hace tres lustros a arrancarle momentos, reflexiones y sentimientos a su madre, y ahora presenta este documental que es un ventanal abierto a ella y a su familia, un prodigio de extravagancia, humor seco y drama húmedo ante el que uno se defiende de la única manera posible: una trenza de sorpresa, alegría y tristeza.

El personaje central, Julita, la madre, es por completo extraordinario, comparable en fuerza y personalidad a la Carmina de Paco León, aunque distante en filosofía y «macguffin vital». En Carmina el «macguffin» era una partida de jamones y en Julita es la búsqueda y conservación de una vértebra de la bisabuela. Mujer de tres deseos, los que se enumeran en el título, y de tres sueños realizados, que habla de la muerte como si saliera de una película de Peckinpah, y que conoce y reflexiona sobre lo devastador del tiempo con apisonadora franqueza. Tan alegre y decadente como lúcida y triste. Por Oti R. Marchante.

Crítica de Perfectos desconocidos: Una cena que casi es la última

Elenco de lujo en «Perfectos desconocidos»
Elenco de lujo en «Perfectos desconocidos»

Álex de la Iglesia es un puro animal cinematográfico: rara es la película suya que no destila un placer por hacer, y dar a ver, cine que se contagia al espectador, como sucede con Brian de Palma o Tarantino. Encerrarle a rodar una pieza teatral de esas que reúnen a un grupo de personajes en un escenario único para que se canten las vergüenzas, haya sido idea suya o una comisión, evoca la imagen, siguiendo con la métafora, de un animal enjaulado en el proscenio: pese a la claustrofilia de sus bares y comunidades, teatral no es la primera palabra que usaríamos para describir su estilo.

Es divertido imaginar a un Álex desatado recorriendo ansioso su decorado de base como aquel oso polar en su casa-y-jardín del viejo zoo. Eso pasa un poco al comienzo de la función (en este caso, sic) cuando va introduciendo a los siete protagonistas y los va sentando para una cena de amigos que podría ser la última: el nervioso montaje, los continuos movimientos de cámara sugieren una cierta histeria, la de un artista de talante dionisiaco enclaustrado. Se habla de que esa noche hay luna de sangre y todos se asoman a la terraza para verla; siendo Álex de la Iglesia, uno se imagina, qué menos, un aquelarre, o dos despeñamientos.

Pero no, este no es el Álex satánico y de Carabanchel. Al contrario, la mitad de esta panda de amigos es de clase alta, otra novedad, lo que no les impide cultivar todo tipo de miserias en sus relaciones personales: ya se imaginan, ese tipo de revelaciones incesantes que son la esencia, la carnaza, de un drama como este. Y cuando empieza el juego de la verdad resultan tan previsibles (ya lo sabemos: ninguna pareja resiste el «electro») que uno sólo puede refugiarse en el sobresaliente elenco que bajo la batuta del cineasta interpreta esta sinfonía de los errores. Sería injusto destacar a alguno en esta ensemble piece, pero Eduard Fernández y una afinada Belén Rueda hacen un dueto perfecto; y Ernesto Alterio, demasiado huidizo, es un buen contrapunto a la dolida estolidez de Pepón Nieto. Por Antonio Weinrichter.

Coco: Combinado perfecto, Pixar, Disney y México

Mucha música y sentimiento de familia en la nueva de Pixar
Mucha música y sentimiento de familia en la nueva de Pixar

La asociación en política, la fusión en música, el maridaje en gastronomía, el cóctel en el bebercio…, en fin todo aquello que tanto se busca con la idea de que dos o más elementos se acompañen para un buen funcionamiento. La fundición de las dos más grandes empresas de metalurgia emocional, Disney y Pixar, capaces de extraer lo mejor a los metales nobles de la ilusión y la fantasía, proponen aquí, en su última gran producción, «Coco», un maridaje o reunión especial entre el dibujo animado y la más animosa tradición mexicana. Luz, colorido, musicalidad y alma en lo que es un elogio (que no puede ser casual ahora) al carácter, cultura, folclore y singularidades de México lindo.

La milagrosa técnica de animación más impresionante del mundo se vuelca en un precioso argumento cuya masa no es el americanísimo Halloween, sino el tradicional, multicromado y polisentido Día de los Muertos, esa festividad que tanto honra a los parientes idos como a los familiares quedados. Está en toda la cultura mexicana, y la película lo fusiona como si se hubiera rodado sobre un mural de Diego Rivera, en una página de Juan Rulfo o en la mera casa del Indio Fernández.

Los personajes, un niño que quiere ser músico y su familia de zapateros, que odia la música desde que a la tatarabuela la abandonó el tarambana del marido con una guitarra, y sus causas nobles para llegar al fondo de sus secretos y sus raíces, son el cuerpo de una trama veloz, llena de encantos morales y visuales, y con un recorrido de gran fantasía, enorme sentido del humor, con mucho contenido reverencial y emocional, y con un punto macabro absolutamente llevadero e infantil.

No hay nada en la espléndida «Coco» que la haga poco recomendable a los ojos de un niño, ni a los sentimientos de padres, abuelos o bisabuelos. La pasión por la música y el recuerdo y el respeto por los tuyos, por los todos, es el relleno de esas dos formidables tapas del sándwich que son Pixar y Disney. Por Oti R. Marchante.

La librería: Pasión y firmeza entre líneas

En los primeros minutos de esta maravillosa película, una voz en «off» nos regala algunas ideas y sensaciones sobre el placer de la lectura, sobre esos momentos de profundo deleite cuando uno descubre entre las palabras de un libro esas emociones que sabe cómo tenerlas pero no cómo expresarlas. Y aun conteniendo ese perfumado elogio a las letras, Isabel Coixet organiza en su desarrollo otras alabanzas a flujos internos tan «superados» hoy como el amor a la lectura: el buen tesón, los principios, el respeto, el buen gusto...

La historia es sencilla: una mujer cumple su sueño de abrir una librería, la única en un pequeño pueblo inglés, e incomoda con ello los intereses de la alta sociedad del lugar. Pero, lo que explicado en una línea es sencillo, el hermoso trabajo de Coixet consigue envolverlo de tantas sutilezas y complejidades, de tanto mundo interior agazapado en los personajes, sus actos y diálogos, que se asiste a todo ello como a un duelo de «western», pero armado de ironías y cinismo «british», ese que subyace detrás del texto y del rostro de los personajes. La relación entre Emily Mortimer (ella) y Bill Nighy (un viejo viudo, lector y ermitaño) produce momentos de cine acorazado de emoción sólo comparables a los de Anthony Hopkins y Emma Thompson en «Lo que queda del día», esa especie de implosión de soledades, de afinidades, pero separadas por la inmensidad de un centímetro.

Tanta sensibilidad como circula por las venas de la película se ve adornada por una melódica puesta en escena (todo el frío por fuera) y unas interpretaciones de fábula, a cuyo tono pertenece la de la «villana» Patricia Clarkson, esa actriz capaz de transmitir el mal (o lo divertido del mal) con ojos golosos. Hay que felicitar a Isabel Coixet por limar hasta casi la absoluta redondez esta película sobre todo eso tan «viejo», tan «pasado» (del cine, y de lo demás), que es imprescindible verlo, paladearlo y conservarlo. Por Oti R. Marchante.

El Autor: Mortal y prosa

Hace una semana, Isabel Coixet y «La librería» hablaban con pasión de la lectura, y ahora lo hace Martín Cuenca y «El Autor» de la pasión por la escritura, de los ingredientes que se cuecen alrededor de alguien que se muere por escribir. (Un paréntesis que sobra: en contra de lo que parece lógico, es más fácil escribir que leer, y sólo hay que contar escritores y lectores; y es más difícil escribir para muchos que para pocos). Martín Cuenca nos muestra a un autor, un hombre obsesionado por serlo a lo grande y sus circunstancias, una esposa con «despreciable» éxito literario, un profesor de escritura con ímpetu para dar consejos y para comer gambas, y una vida nueva que se le abre a su necesidad de observar y escribir concentrada en su peculiar casa de vecinos…

La película busca con ahínco y éxito las circunstancias del autor, y encuentra para él personajes grandiosos, en especial esa portentosa, maliciosa y graciosa portera que interpreta con tanta entrega y talentos Adelfa Calvo, que consigue, frente a Javier Gutiérrez, varios momentos de emoción turbia, de brutal sinceridad y de amargura picante, dulce y agria. La mezcla de perversión, manipulación, negrura y gracia en la trama es redonda, sin abolladuras, y funciona de modo deslumbrante del principio al fin, de los principios a sus consecuencias, y se asiste a ella entre el estremecimiento y una risa nerviosa, floja, intranquila. Está llena de aciertos interpretativos, por supuesto, el vuelque absoluto en su personaje de Javier Gutiérrez (tan frío, tan espumoso), pero también de todas sus «circunstancias literarias», la portera, la pareja de vecinos, el anciano misántropo…, personajes que hacen que se cueza su novela entre las sombras de una pared del patio interior. Por Oti R. Marchante.

En realidad, nunca estuviste aquí: Sin motivos personales

Lynne Ramsay, que pasa por ser la mejor cineasta escocesa del momento, se prodiga poco: cuatro títulos en dos décadas. Todos sobresalientes: aunque no «entrene» mucho sigue siendo una fina estilista, como demuestra en esta historia de un mercenario con corazón. La forma en que muestra la violencia puede ser elíptica y elegante hasta lo bressoniano: comparen la secuencia de la matanza en el burdel con «L’Argent» más que con su referencia más obvia, «Taxi Driver», y verán que no exagero. La cineasta cuenta aquí con la inestimable ayuda de Joaquin Phoenix quien, con su cabezón de medallón y su actitud de titán cansado, convierte a su asesino a sueldo en una especie de lacónico icono existencialista.

El problema es que ese personaje lo ha explotado el cine hasta la saciedad, del samurai de Alain Delon al de «Ghost Dog», pasando por Charles Bronson. El que esta figura tan masculina nos llegue ahora de la mano de una mujer puede tener su gracia, pero tampoco aporta grandes novedades más allá de esa elegancia formal. Tiene además un defecto que marida mal con su despojado estilo y su mirada «behaviorista»: nos explica la melancolía del personaje a través de fulgurantes flashbacks sobre el origen de sus traumas personales y su pulsión suicida. E irónicamente lo mejor de tan sangrienta función son las tiernas escenas domésticas con su madre. Por Antonio Weinrichter.

El sacrificio de un ciervo sagrado: Los dioses están locos

Yorgos Lanthimos es el director griego más singular y prestigioso de ahora; aún no tiene una larga filmografía, pero aquí se han podido ver sus tres últimos títulos, «Canino», «Alpes» y «Langosta», y se puede decir de él que a su creatividad argumental le añade mucha ambición de estilo, y algo parecido a un raro sentido del humor que no siempre es eficaz.

En «El sacrificio de un ciervo sagrado», Lanthimos busca una relación entre el thriller psicológico y la clásica tragedia griega (si fuera Lanthimos, pongamos, de Sevilla, habría que buscarle el hilo con la copla, pero es griego y hay que buscarlo en Eurípides). El título sugiere directamente el sacrificio de Ifigenia, cuyo padre, Agamenon, mató un ciervo consagrado a la diosa Artemisa, y ésta pidió a cambio el sacrificio de Ifigenia.

Lanthimos se trae ese estado de ánimo a la actualidad, al caso de un cirujano eminente que entabla una rara amistad y dependencia con un chico cuyo padre se le murió en la sala de operaciones. La trama, angustiosa, se mueve desde un Haneke a palo seco hasta un David Lynch desquiciado, pero consigue producir un profundo malestar constante, en especial por la rocosa y perturbadora interpretación del joven Barry Keoghan, que devora por completo los merluzos y cuarteados personajes que intepretan Farrel y Kidman, entregados a un fatum entre lo sobrenatural y lo irrisorio. Por Oti R. Marchante.

En la playa sola de noche: Historia de un desamor

El coreano Hong Sang-soo sigue fascinando en festivales con películas que aparentan una narrativa deambulante, casi de «flâneur», pero que a la vez exhiben una intrigante estructura de bucles y variaciones. En esta por ejemplo, por la que Kim Min-hee ganó un merecido Oso de Plata a la mejor actriz en Berlín, tiene un primer tramo de media hora que transcurre -aunque no se nota- en Alemania. Después introduce de pronto un «corte», digno de «Psicosis» o de «Persona», para situarse durante la hora siguiente en territorio conocido: comidas, conversaciones y libaciones alrededor de una mesa.

Conviene añadir que en este caso la ecuación incluye un elemento presuntamente autobiográfico: Hong y Kim tuvieron un (sonado) affaire en la vida real… y aquí ella es una actriz que convalece de una relación con un director de cine. Ello quiere decir que, aunque el tono de muchas conversaciones evoca una versión minimalista de las del cine de Rohmer, parece que estamos más cerca de algunas películas que hizo Bergman, por ejemplo, con su musa y pareja Liv Ullmann. Este elemento personal puede explicar la intensidad que alcanza Kim Min-hee en las dos escenas, dos cenas, en las que (su personaje) explota calentada por el alcohol y esa herida que tiene sin cerrar. Y si sólo está actuando, pues ha creado una criatura milagrosamente inefable. Por Antonio Weinrichter.