ES NOTICIA EN ABC
el fuego de lope

Aquel Lopillo de Góngora

Una aventura romántica en la que su director despoja al personaje de la gola y lo reboza de celuloide

Aquel Lopillo de Góngora
abc
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

Que alguien tan de su siglo y tan de Madrid y de corrala como Lope de Vega llegue al cine al través de los ojos de un director brasileño llamado Andrucha Waddington es tanto una extravagancia como un motivo de desconcierto. Pero llega, y lo hace sin estar embebido precisamente del rigor de su gran época y de su barroco lugar tal y como hubiera podido pretender un director español, o madrileño.

No se nos muestra al gran Lope, sino más bien a «Lopillo» (aún antes de que lo sellara Góngora), un joven que regresa de la armada a la Corte y de la guerra al amorío: se centra «Lope» en algunas de sus primeras peripecias teatrales, poéticas y sentimentales, aunque tuvieran gran trascendencia en su vida posterior, sus versos a «Filis», sus pendencias y libelos, su destierro...

Waddington despoja muy cinematográficamente al personaje de la gola y lo baja y lo reboza de celuloide (vocacionalmente, al modo de aquel Shakespeare enamorado y con los dedos manchados de tinta) dejando al Fénix de los Ingenios al nivel de la aventura romántica.

Hay varios buenos momentos, especialmente esos en los que se muestra la facilidad de Lope para el verso afilado y en los que se da cuenta de los ambientes teatrales de aquel poblachón madrileño. Alberto Ammann interpreta a un Lope jovial, jaranero y que vive al límite la pasión del teatro, el amor y la Corte, y sus encontronazos con dos personajes reales, Elena Osorio e Isabel de Urbina, adornados para el cine por Pilar López de Ayala y Leonor Watling, forman lo que es la razón de ser de la película: amores buenos, amores malos; teatro bueno, teatro malo; versos buenos, versos chirles.

Como era de esperar y es de agradecer, este «Lope» no agota la complejidad y enormidad de uno de los grandes autores y vividores de la Historia, sino que ofrece de él un retrato ágil, entretenido, acorde, sí, con lo que fue una de las vidas y las obras más contradictorias y complejas de aquella época dorada, y lo hace mediante una narración de corte clásico, bien «agujereada» y parafraseada al estilo, digamos, Hollywood, con más pretensión de esparcimiento que de lenguaje, y con unas interpretaciones con vocación de discretas en tonos y timbres, salvo la de Juan Diego, que, a su modo, va a su marcha y desbocada por la escena.

Pero... más o menos, ya lo vino a decir Lope: «Desmayarse, atreverse, estar furioso / áspero, tierno, liberal, esquivo / alentado, mortal, difunto, vivo / leal, traidor, cobarde y animoso (...) mostrarse alegre, triste, humilde, altivo / enojado, valiente, fugitivo (...) creer que un cielo en un infierno cabe / dar la vida y el alma a un desengaño...». Esto, mejor o peor, es el cine, y quien lo probó lo sabe.