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Your Name (****): Intercambio de sueños

La película es profundamente adulta y absolutamente recomendable para el mundo infantil

Escena de «Your Name»
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Insólita conjugación del verbo soñar y mágico ejercicio de manipulación del espacio, el tiempo y el espíritu en esta delicadísima historia de animación tan romántica y emotiva que desconcierta. El director, Makoto Shinkai, no solo es un maestro del cine animado, sino que lo es también, y muy profundamente, del territorio sentimental, y títulos anteriores suyos como «El jardín de las palabras», «Viaje a Agartha» o la sutilísima «5 centímetros por segundo» evocan una idea de relaciones y experiencias románticas más allá del tópico.

Aquí se narra la hermosa historia de Taki y Mitsuha, ella vive en un pueblo y él en Tokio, son de la misma edad y no se conocen, pero descubren que se intercambian los cuerpos durante el sueño nocturno… Ese intercambio de cuerpos (algo ya muy visto en cine) no es la masa argumental de la película, es su levadura para que suba el horneado de lo romántico, que tiene un maravilloso eco de «Ojos de perro azul», ese cuento fantástico de García Márquez que sublima el sueño como continente del amor entre dos personas.

La película, profundamente adulta y absolutamente recomendable para el mundo infantil, entretiene afilando el vínculo entre esos dos adolescentes y en los equívocos de verse encerrados en el cuerpo del otro, y trata con exquisita pulcritud y suave humor la indefinición y sorpresa sexual propia de la adolescencia, y alimenta la intriga con la inminente llegada de un cometa que puede alterar su rumbo y la vida delos protagonistas.

Si uno acepta el bucle espacial que une a dos almas que comparten e intercambian identidad, casi espera el efecto de algún bucle temporal que le añada pliegues y lecturas a la historia, que se aproxima cada vez más a uno (como el cometa) gracias a la sencillez y brillantez del dibujo y a la emoción de los personajes. No hay un aparente alarde técnico (puro frescor del rostro recién lavado), pero sí lo hay en lo afectivo y pasional, en lo intangible, que desemboca en uno de esos instantes de cine grande: «¿Nos conocemos?».