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El tesoro (* *): Pequeño gran golpe

«Las salas en las que hablan están infradecoradas, los diálogos son más parcos que los de un héroe de la Marvel: está claro que Porumboiu es un artista del despojamiento»

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No debe haber en la historia del cine una película de buscar tesoros menos dinámica que esta. Aquí el único «golpe» se asesta a la paciencia del espectador que venga buscando acción, persecuciones y algún que otro tiroteo. Pero es que esta película no va de eso: su director Corneliu Porumboiu, que se dio a conocer con la notable «12:08, al este de Bucarest», favorece un enfoque seco y antienfático, más minimalista (aún) que el de sus colegas de la nueva ola de cine rumano que ya está por celebrar su primera década de vida festivalera y de arteyensayo.

El mejor plano de la función, por ejemplo, integra en su formato panorámico a dos policías, dos buscadores de tesoros y un técnico que intenta abrir la herrumbrosa caja que han encontrado, dura tanto tiempo (el técnico no daría el pego en ninguna versión de Rififi) que se acaba convirtiendo en un gag digno del Tati de «Playtime»… o de Andy Warhol. Las salas en las que hablan están infradecoradas, los diálogos son más parcos que los de un héroe de la Marvel: está claro que Porumboiu es un artista del despojamiento. Es fácil ver en este thriller sin intriga, en estos personajes sin hálito vital una metáfora, o un retrato documental, de otra forma de despojamiento, de una sociedad que no ha salido aún del pasmo de una dictadura estalinista y para la cual el milagro capitalista se escribe solo con «c» de crisis. Y un final inesperado, que no es el habitual tipo «El tesoro de Sierra Madre», ofrece un brillante y descorazonador diagnóstico del alma no rumana sino humana a secas.