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Silencio (***): De nuevo la fe en el cuadrilátero de Scorsese

Es excesivamente larga, pero no plomiza y algunos preferimos al otro Scorsese, el más físico que metafísico

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Martin Scorsese es un cineasta único y que ha hecho algunas de las películas con mayor fuerza física de la Historia, aunque en ocasiones traslada toda esa potencia cinematográfica al área, digamos, espiritual. Se considera “Silencio” como una pieza dentro de su voluntad mística y que completa, o así, otros dos títulos que la precedieron, “La última tentación de Cristo” y “Kundun”.

Por el argumento, podría darse esto por bueno, pues trata de la fe, pasión y calvario de los jesuitas en el Japón del siglo XVII, cuando se cerró a cal y canto (cantazo, en realidad) a toda influencia social y religiosa que viniera de Occidente. Se centra en la búsqueda que emprenden dos jóvenes misioneros en territorio japonés, ya prohibido y arriesgado, tras las huellas de su mentor jesuita desaparecido y probablemente torturado y muerto… Y la cinefilia de Scorsese deja que se escurra la sensación de un personaje como el coronel Kurtz (de Conrad y Coppola, que aquí interpreta Liam Neeson) perdido en una selva inexpugnable en la que cualquier atisbo de cristiandad es sofocado de modo cruel.

La película es kilométrica, profunda y agotadora en sus tesis y en sus antítesis, llena de intriga, aventura y espiritualidad, que enfrenta con todo ese barro que Scorsese sabe crear la potencia y el valor de una fe pura (incluso ingenua, entre el pueblo japonés que sigue con mucho secreto y sufrimiento los pasos de Cristo) a la voluntad férrea de los sacerdotes budistas para someterla y destruirla mediante la muerte o la apostasía, un ritual que se repite en excesivas ocasiones. Pero Scorsese titula sus cavilaciones sobre el fervor religioso “silencio”, con lo que hay que sospechar que el enfrentamiento del que habla realmente no es entre el budismo y el cristianismo, sino entre esos hombres fortalecidos por su fe cristiana, capaces de afrontar el martirio, el viacrucis y la muerte, y que viven la desesperación, no del suplicio físico, sino del silencio de Dios a sus penas.

Todo es magnífico en la película (también reiterativo, cruel e irónico), y las interpretaciones de Andrew Garfield y Adam Driver están acordes con la tensión mesiánica de la historia, aunque la mejor, la más sorprendente, sibilina y perversa es la del japonés Shin’ya Tsukamoto y su personaje de gran budista inquisidor, donde despliega una imaginación en las artes del hacer sufrir realmente prodigiosas, y con cara de Fu Manchú. La ambición de Scorsese en “Silencio” es enorme, y también su despliegue y su intuición algo patológica de lo religioso. Y es excesivamente larga, pero no plomiza. Aunque algunos prefiramos al otro Scorsese, el más físico que metafísico, el que muele a golpes la pantalla.