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Crítica de «En la playa de Chesil»: La seda del amor y su exabrupto

«Aunque la sutileza y el buen gusto de Dominic Cook son notables, se le colorea en fucsia algún hilo de la "trama"»

Saoirse Ronan y Billy Howle, en la película «En la playa de Chesil»
Saoirse Ronan y Billy Howle, en la película «En la playa de Chesil» - ABC
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La lastimosa novela de Ian McEwan, que trata, como buena parte de su obra, de los diversos modos que tiene el amor para convertirse en exabrupto, en cuchillada, la trasplanta con pericia y elegancia a la pantalla Dominic Cooke, y con guion y producción del propio McEwan, con lo que hay que dar por buena la novedad de su epílogo casi medio siglo después del día, la tarde, en la que ocurre esa historia de recién casados en un hotel junto a la playa de Chesil (el epílogo, cargado de maquillaje en lugar de tiempo, es pura agua residual).

Se trenza esa tarde-noche de bodas en la que todo parece crujir, dislocarse, ronronear, hacer crack, con algunos de los momentos claves de su feliz y enamoradísima travesía hasta llegar allí: los momentos de fascinación, de intensidad, de música, de emociones compartidas..., caen sobre el lecho nupcial como bolitas de naftalina, y el buen gusto del director en el trato sutil y emocional de esos dos tiempos (el antes y el ya) le producen al espectador una corrosiva intriga y una inquietante sospecha de que el amor ya ha elegido su exabrupto. Aunque la sutileza y el buen gusto de Dominic Cook son notables, se le colorea en fucsia algún hilo de la «trama», como la impericia sexual, las inseguridades, el trato algo tosco de la complejidad que surge ante ellos y el modo apresurado de resolver lo que había sido pausado. Pero, Saoirse Ronan está maravillosa (y sube más aún en las escenas familiares) y Billy Howle a la altura de ese faro de emociones que tiene enfrente.