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No quiero perderte nunca: Mujer sola

Las escenas de percepción alterada son una de las mejores ocasiones de lucimiento para el equipo técnico, a menudo a costa del equipo artístico

Imagen de «No quiero perderte nunca»
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Pronto se hace evidente que lo que vamos a ver es la historia de una mujer sola. Y también que la película no se decanta por uno de los dos modelos que parece tantear. Un modelo es el de la casa encantada con presencias. Sean fantasmas «reales» o estén haciéndole luz de gas, da un poco lo mismo: uno se desentiende enseguida al ver que esto no es una propuesta de cine de género. El segundo es el de encerrarse -encerrarnos- con una mujer que se vuelve loca, tiene un amigo imaginario, etc. Ambos están muy trillados y se reducen a cosas parecidas: al abrir una ventana, al abrir una puerta, al mirar bajo la cama… nos espera un chasco.

Las escenas de percepción alterada son una de las mejores ocasiones de lucimiento para el equipo técnico, a menudo a costa del equipo artístico, como la esforzada María Ribera que es quien tiene que lidiar con todo ello. Hay un bosque ominoso y figuras embozadas pero nunca consigue despegar de un prosaico realismo (ámbito en donde “La enfermedad del domingo” le da mil vueltas) con lo que la fuga de lo real se queda en algo entre efectista y deslucido.