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Nacido en Siria (****): Vente a Alemania, Ahmad

Pone rostro infantil a un drama tan «conocido» que ya ni abre los telediarios

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La trayectoria de Hernán Zin como documentalista es envidiable, no tanto lo que han visto sus ojos. En «Nacido en Siria», pone rostro infantil a un drama tan «conocido» que ya ni abre los telediarios. Los niños ejemplifican como nadie el alcance de la tragedia, despolitizan el relato y, con algo de suerte, ayudan a abrir los ojos del público, abrumado y aburrido.

Zin también acompaña a los refugiados en las horas del miedo y la hipotermia, a bordo de pateras mecidas por la muerte. Si cabe reprochar algo es la brillantez de las imágenes. Casi pueden parecer hermosas. Luego, y aquí es donde la ambición del documental se hace manifiesta, las cámaras también recorren con los refugiados cientos, miles de kilómetros a pie. Mientras se intercalan las palabras de los políticos, a veces buenas, los niños cuentan mejor que nadie las razones de su huida y la incomprensión de apestados que se encuentran. Ellos no entienden nada, pero se enteran de todo, de las bombas que han destruido sus casas y diezmado a sus familias, de las mafias enriquecidas en el mercado del miedo, de que nadie los quiere.

Incluso entre verjas coronadas de espino encuentran tiempo para jugar, pero predominan los rezos y el llanto en una película que no es llorica. Son millones de personas que atraviesan países como quien cruza el monte, sin ducharse. En algunos sitios los tratan como animales. «En Hungría nos pusieron en un zoo», relata Hamude, de ocho años.

El afán por llegar a Alemania recuerda a los Pepes españoles del landismo. Los Ahmad también llegan en busca de techo y trabajo, pero en riadas. Lo que dejan atrás es peor que el hambre. Cuando logran hablar con la otra mitad de la familia ya ni se disimula el dolor. No hay consuelo a ningún lado de la línea.

Hernán Zin no va soltando mensajes, ni falta que hace. Nunca habrá suficientes héroes, pero hay que ser de corcho para que no te afecte.