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El mejor verano de mi vida: Un Harlem blanco y divertido

Uno tiene la contradictoria certeza de que no está ante una comedia de «calidad» mientras que no para de reírse.

Imagen de «El mejor verano de mi vida»
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No sería ni justo ni fácil incluir esta película de Dani de la Orden entre las grandes comedias, pero aún resulta más injusto y difícil negarle la cantidad de risas que provoca. Más o menos: uno tiene la contradictoria certeza de que no está ante una comedia de «calidad» mientras que no para de reírse. Pero se puede explicar la causa, y es el absoluto dominio que tiene del parloteo gracioso su protagonista, Leo Harlem, quien, por cierto, también produce la certeza de que no es un gran actor, pero en los breves momentos en que deja de reírse con él.

La historia, como todo lo demás, es un artilugio sencillo: la voz en off de un niño nos presenta a su padre, Curro, un pícaro vendedor que no vende, un charlatán con buen corazón y con el que pasará ese magnífico verano del que habla el título.

Y es pura burbuja su crítica social a todos esos «puntos oscuros» de hoy, desde la despoblación rural (el capítulo de pueblo con la «tía» Gracia Olayo es tronchante), a la voracidad capitalista, la lucha laboral o la obsesión por la vida «sana», el «coaching» y el «body health», y la estancia en el campamento de padre e hijo es un tramo imposible de atravesar sin caerse de bruces, y varias veces, en la carcajada.

Podrían considerarse como «fáciles» o «inocentes» sus recursos argumentales para provocar sentimentalismo, como el de la niña traumatizada que interpreta Stephanie Gil o la forzada reconstrucción matrimonial, pero funcionan muy bien como complemento a esta fábula tan familiar y blanca.

Total, que quien no se asuste de su propia risotada y quien prefiera no cargar de vinagre la ensalada, tiene una película que ver.