ES NOTICIA EN ABC

Maudie, el color de la vida (***): Redención por el arte

Las películas como esta parecen querer recrear historias que la gran Historia ha robado a las mujeres, y se centran en el mal trato, institucional o conyugal, que les impidió obtener, o retardó, el reconocimiento que merecían

Crítica de Maudie, el color de la vida
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

Lo de los «biopics» es una lluvia fina, o escocesa, que no cesa. En un mes me habrán leído defender con la debida tibieza «Madame Curie» o «Paula» y, con mayor ardor, la recreación de los últimos días de Stefan Zweig. Son biografías ficcionadas en las que, como siempre, se acaba produciendo alguna forma de cortocircuito entre el obligado respeto a los hechos de una vida y la licencia artística de quien cuenta una historia. Con «Maudie» estamos en las mismas que con «Paula», aquel otro retrato de una pintora desconocida: muchas de estas películas parecen querer recrear historias que la gran Historia ha robado a las mujeres, y se centran en el mal trato, institucional o conyugal, que les impidió obtener, o retardó, el reconocimiento que merecían.

Maud Lewis, que vivió en una apartada villa de Nueva Escocia en la segunda mitad del pasado siglo, practicaba un estilo naif de la escuela «cualquier niño puede hacer eso», como le repiten más de una vez. Pero la película no quiere reescribir la historia del arte moderno, sino que se inclina por el lado edificante: Maud tiene una deformación artrítica en la mano (y en el resto del cuerpo), ningún apoyo familiar, nada de dinero. Pintar para ella es un acto en defensa propia, casi de supervivencia, que acaba convirtiéndose en una forma de redención, cuando los demás empiezan a ver que su trabajo cotiza en el mercado del arte. Sally Hawkins se marca un Day Lewis, es decir, una actuación de órdago, un arco de la juventud a la vejez en la que la vemos encogerse físicamente y agrandarse espiritualmente sin perder nunca ese brillo naif de su sonrisa: palabras mayores. A su lado, Ethan Hawke se esfuera por no verse arrasado por el tsunami interpretativo de la actriz; el mérito es que casi lo consigue, en un papel que le va tan poco como el de ese patán al salitre que fue el infierno y el cielo para la pequeña gran Maudie.